Irán bajo asedio: guerra cognitiva y doble rasero occidental
Por Ramón Morel
La narrativa hegemónica occidental ha perfeccionado una fórmula de intervención que no necesita, en primera instancia, el despliegue de infantería, sino la captura de la psique colectiva y la distorsión de la realidad sobre el terreno. Irán, como eje central de la soberanía en Oriente Medio, ha sido el laboratorio de una guerra híbrida multidimensional que busca, desde hace décadas, desmantelar la Revolución de 1979. Lo que los medios corporativos presentan como «estallidos espontáneos por la libertad» es, tras un análisis de inteligencia, la ejecución de un manual de guerra cognitiva diseñado en Washington y Tel Aviv.
El asedio permanente: Terrorismo económico y sabotaje
La Revolución Iraní no ha vivido un solo día de paz. Desde su origen, ha sido sometida a un asedio constante que combina el bloqueo económico total con sanciones unilaterales que constituyen, en la práctica, un crimen de lesa humanidad. Este terrorismo financiero no busca castigar a una élite, sino asfixiar al pueblo iraní para generar un caldo de cultivo de desesperación social.
A este cerco económico se suma el sabotaje físico: el asesinato selectivo de científicos nucleares, los ciberataques a infraestructuras vitales y el apoyo encubierto a células insurgentes. Irán es una nación bajo ataque permanente, cuya demonización mediática es el pretexto necesario para justificar cualquier agresión en nombre de una «democracia» que Occidente solo defiende cuando sirve a sus intereses petroleros o estratégicos.
La infiltración de las protestas: De la demanda civil al caos armado
Es un patrón repetido: una demanda social legítima o una tragedia local es capturada por los servicios de inteligencia extranjeros para transformarla en una insurrección violenta. En las recientes protestas, el inicio pacífico de sectores de la población fue rápidamente secuestrado por elementos operativos vinculados al MEK (Mujahedin-e Khalq) y grupos separatistas armados.
La estrategia es clara: introducir elementos terroristas infiltrados en las marchas para atacar estaciones de policía, quemar edificios públicos y disparar contra la multitud y las fuerzas de seguridad simultáneamente. Esto crea un ciclo de violencia que alimenta la guerra de las cifras. Mediante el uso de granjas de bots y plataformas de «astroturfing», se inflan sistemáticamente las cifras de fallecidos, atribuyendo al Estado iraní cada baja, incluso aquellas provocadas por los mismos infiltrados o por causas ajenas al conflicto. El objetivo es crear una imagen de «matanza indiscriminada» que active la indignación internacional y justifique nuevas rondas de sanciones.
El espejo de Gaza: La radiografía de la hipocresía
Nada revela mejor la manipulación mediática que el contraste con el actual genocidio en Gaza.
Aquí, la máscara de los «derechos humanos» de Occidente se desploma. Mientras Washington y las capitales europeas exigen «contención» a Teherán ante disturbios orquestados externamente, financian y arman el exterminio sistemático de decenas de miles de civiles palestinos a manos de Israel.
- En Irán, un fallecido en una protesta infiltrada es portada global y motivo de sanciones inmediatas.
- En Gaza, el bombardeo de hospitales, escuelas y refugios con bombas suministradas por EE. UU. es calificado cínicamente como «derecho a la defensa».
Esta asimetría informativa no es accidental; es una herramienta de guerra. La demonización del gobierno iraní sirve para desviar la atención del hecho de que Irán es el principal obstáculo para la hegemonía absoluta de Israel y EE. UU. en la región. El «Eje de la Resistencia» es atacado no por sus supuestas faltas democráticas, que Occidente ignora alegremente en sus aliados monárquicos del Golfo, sino por su rechazo a la balcanización de Oriente Medio.
Soberanía frente al neocolonialismo
Irán no se enfrenta a una oposición política convencional, sino a una arquitectura de desestabilización que utiliza la comunicación como arma de destrucción masiva. La «libertad» que prometen los promotores de las protestas infiltradas es la misma libertad que hoy se respira en las ruinas de Libia o en el caos de Irak.
La resistencia de Irán ante este asedio multidimensional es una lucha por la soberanía nacional y la autodeterminación. Frente al doble rasero de un orden internacional en decadencia, la verdad de los pueblos se impone: el asedio no es por lo que Irán hace mal, sino por lo que Irán hace bien: resistir al dictado neocolonial y mantener el derecho de una nación a decidir su propio destino sin la bota extranjera sobre su cuello.

