La ciudad también respira. 3 de 3
Luis Carvajal 3 de 3 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐬𝐞𝐫𝐢𝐞: 𝐂𝐨𝐧𝐞𝐜𝐭𝐢𝐯𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐞𝐜𝐨𝐥ó𝐠𝐢𝐜𝐚 𝐞𝐧 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫𝐢𝐨𝐬 𝐢𝐧𝐬𝐮𝐥𝐚𝐫𝐞𝐬.
𝐂𝐨𝐧𝐞𝐜𝐭𝐢𝐯𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐮𝐫𝐛𝐚𝐧𝐚, 𝐦𝐞𝐦𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐛𝐢𝐨𝐥𝐨́𝐠𝐢𝐜𝐚 𝐲 𝐨𝐫𝐝𝐞𝐧𝐚𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐨 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚𝐥 𝐞𝐧 𝐥𝐚 𝐑𝐞𝐩𝐮́𝐛𝐥𝐢𝐜𝐚 𝐃𝐨𝐦𝐢𝐧𝐢𝐜𝐚𝐧𝐚
En los dos artículos anteriores hablamos de la República Dominicana como una isla frágil, limitada y profundamente conectada. Vimos que el territorio no funciona por pedazos sueltos. Una montaña se relaciona con una cuenca. Una cuenca con un río. Un río con un humedal. Un humedal con el mar. Un bosque con el viento. Una cañada con una comunidad. Y una decisión humana, aunque parezca pequeña, puede viajar por el agua, por el aire, por el suelo, por la economía y por la vida de la gente.
Ahora debemos mirar el lugar donde vive la mayoría de la población: 𝐥𝐚 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝.
𝐋𝐚 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝 𝐭𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞́𝐧 𝐟𝐮𝐧𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐞𝐜𝐨𝐬𝐢𝐬𝐭𝐞𝐦𝐚.
Aunque haya sido construida, intervenida y organizada por la acción humana, dentro de ella circulan agua, aire, calor, organismos, energía, alimentos, residuos, enfermedades, vehículos, sonidos, olores, mercancías, información, conflictos y esperanzas.
𝐔𝐧𝐚 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝 𝐯𝐢𝐯𝐞 𝐩𝐨𝐫 𝐬𝐮𝐬 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐱𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬.
Cuando esas conexiones funcionan bien, mejora la vida. Cuando funcionan mal, aparecen inundaciones, tapones, contaminación, calor excesivo, enfermedades, basura acumulada, cañadas convertidas en cloacas, barrios aislados, ríos muertos, aire pesado, ruido, inseguridad y pérdida de dignidad cotidiana.
Por eso, mirar la ciudad como ecosistema ayuda a entender cómo se produce o se destruye la calidad de vida urbana.
Pero antes de hablar de calles, edificios, tuberías o avenidas, conviene recordar algo fundamental: 𝐝𝐨𝐧𝐝𝐞 𝐡𝐨𝐲 𝐡𝐚𝐲 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝, 𝐚𝐧𝐭𝐞𝐬 𝐡𝐮𝐛𝐨 𝐧𝐚𝐭𝐮𝐫𝐚𝐥𝐞𝐳𝐚.
Antes del cemento hubo suelo vivo.
Antes del asfalto hubo vegetación.
Antes de las torres hubo árboles, hierbas, insectos, aves, reptiles, anfibios, mamíferos pequeños, hongos, microorganismos, cañadas, humedales, escorrentías, sombras, semillas, madrigueras, rutas de vuelo, refugios y relaciones entre especies.
La ciudad no cae sobre un vacío. Se levanta sobre un territorio que ya tenía memoria.
𝐄𝐬𝐚 𝐦𝐞𝐦𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐛𝐢𝐨𝐥𝐨́𝐠𝐢𝐜𝐚 𝐝𝐞𝐥 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫𝐢𝐨 𝐝𝐞𝐛𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐞𝐫𝐯𝐚𝐫𝐬𝐞 𝐚𝐥 𝐦𝐚́𝐱𝐢𝐦𝐨.
No se trata de pretender que una ciudad vuelva a ser el bosque, el humedal o la sabana que alguna vez ocupó ese lugar. Se trata de impedir que la urbanización produzca una 𝐝𝐞𝐬𝐜𝐨𝐧𝐞𝐱𝐢𝐨́𝐧 𝐭𝐨𝐭𝐚𝐥 𝐲 𝐚𝐛𝐬𝐨𝐥𝐮𝐭𝐚 con la vida que existía allí y con la vida que todavía la rodea.
En muchas ciudades, la vegetación original intenta regresar. Brota en solares abandonados, bordes de aceras, patios, cañadas, grietas, riberas y terrenos baldíos. También regresan aves, lagartijas, mariposas, murciélagos, ranas, abejas, hormigas, hongos y otras formas de vida que buscan espacios mínimos para seguir cumpliendo funciones.
Cuando la ciudad permite esos retornos, 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐜𝐭𝐚 𝐜𝐨𝐧 𝐬𝐮 𝐦𝐞𝐦𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐞𝐜𝐨𝐥𝐨́𝐠𝐢𝐜𝐚.
Cuando los elimina sin comprenderlos, 𝐫𝐨𝐦𝐩𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐭𝐞 𝐝𝐞 𝐬𝐮 𝐩𝐫𝐨𝐩𝐢𝐚 𝐜𝐚𝐩𝐚𝐜𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐝𝐞 𝐞𝐪𝐮𝐢𝐥𝐢𝐛𝐫𝐢𝐨.
En una ciudad, el agua sigue actuando como gran 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐜𝐭𝐨𝐫.
Aunque la escondamos bajo contenes, alcantarillas, tuberías, cunetas y canales, el agua no desaparece. Entra por la lluvia, baja por las calles, se acumula en puntos bajos, se infiltra donde todavía encuentra suelo vivo, arrastra basura, mezcla aguas residuales, desborda cañadas, erosiona taludes, inunda viviendas, contamina ríos y termina llegando al mar.
𝐄𝐥 𝐚𝐠𝐮𝐚 𝐮𝐫𝐛𝐚𝐧𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐜𝐭𝐚 𝐥𝐚 𝐥𝐥𝐮𝐯𝐢𝐚 𝐜𝐨𝐧 𝐥𝐚 𝐜𝐚𝐥𝐥𝐞, 𝐥𝐚 𝐜𝐚𝐥𝐥𝐞 𝐜𝐨𝐧 𝐥𝐚 𝐜𝐚𝐧̃𝐚𝐝𝐚, 𝐥𝐚 𝐜𝐚𝐧̃𝐚𝐝𝐚 𝐜𝐨𝐧 𝐞𝐥 𝐫𝐢́𝐨, 𝐞𝐥 𝐫𝐢́𝐨 𝐜𝐨𝐧 𝐞𝐥 𝐦𝐚𝐫 𝐲 𝐥𝐚 𝐬𝐚𝐥𝐮𝐝 𝐞𝐜𝐨𝐥𝐨́𝐠𝐢𝐜𝐚 𝐜𝐨𝐧 𝐥𝐚 𝐬𝐚𝐥𝐮𝐝 𝐡𝐮𝐦𝐚𝐧𝐚.
Una ciudad que ocupa humedales termina inundándose.
Una ciudad que tapa cañadas termina enfermándose.
Una ciudad que elimina árboles termina calentándose.
Una ciudad que impermeabiliza todo su suelo pierde capacidad de respirar.
Una ciudad que descarga sus aguas negras en ríos y costas 𝐝𝐞𝐬𝐜𝐨𝐧𝐞𝐜𝐭𝐚 𝐥𝐚 𝐯𝐢𝐝𝐚 𝐮𝐫𝐛𝐚𝐧𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐬𝐚𝐥𝐮𝐝 𝐝𝐞𝐥 𝐚𝐠𝐮𝐚.
El exceso de lluvia explica una parte del problema. La otra parte aparece cuando se construye contra la lógica del agua. Donde había drenaje natural, levantamos paredes. Donde había suelo absorbente, pusimos cemento. Donde había cañada, lanzamos basura. Donde había ribera, construimos hasta el borde. Donde había humedal, rellenamos.
Luego nos sorprende que el agua reclame su camino.
𝐄𝐥 𝐨𝐫𝐝𝐞𝐧𝐚𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐨 𝐮𝐫𝐛𝐚𝐧𝐨 𝐝𝐞𝐛𝐞 𝐞𝐦𝐩𝐞𝐳𝐚𝐫 𝐩𝐨𝐫 𝐮𝐧𝐚 𝐩𝐫𝐞𝐠𝐮𝐧𝐭𝐚 𝐬𝐞𝐧𝐜𝐢𝐥𝐥𝐚: 𝐩𝐨𝐫 𝐝𝐨́𝐧𝐝𝐞 𝐞𝐧𝐭𝐫𝐚, 𝐜𝐨𝐫𝐫𝐞, 𝐬𝐞 𝐝𝐞𝐭𝐢𝐞𝐧𝐞, 𝐬𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐚𝐦𝐢𝐧𝐚, 𝐬𝐞 𝐥𝐢𝐦𝐩𝐢𝐚 𝐲 𝐬𝐚𝐥𝐞 𝐞𝐥 𝐚𝐠𝐮𝐚.
𝐋𝐚 𝐬𝐞𝐠𝐮𝐧𝐝𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐱𝐢𝐨́𝐧 𝐮𝐫𝐛𝐚𝐧𝐚 𝐥𝐚 𝐩𝐫𝐨𝐝𝐮𝐜𝐞 𝐞𝐥 𝐚𝐢𝐫𝐞.
El aire de la ciudad depende de los vehículos, desde luego, pero también de la cantidad de árboles, de la orientación de las calles, de los espacios abiertos, de los parques, de las industrias, del polvo de solares desnudos, de la quema de basura, del tránsito pesado, de la construcción desordenada y de la distancia entre las viviendas y las fuentes de contaminación.
𝐄𝐥 𝐚𝐢𝐫𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐜𝐭𝐚 𝐥𝐚 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝 𝐜𝐨𝐧 𝐬𝐮𝐬 𝐚́𝐫𝐛𝐨𝐥𝐞𝐬, 𝐬𝐮𝐬 𝐜𝐚𝐥𝐥𝐞𝐬, 𝐬𝐮𝐬 𝐢𝐧𝐝𝐮𝐬𝐭𝐫𝐢𝐚𝐬, 𝐬𝐮 𝐛𝐚𝐬𝐮𝐫𝐚, 𝐬𝐮𝐬 𝐬𝐮𝐞𝐥𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐬𝐧𝐮𝐝𝐨𝐬 𝐲 𝐬𝐮𝐬 𝐳𝐨𝐧𝐚𝐬 𝐧𝐚𝐭𝐮𝐫𝐚𝐥𝐞𝐬 𝐜𝐞𝐫𝐜𝐚𝐧𝐚𝐬.
Una ciudad con pocos árboles se vuelve más caliente.
Una ciudad sin sombra castiga más al peatón, al envejeciente, al niño, al vendedor ambulante, al motorista, al trabajador que espera transporte, a la mujer que camina largas distancias y a quien vive en una casa mal ventilada.
𝐋𝐚 𝐝𝐞𝐬𝐢𝐠𝐮𝐚𝐥𝐝𝐚𝐝 𝐭𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞́𝐧 𝐬𝐞 𝐬𝐢𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐞𝐧 𝐥𝐚 𝐭𝐞𝐦𝐩𝐞𝐫𝐚𝐭𝐮𝐫𝐚.
Los sectores con menos vegetación, más hacinamiento, más zinc, más asfalto, más polvo y menos servicios sufren con mayor dureza el calor, el ruido, el humo y la mala calidad del aire.
Por eso, sembrar árboles adecuados, proteger parques, restaurar riberas, crear corredores verdes, reducir polvo, controlar emisiones y ordenar el tránsito tienen valor sanitario, ambiental y social. 𝐒𝐨𝐧 𝐦𝐞𝐝𝐢𝐝𝐚𝐬 𝐝𝐢𝐫𝐞𝐜𝐭𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐬𝐚𝐥𝐮𝐝 𝐩𝐮́𝐛𝐥𝐢𝐜𝐚.
𝐋𝐚 𝐭𝐞𝐫𝐜𝐞𝐫𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐱𝐢𝐨́𝐧 𝐮𝐫𝐛𝐚𝐧𝐚 𝐥𝐚 𝐚𝐩𝐨𝐫𝐭𝐚 𝐥𝐚 𝐛𝐢𝐨𝐝𝐢𝐯𝐞𝐫𝐬𝐢𝐝𝐚𝐝.
Muchas personas imaginan la biodiversidad únicamente en parques nacionales, montañas, manglares o bosques. Pero también aparece en solares, patios, jardines, riberas, cañadas, parques, cementerios arbolados, conucos urbanos, techos verdes, árboles de acera, lagunas, humedales periurbanos y franjas de vegetación que sobreviven dentro o alrededor de la ciudad.
Aves, mariposas, abejas, murciélagos, lagartijas, ranas, árboles, hierbas, hongos y microorganismos forman parte de esa vida urbana. Algunos polinizan. Otros dispersan semillas. Otros controlan insectos. Otros ayudan a formar suelo. Otros indican la calidad del ambiente.
𝐋𝐚 𝐛𝐢𝐨𝐝𝐢𝐯𝐞𝐫𝐬𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐮𝐫𝐛𝐚𝐧𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐜𝐭𝐚 𝐥𝐚 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝 𝐜𝐨𝐧 𝐬𝐮 𝐩𝐚𝐬𝐚𝐝𝐨 𝐧𝐚𝐭𝐮𝐫𝐚𝐥, 𝐜𝐨𝐧 𝐬𝐮 𝐞𝐧𝐭𝐨𝐫𝐧𝐨 𝐯𝐢𝐯𝐨 𝐲 𝐜𝐨𝐧 𝐥𝐨𝐬 𝐩𝐫𝐨𝐜𝐞𝐬𝐨𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐚𝐲𝐮𝐝𝐚𝐧 𝐚 𝐫𝐞𝐠𝐮𝐥𝐚𝐫 𝐞𝐥 𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞𝐧𝐭𝐞.
Un árbol 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐜𝐭𝐚 sombra, aire, suelo, agua, aves, paisaje, salud mental y convivencia.
Una cañada restaurada 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐜𝐭𝐚 drenaje, biodiversidad, recreación, seguridad y educación ambiental.
Un parque bien manejado 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐜𝐭𝐚 infancia, salud, encuentro comunitario, cultura, actividad física y regulación del calor.
Un río urbano limpio 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐜𝐭𝐚 memoria, paisaje, movilidad, economía local y orgullo ciudadano.
Pero 𝐞𝐬𝐚 𝐛𝐢𝐨𝐝𝐢𝐯𝐞𝐫𝐬𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐧𝐞𝐜𝐞𝐬𝐢𝐭𝐚 𝐞𝐬𝐩𝐚𝐜𝐢𝐨, 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐢𝐧𝐮𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐲 𝐦𝐚𝐧𝐞𝐣𝐨. Cuando la ciudad destruye todos los refugios, elimina los árboles útiles para la fauna, tapa las cañadas, contamina las aguas, sustituye la vegetación propia por plantas ornamentales sin función ecológica y convierte cada solar en cemento, 𝐝𝐞𝐬𝐜𝐨𝐧𝐞𝐜𝐭𝐚 𝐚 𝐥𝐨𝐬 𝐚𝐧𝐢𝐦𝐚𝐥𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐬𝐮𝐬 𝐚𝐥𝐢𝐦𝐞𝐧𝐭𝐨𝐬, 𝐬𝐮𝐬 𝐫𝐞𝐟𝐮𝐠𝐢𝐨𝐬, 𝐬𝐮𝐬 𝐫𝐮𝐭𝐚𝐬 𝐲 𝐬𝐮𝐬 𝐜𝐢𝐜𝐥𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐫𝐞𝐩𝐫𝐨𝐝𝐮𝐜𝐜𝐢𝐨́𝐧.
Entonces aparecen desequilibrios.
Algunas poblaciones desaparecen.
Otras crecen de manera desproporcionada.
Y algunas terminan convertidas en lo que la gente llama plagas.
Mosquitos, cucarachas, ratas y otros organismos pueden aumentar cuando se rompen los controles naturales, se acumula basura, se estanca el agua, desaparecen depredadores, se eliminan murciélagos, aves, peces, ranas, lagartijas e insectos beneficiosos, o se degradan los ambientes que mantenían cierto equilibrio.
𝐌𝐮𝐜𝐡𝐚𝐬 𝐩𝐥𝐚𝐠𝐚𝐬 𝐮𝐫𝐛𝐚𝐧𝐚𝐬 𝐧𝐨 𝐚𝐩𝐚𝐫𝐞𝐜𝐞𝐧 𝐩𝐨𝐫𝐪𝐮𝐞 𝐡𝐚𝐲𝐚 𝐝𝐞𝐦𝐚𝐬𝐢𝐚𝐝𝐚 𝐧𝐚𝐭𝐮𝐫𝐚𝐥𝐞𝐳𝐚, 𝐬𝐢𝐧𝐨 𝐩𝐨𝐫𝐪𝐮𝐞 𝐝𝐞𝐬𝐭𝐫𝐮𝐢𝐦𝐨𝐬 𝐥𝐚𝐬 𝐫𝐞𝐥𝐚𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐫𝐞𝐠𝐮𝐥𝐚𝐛𝐚𝐧 𝐥𝐚 𝐧𝐚𝐭𝐮𝐫𝐚𝐥𝐞𝐳𝐚.
Cuando se elimina la biodiversidad que controla, filtra, consume, poliniza, dispersa, descompone y equilibra, la ciudad pierde aliados invisibles.
Esa pérdida puede convertirse en enfermedad, incomodidad, gasto público, fumigaciones excesivas, contaminación química y miedo.
Aquí nace otro problema cultural: 𝐥𝐚 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝 𝐡𝐚 𝐚𝐩𝐫𝐞𝐧𝐝𝐢𝐝𝐨 𝐚 𝐦𝐚𝐭𝐚𝐫 𝐥𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐨 𝐞𝐧𝐭𝐢𝐞𝐧𝐝𝐞.
Todo lo que se arrastra, nada, vuela, zumba, trepa o aparece en un patio suele verse como amenaza. Una lagartija, una rana, un murciélago, una culebra no venenosa, una abeja, una avispa solitaria, una araña, un árbol “desordenado” o una hierba espontánea pueden ser eliminados antes de que alguien pregunte qué función cumplen.
Esa reacción rompe vínculos necesarios.
𝐂𝐚𝐝𝐚 𝐨𝐫𝐠𝐚𝐧𝐢𝐬𝐦𝐨 𝐞𝐥𝐢𝐦𝐢𝐧𝐚𝐝𝐨 𝐬𝐢𝐧 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐫𝐞𝐧𝐬𝐢𝐨́𝐧 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞 𝐬𝐢𝐠𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐫 𝐮𝐧𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐱𝐢𝐨́𝐧 𝐞𝐜𝐨𝐥𝐨́𝐠𝐢𝐜𝐚 𝐦𝐞𝐧𝐨𝐬.
𝐋𝐚 𝐞𝐝𝐮𝐜𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞𝐧𝐭𝐚𝐥 𝐮𝐫𝐛𝐚𝐧𝐚 𝐝𝐞𝐛𝐞 𝐚𝐲𝐮𝐝𝐚𝐫 𝐚 𝐝𝐢𝐬𝐭𝐢𝐧𝐠𝐮𝐢𝐫 𝐫𝐢𝐞𝐬𝐠𝐨𝐬 𝐫𝐞𝐚𝐥𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐦𝐢𝐞𝐝𝐨𝐬 𝐡𝐞𝐫𝐞𝐝𝐚𝐝𝐨𝐬. Debe enseñar qué especies conviene controlar, cuáles deben protegerse, cuáles indican deterioro, cuáles ayudan a mantener equilibrio y cuáles aparecen porque la ciudad creó las condiciones para su aumento.
𝐋𝐚 𝐛𝐢𝐨𝐝𝐢𝐯𝐞𝐫𝐬𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐮𝐫𝐛𝐚𝐧𝐚, 𝐦𝐚𝐥 𝐞𝐧𝐭𝐞𝐧𝐝𝐢𝐝𝐚 𝐨 𝐦𝐚𝐥 𝐦𝐚𝐧𝐞𝐣𝐚𝐝𝐚, 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞 𝐩𝐚𝐬𝐚𝐫 𝐝𝐞 𝐚𝐥𝐢𝐚𝐝𝐚 𝐚 𝐩𝐫𝐨𝐛𝐥𝐞𝐦𝐚.
Pero el problema mayor no nace de la vida misma, sino de la 𝐝𝐞𝐬𝐜𝐨𝐧𝐞𝐱𝐢𝐨́𝐧: desconexión entre vegetación y fauna, entre agua y drenaje, entre basura y salud, entre patio y cañada, entre ciudad y memoria biológica, entre planificación y conocimiento.
Por eso no basta con “poner verde” una avenida.
No basta con sembrar palmas decorativas.
No basta con jardinería de postal.
No basta con embellecer rotondas mientras se destruyen cañadas, riberas y humedales.
𝐋𝐚 𝐯𝐞𝐠𝐞𝐭𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐮𝐫𝐛𝐚𝐧𝐚 𝐝𝐞𝐛𝐞 𝐟𝐮𝐧𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐫 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐜𝐭𝐨𝐫 𝐞𝐜𝐨𝐥𝐨́𝐠𝐢𝐜𝐨, 𝐧𝐨 𝐬𝐨𝐥𝐨 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐦𝐚𝐪𝐮𝐢𝐥𝐥𝐚𝐣𝐞 𝐩𝐚𝐢𝐬𝐚𝐣𝐢́𝐬𝐭𝐢𝐜𝐨.
Conviene favorecer especies nativas, adaptadas, útiles para la fauna local, capaces de dar sombra, estabilizar suelo, alimentar aves, sostener polinizadores, resistir condiciones urbanas y fortalecer la memoria viva del territorio.
También conviene evitar que el afán de embellecer introduzca plantas invasoras, especies sin aporte ecológico significativo o diseños verdes que exigen demasiada agua, demasiado mantenimiento y demasiados químicos.
𝐔𝐧𝐚 𝐯𝐞𝐠𝐞𝐭𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐦𝐚𝐥 𝐞𝐬𝐜𝐨𝐠𝐢𝐝𝐚 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞 𝐚𝐜𝐭𝐮𝐚𝐫 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐝𝐞𝐬𝐜𝐨𝐧𝐞𝐜𝐭𝐨𝐫 𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞𝐧𝐭𝐚𝐥.
Puede dar apariencia de verdor mientras empobrece las relaciones ecológicas del lugar.
Puede ocupar espacio sin alimentar fauna.
Puede desplazar especies locales.
Puede aumentar costos de mantenimiento.
Puede crear paisajes bonitos, pero biológicamente pobres.
La ciudad necesita belleza, desde luego, pero una belleza que también respire, alimente, sombree, infiltre, refresque, conecte y eduque.
𝐋𝐚 𝐜𝐮𝐚𝐫𝐭𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐱𝐢𝐨́𝐧 𝐮𝐫𝐛𝐚𝐧𝐚 𝐬𝐮𝐫𝐠𝐞 𝐝𝐞 𝐥𝐚𝐬 𝐫𝐞𝐝𝐞𝐬 𝐜𝐫𝐞𝐚𝐝𝐚𝐬 𝐩𝐨𝐫 𝐥𝐚 𝐩𝐫𝐨𝐩𝐢𝐚 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝.
Calles, avenidas, puentes, acueductos, drenajes, redes eléctricas, mercados, escuelas, hospitales, estaciones de transporte, vertederos, plantas de tratamiento, rutas de basura, zonas industriales, puertos, aeropuertos y barrios forman una red inmensa de flujos.
Por esas redes entra comida.
Entra agua.
Entra combustible.
Entra electricidad.
Entran materiales de construcción.
Entran mercancías.
Salen aguas residuales.
Sale basura.
Sale calor.
Sale humo.
Sale ruido.
Sale contaminación.
También salen conflictos cuando esas redes se diseñan mal o se distribuyen de manera injusta.
𝐋𝐚𝐬 𝐫𝐞𝐝𝐞𝐬 𝐮𝐫𝐛𝐚𝐧𝐚𝐬 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐜𝐭𝐚𝐧 𝐬𝐞𝐫𝐯𝐢𝐜𝐢𝐨𝐬, 𝐛𝐚𝐫𝐫𝐢𝐨𝐬, 𝐦𝐞𝐫𝐜𝐚𝐝𝐨𝐬 𝐲 𝐨𝐩𝐨𝐫𝐭𝐮𝐧𝐢𝐝𝐚𝐝𝐞𝐬; 𝐦𝐚𝐥 𝐩𝐥𝐚𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐝𝐚𝐬, 𝐭𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞́𝐧 𝐝𝐞𝐬𝐜𝐨𝐧𝐞𝐜𝐭𝐚𝐧 𝐜𝐨𝐦𝐮𝐧𝐢𝐝𝐚𝐝𝐞𝐬, 𝐚𝐠𝐫𝐚𝐯𝐚𝐧 𝐝𝐞𝐬𝐢𝐠𝐮𝐚𝐥𝐝𝐚𝐝𝐞𝐬 𝐲 𝐭𝐫𝐚𝐬𝐥𝐚𝐝𝐚𝐧 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐚𝐦𝐢𝐧𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐡𝐚𝐜𝐢𝐚 𝐥𝐨𝐬 𝐦𝐚́𝐬 𝐯𝐮𝐥𝐧𝐞𝐫𝐚𝐛𝐥𝐞𝐬.
Una ciudad sostenible se reconoce por la manera en que organiza sus flujos.
Reduce distancias innecesarias.
Protege sus zonas de agua.
Trata sus residuos.
Evita construir en áreas de riesgo.
Combina vivienda, servicios, transporte, empleo, áreas verdes y espacios públicos de manera inteligente.
Aquí aparece uno de los mayores problemas del espacio urbano dominicano y latinoamericano: 𝐦𝐮𝐜𝐡𝐚𝐬 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝𝐞𝐬 𝐡𝐚𝐧 𝐜𝐫𝐞𝐜𝐢𝐝𝐨 𝐦𝐚́𝐬 𝐨𝐛𝐞𝐝𝐞𝐜𝐢𝐞𝐧𝐝𝐨 𝐚𝐥 𝐯𝐚𝐥𝐨𝐫 𝐢𝐧𝐦𝐨𝐛𝐢𝐥𝐢𝐚𝐫𝐢𝐨 𝐝𝐞𝐥 𝐬𝐮𝐞𝐥𝐨 𝐲 𝐚 𝐥𝐚 𝐫𝐞𝐧𝐭𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞 𝐠𝐞𝐧𝐞𝐫𝐚𝐫 𝐬𝐮 𝐮𝐬𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐚𝐥 𝐜𝐨𝐧𝐨𝐜𝐢𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐨 𝐝𝐞 𝐬𝐮𝐬 𝐜𝐨𝐧𝐝𝐢𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞𝐧𝐭𝐚𝐥𝐞𝐬 𝐲 𝐝𝐞 𝐬𝐮𝐬 𝐟𝐫𝐚𝐠𝐢𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝𝐞𝐬.
Esa lógica resulta peligrosa.
Cuando el valor del terreno pesa más que la cuenca, se construye donde el territorio no resiste.
Cuando la rentabilidad pesa más que el drenaje, se tapan cañadas.
Cuando el negocio pesa más que el humedal, se rellena.
Cuando la especulación pesa más que la vida común, la ciudad se vuelve más cara, más dura, más caliente, más desigual y más vulnerable.
𝐄𝐥 𝐬𝐮𝐞𝐥𝐨 𝐮𝐫𝐛𝐚𝐧𝐨 𝐧𝐨 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞 𝐭𝐫𝐚𝐭𝐚𝐫𝐬𝐞 𝐮́𝐧𝐢𝐜𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐦𝐞𝐫𝐜𝐚𝐧𝐜𝐢́𝐚. 𝐓𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞́𝐧 𝐬𝐨𝐬𝐭𝐢𝐞𝐧𝐞 𝐚𝐠𝐮𝐚, 𝐚𝐢𝐫𝐞, 𝐦𝐨𝐯𝐢𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝, 𝐩𝐚𝐢𝐬𝐚𝐣𝐞, 𝐦𝐞𝐦𝐨𝐫𝐢𝐚, 𝐜𝐨𝐧𝐯𝐢𝐯𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐲 𝐯𝐢𝐝𝐚.
Otro problema grave aparece cuando la propiedad de los espacios urbanos termina pesando más que el interés común de construir una ciudad habitable para todos.
Tener un título de propiedad no debería autorizar la destrucción de una función ecológica, el aumento del riesgo de inundación, el bloqueo de un drenaje natural, la eliminación de una ribera, la ocupación de una zona frágil o la sobrecarga de un barrio.
𝐋𝐚 𝐩𝐫𝐨𝐩𝐢𝐞𝐝𝐚𝐝 𝐞𝐧𝐜𝐮𝐞𝐧𝐭𝐫𝐚 𝐥𝐢́𝐦𝐢𝐭𝐞𝐬 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐬𝐮𝐬 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐬𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐚𝐟𝐞𝐜𝐭𝐚𝐧 𝐞𝐥 𝐚𝐠𝐮𝐚, 𝐞𝐥 𝐚𝐢𝐫𝐞, 𝐥𝐚 𝐬𝐞𝐠𝐮𝐫𝐢𝐝𝐚𝐝, 𝐥𝐚 𝐬𝐚𝐥𝐮𝐝 𝐲 𝐥𝐚 𝐯𝐢𝐝𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐦𝐚́𝐬.
Una ciudad no puede planificarse como una suma de intereses privados. Necesita pensarse como sistema compartido.
Por eso, el ordenamiento territorial urbano debe mirar la ciudad como un cuerpo vivo.
Preguntar si un proyecto cabe en un solar resulta insuficiente.
Hay que preguntar qué conexiones altera.
¿Qué pasa con el agua de lluvia?
¿Qué cañada recibe la descarga?
¿Qué barrio queda más expuesto?
¿Qué árboles se pierden?
¿Qué memoria biológica se borra?
¿Qué fauna queda sin refugio?
¿Qué temperatura urbana aumenta?
¿Qué especies desaparecen?
¿Qué poblaciones pueden crecer sin control?
¿Qué rutas de basura se generan?
¿Qué presión se añade al tránsito?
¿Qué servicios públicos serán sobrecargados?
¿Qué zonas naturales cercanas serán afectadas?
¿Qué comunidad pagará los costos que el proyecto no reconoce?
𝐍𝐢𝐧𝐠𝐮́𝐧 𝐩𝐫𝐨𝐲𝐞𝐜𝐭𝐨 𝐮𝐫𝐛𝐚𝐧𝐨 𝐝𝐞𝐛𝐞𝐫𝐢́𝐚 𝐞𝐯𝐚𝐥𝐮𝐚𝐫𝐬𝐞 𝐬𝐨𝐥𝐨 𝐩𝐨𝐫 𝐞𝐥 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐞𝐧𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐨𝐜𝐮𝐩𝐚, 𝐬𝐢𝐧𝐨 𝐩𝐨𝐫 𝐥𝐚𝐬 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐱𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐫𝐨𝐦𝐩𝐞, 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐚𝐦𝐢𝐧𝐚, 𝐝𝐞𝐛𝐢𝐥𝐢𝐭𝐚 𝐨 𝐟𝐨𝐫𝐭𝐚𝐥𝐞𝐜𝐞.
La ciudad nunca termina en su última calle.
Se conecta con montañas, ríos, campos agrícolas, presas, acuíferos, costas, vertederos, canteras, carreteras, puertos, zonas industriales y áreas protegidas. Lo urbano y lo natural forman parte de un mismo sistema territorial. La ciudad bebe agua de cuencas que están fuera de ella. Come alimentos producidos en territorios rurales. Respira aire que se mueve desde otras zonas. Envía basura y contaminación hacia lugares que muchas veces no tienen poder para defenderse.
𝐔𝐧𝐚 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝 𝐪𝐮𝐞 𝐝𝐞𝐬𝐭𝐫𝐮𝐲𝐞 𝐬𝐮𝐬 𝐚𝐥𝐫𝐞𝐝𝐞𝐝𝐨𝐫𝐞𝐬 𝐭𝐞𝐫𝐦𝐢𝐧𝐚 𝐝𝐞𝐛𝐢𝐥𝐢𝐭𝐚́𝐧𝐝𝐨𝐬𝐞 𝐚 𝐬𝐢́ 𝐦𝐢𝐬𝐦𝐚.
Por eso, el ambiente urbano no puede planificarse de espaldas al territorio periurbano.
Las áreas periurbanas concentran encuentros y tensiones. Allí la ciudad avanza sobre suelos agrícolas, cañadas, bosques, humedales, riberas, zonas de recarga, caminos rurales y comunidades tradicionales. Cuando ese crecimiento ocurre sin orden, la ciudad devora precisamente los espacios que la sostienen.
Necesitamos 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐜𝐭𝐨𝐫𝐞𝐬 𝐞𝐜𝐨𝐥𝐨́𝐠𝐢𝐜𝐨𝐬 𝐮𝐫𝐛𝐚𝐧𝐨𝐬 𝐲 𝐩𝐞𝐫𝐢𝐮𝐫𝐛𝐚𝐧𝐨𝐬: riberas protegidas, cañadas saneadas, parques conectados, arbolado continuo, franjas verdes, humedales restaurados, zonas de amortiguamiento, suelos permeables, jardines con especies nativas y espacios públicos que unan naturaleza y comunidad.
También necesitamos 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐜𝐭𝐨𝐫𝐞𝐬 𝐬𝐨𝐜𝐢𝐚𝐥𝐞𝐬: aceras transitables, transporte colectivo digno, ciclovías seguras, plazas, escuelas accesibles, mercados cercanos, centros de salud bien distribuidos y barrios conectados sin expulsar a la gente pobre hacia zonas de riesgo.
𝐋𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐜𝐭𝐢𝐯𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐮𝐫𝐛𝐚𝐧𝐚 𝐝𝐞𝐛𝐞 𝐫𝐞𝐮𝐧𝐢𝐫 𝐥𝐨 𝐞𝐜𝐨𝐥𝐨́𝐠𝐢𝐜𝐨 𝐲 𝐥𝐨 𝐡𝐮𝐦𝐚𝐧𝐨.
Aquí entra la responsabilidad.
𝐋𝐚 𝐫𝐞𝐬𝐩𝐨𝐧𝐬𝐚𝐛𝐢𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐩𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚𝐥 𝐜𝐮𝐞𝐧𝐭𝐚: no lanzar basura, no ocupar drenajes, no destruir árboles, no contaminar cañadas, no matar animales por simple miedo, no convertir la calle en vertedero.
𝐋𝐚 𝐫𝐞𝐬𝐩𝐨𝐧𝐬𝐚𝐛𝐢𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐜𝐨𝐦𝐮𝐧𝐢𝐭𝐚𝐫𝐢𝐚 𝐜𝐮𝐞𝐧𝐭𝐚: organizarse, vigilar, proponer, denunciar, sembrar, cuidar espacios públicos, defender riberas, proteger fauna útil, exigir servicios y participar en las decisiones.
𝐏𝐞𝐫𝐨 𝐥𝐚 𝐫𝐞𝐬𝐩𝐨𝐧𝐬𝐚𝐛𝐢𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐢𝐧𝐬𝐭𝐢𝐭𝐮𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥 𝐫𝐞𝐬𝐮𝐥𝐭𝐚 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐬𝐢𝐯𝐚.
𝐍𝐨 𝐬𝐞 𝐥𝐞 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞 𝐩𝐞𝐝𝐢𝐫 𝐚 𝐥𝐚 𝐩𝐨𝐛𝐥𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐪𝐮𝐞 𝐫𝐞𝐬𝐮𝐞𝐥𝐯𝐚 𝐬𝐨𝐥𝐚 𝐥𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐥 𝐄𝐬𝐭𝐚𝐝𝐨 𝐩𝐞𝐫𝐦𝐢𝐭𝐢𝐨́, 𝐝𝐞𝐬𝐜𝐮𝐢𝐝𝐨́ 𝐨 𝐧𝐮𝐧𝐜𝐚 𝐩𝐥𝐚𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐨́.
El Estado dominicano, los ayuntamientos, los ministerios, las instituciones del agua, la vivienda, el transporte, la salud, la educación, las obras públicas, la protección civil y la planificación deben ponerse de acuerdo en cómo abordar la ciudad.
El drenaje tiene relación directa con el uso de suelo.
La basura afecta la salud.
El transporte modifica la calidad del aire.
La vivienda mal ubicada aumenta el riesgo.
Las cañadas forman parte del sistema ambiental y social de la ciudad.
Los ríos urbanos no deberían cargar con la suciedad que la ciudad no quiere mirar.
La biodiversidad urbana exige manejo, educación, ciencia y respeto.
𝐋𝐚 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝 𝐧𝐞𝐜𝐞𝐬𝐢𝐭𝐚 𝐮𝐧𝐚 𝐢𝐧𝐬𝐭𝐢𝐭𝐮𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐜𝐚𝐩𝐚𝐳 𝐝𝐞 𝐩𝐞𝐧𝐬𝐚𝐫 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐱𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬, 𝐧𝐨 𝐨𝐟𝐢𝐜𝐢𝐧𝐚𝐬 𝐝𝐞𝐝𝐢𝐜𝐚𝐝𝐚𝐬 𝐚 𝐚𝐝𝐦𝐢𝐧𝐢𝐬𝐭𝐫𝐚𝐫 𝐟𝐫𝐚𝐠𝐦𝐞𝐧𝐭𝐨𝐬.
El abordaje de cualquier ciudad, en la República Dominicana, en América Latina o en cualquier parte del mundo, debe apoyarse en el conocimiento del territorio.
Antes de construir, hay que entender.
Entender la topografía.
La geografía.
Las pendientes.
Las entradas y salidas de agua.
Los suelos.
Las zonas inundables.
Las riberas.
Los humedales.
Las rutas del viento.
La vegetación original.
La fauna posible.
Los corredores de biodiversidad.
Las áreas de riesgo.
Los barrios más vulnerables.
Las formas reales en que la gente se mueve, trabaja, compra, estudia, enferma, descansa y sobrevive.
𝐒𝐢𝐧 𝐜𝐢𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐝𝐞𝐥 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫𝐢𝐨, 𝐥𝐚 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝 𝐜𝐚𝐦𝐢𝐧𝐚 𝐚 𝐜𝐢𝐞𝐠𝐚𝐬.
𝐏𝐞𝐫𝐨 𝐭𝐚𝐦𝐩𝐨𝐜𝐨 𝐡𝐚𝐛𝐫𝐚́ 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝 𝐯𝐢𝐯𝐢𝐛𝐥𝐞 𝐬𝐢𝐧 𝐬𝐨𝐜𝐢𝐞𝐝𝐚𝐝 𝐨𝐫𝐠𝐚𝐧𝐢𝐳𝐚𝐝𝐚.
La ciencia debe acompañar a la comunidad. La comunidad debe acompañar a la institucionalidad. La institucionalidad debe apoyarse en las leyes de ordenamiento territorial, uso de suelo y protección ambiental. Y esas leyes deben aplicarse con transparencia, justicia y firmeza.
𝐓𝐞𝐧𝐞𝐫 𝐧𝐨𝐫𝐦𝐚𝐬 𝐧𝐨 𝐚𝐥𝐜𝐚𝐧𝐳𝐚 𝐬𝐢 𝐥𝐨𝐬 𝐩𝐞𝐫𝐦𝐢𝐬𝐨𝐬 𝐬𝐞 𝐨𝐭𝐨𝐫𝐠𝐚𝐧 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐫𝐚 𝐥𝐚 𝐥𝐨́𝐠𝐢𝐜𝐚 𝐞𝐜𝐨𝐥𝐨́𝐠𝐢𝐜𝐚.
𝐓𝐞𝐧𝐞𝐫 𝐩𝐥𝐚𝐧𝐞𝐬 𝐧𝐨 𝐚𝐥𝐜𝐚𝐧𝐳𝐚 𝐬𝐢 𝐥𝐨𝐬 𝐧𝐞𝐠𝐨𝐜𝐢𝐨𝐬 𝐦𝐚𝐧𝐝𝐚𝐧 𝐦𝐚́𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐥 𝐢𝐧𝐭𝐞𝐫𝐞́𝐬 𝐩𝐮́𝐛𝐥𝐢𝐜𝐨.
Hablar de desarrollo no alcanza si la población recibe calor, inundación, basura, humo, ruido, plagas, expulsión y pérdida de espacios vivos.
𝐋𝐚 𝐬𝐨𝐬𝐭𝐞𝐧𝐢𝐛𝐢𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐝𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐢𝐬𝐭𝐞 𝐞𝐧 𝐦𝐚𝐧𝐭𝐞𝐧𝐞𝐫, 𝐝𝐞 𝐦𝐚𝐧𝐞𝐫𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐢𝐧𝐮𝐚 𝐲 𝐩𝐞𝐫𝐦𝐚𝐧𝐞𝐧𝐭𝐞, 𝐜𝐨𝐧𝐝𝐢𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐩𝐞𝐫𝐦𝐢𝐭𝐚𝐧 𝐯𝐢𝐯𝐢𝐫 𝐛𝐢𝐞𝐧 𝐲 𝐯𝐢𝐯𝐢𝐫 𝐦𝐞𝐣𝐨𝐫.
Eso significa agua segura.
Aire respirable.
Sombra.
Movilidad digna.
Vivienda fuera del riesgo.
Espacios públicos.
Ríos y cañadas recuperados.
Basura manejada con responsabilidad.
Biodiversidad integrada.
Fauna útil protegida.
Vegetación con función ecológica.
Servicios cercanos.
Participación real.
Instituciones que planifican antes de autorizar.
Y una población con derecho a preguntar, evaluar, participar y decidir sobre el lugar donde vive.
Una comunidad puede preguntar con toda legitimidad:
¿Dónde irá el agua?
¿De dónde vendrá el agua potable?
¿A dónde irán las aguas residuales?
¿Qué pasará con la basura?
¿Qué árboles se eliminarán?
¿Qué sombra se perderá?
¿Qué cañada será afectada?
¿Qué fauna perderá refugio?
¿Qué memoria biológica será borrada?
¿Qué especies pueden aumentar sin control?
¿Qué tránsito nuevo se generará?
¿Qué riesgo climático aumenta?
¿Qué zona natural cercana será presionada?
¿Qué beneficio real recibirá la población?
¿Qué costo oculto quedará para el barrio?
𝐄𝐬𝐚𝐬 𝐩𝐫𝐞𝐠𝐮𝐧𝐭𝐚𝐬 𝐝𝐞𝐛𝐞𝐧 𝐟𝐨𝐫𝐦𝐚𝐫 𝐩𝐚𝐫𝐭𝐞 𝐝𝐞 𝐭𝐨𝐝𝐚 𝐞𝐯𝐚𝐥𝐮𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞𝐧𝐭𝐚𝐥 𝐬𝐞𝐫𝐢𝐚.
La ciudad dominicana necesita aprender a mirarse como parte de una isla.
Una isla donde el agua corre rápido y deja consecuencias.
Donde los suelos se degradan con facilidad.
Donde las pendientes pesan.
Donde los humedales regulan.
Donde las costas reciben lo que la ciudad lanza.
Donde los ríos urbanos no deberían convertirse en basureros, sino recuperar su condición de venas territoriales maltratadas.
Donde cada decisión sobre una calle, una cañada, una urbanización, un parque, una avenida, un vertedero o una poda puede 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐜𝐭𝐚𝐫 𝐨 𝐫𝐨𝐦𝐩𝐞𝐫 𝐥𝐚 𝐯𝐢𝐝𝐚.
𝐋𝐚 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝 𝐭𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞́𝐧 𝐫𝐞𝐬𝐩𝐢𝐫𝐚.
Respira por sus árboles.
Por sus ríos.
Por sus cañadas.
Por sus parques.
Por sus patios.
Por sus aceras.
Por sus suelos que todavía infiltran.
Por las aves que regresan.
Por los murciélagos que polinizan.
Por las lagartijas que cazan insectos.
Por las ranas que anuncian agua.
Por las plantas nativas que recuerdan el territorio anterior al cemento.
Por sus barrios cuando se organizan.
Por su gente cuando defiende el derecho a vivir sin humo, sin basura, sin inundaciones, sin calor insoportable, sin plagas multiplicadas por el desorden y sin ríos convertidos en heridas.
Planificar la ciudad no consiste en dibujar edificios sobre un mapa.
𝐂𝐨𝐧𝐬𝐢𝐬𝐭𝐞 𝐞𝐧 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐝𝐢𝐫 𝐜𝐨́𝐦𝐨 𝐜𝐢𝐫𝐜𝐮𝐥𝐚𝐫𝐚́ 𝐥𝐚 𝐯𝐢𝐝𝐚.
Quién respirará aire limpio.
Quién tendrá sombra.
Quién tendrá agua.
Quién vivirá lejos del riesgo.
Quién disfrutará un parque.
Qué fauna podrá sobrevivir.
Qué vegetación sostendrá memoria.
Qué cañada volverá a respirar.
Quién cargará con la basura.
Quién pagará los errores.
Quién será escuchado antes de que el cemento cierre la discusión.
En los artículos anteriores dijimos que una isla se rompe cuando se desconecta y que el agua cose el territorio.
Ahora podemos decirlo de otra manera:
𝐮𝐧𝐚 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝 𝐬𝐞 𝐞𝐧𝐟𝐞𝐫𝐦𝐚 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐫𝐨𝐦𝐩𝐞 𝐬𝐮𝐬 𝐜𝐨𝐧𝐞𝐱𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐯𝐢𝐭𝐚𝐥𝐞𝐬.
Y se recupera cuando vuelve a unir agua, aire, suelo, biodiversidad, movilidad, justicia, memoria biológica, ciencia, institucionalidad y comunidad.
𝐋𝐚 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝 𝐬𝐨𝐬𝐭𝐞𝐧𝐢𝐛𝐥𝐞 𝐚𝐩𝐫𝐞𝐧𝐝𝐞 𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐭𝐫𝐮𝐢𝐫 𝐬𝐢𝐧 𝐢𝐦𝐩𝐞𝐝𝐢𝐫 𝐪𝐮𝐞 𝐥𝐚 𝐯𝐢𝐝𝐚 𝐬𝐢𝐠𝐚 𝐩𝐚𝐬𝐚𝐧𝐝𝐨.
