La Dialéctica de lo Sagrado y lo Profano en la Cultura Dominicana: Sincretismo, Hegemonía y Expresiones Populares

Por Sergio Terrero Bello

  1. La distinción sagrado-profano: fundamentos teóricos
    La distinción conceptual entre lo sagrado y lo profano fue planteada de manera seminal por el sociólogo Émile Durkheim (1912). Para Durkheim, lo sagrado representa aquello que una sociedad considera separado, prohibido y digno de veneración, mientras que lo profano se refiere a lo ordinario y cotidiano. Esta separación, sin embargo, es socialmente construida y relativa.
  2. El historiador de las religiones Mircea Eliade (1957) profundizó esta noción, argumentando que lo sagrado se manifiesta como una irrupción de lo real y eterno en el tiempo profano. Según Eliade, lo sagrado estructura la cosmovisión cultural mediante la creación de espacios (templos, lugares santos), tiempos (festividades, rituales) y objetos sacralizados. La contribución de ambos autores radica en entender esta dicotomía no como absoluta, sino como una distinción de límites permeables, definidos por cada contexto sociohistórico.
  3. En el caso del Caribe y la República Dominicana, esta interrelación se ve profundamente influida por procesos como la colonización, el sincretismo religioso forzado y las luchas por la autodeterminación cultural, lo que da lugar a configuraciones singulares donde lo sagrado y lo profano se mezclan de manera particular.
  4. Manifestaciones de lo sagrado y lo profano en la cultura dominicana
    2.1. Sincretismo religioso: catolicismo y 21 Divisiones
    La religiosidad popular dominicana constituye un espacio privilegiado para observar la fusión de lo sagrado y lo profano. El catolicismo, impuesto durante la colonización, fue reinterpretado y fusionado con tradiciones espirituales africanas, dando lugar a un sincretismo profundo. Así, figuras del panteón católico, como la Virgen de la Altagracia, coexisten e incluso se identifican con deidades o luases de las 21 Divisiones —el vudú dominicano—, como Anaisa Pie o Belie Belcán.
    Desde la perspectiva de la Iglesia institucional, estas prácticas sincréticas pueden considerarse “profanas” o supersticiosas. No obstante, para las comunidades que las practican, constituyen un sistema coherente y sagrado que otorga sentido y consuelo a la experiencia cotidiana. Esta tensión ejemplifica la lucha por la definición legítima de lo sagrado, en la que las creencias populares desafían y complementan la ortodoxia religiosa.
  5. 2.2. Fiestas patronales y Carnaval: la inversión ritual del orden
    Las festividades populares son otro escenario donde la frontera entre lo sagrado y lo profano se desdibuja. Las fiestas patronales, en honor a un santo católico, combinan misas y procesiones —elementos sagrados— con música, baile, consumo de alcohol y júbilo colectivo —elementos profanos—.
  6. El Carnaval constituye la expresión máxima de esta ambigüedad. La figura del Diablo Cojuelo, central en la tradición dominicana, encarna esta fusión: representa lo demoníaco —sagrado invertido—, pero su función es lúdica y transgresora, siempre dentro de límites rituales precisos. Esta “inversión controlada” del orden, teorizada por autores como Mikhail Bakhtin, no destruye lo sagrado, sino que, paradójicamente, lo reafirma al permitir una catarsis social temporal que luego da paso a la restauración de la norma.
  7. 2.3. La sacralización de lo político: héroes nacionales
    La dialéctica sagrado-profano también opera en el ámbito secular de la política y la historia nacional. Figuras como Juan Pablo Duarte son objeto de una sacralización laica: sus imágenes, fechas conmemorativas y anécdotas se elevan a un estatus cuasi-religioso, estructurando una liturgia cívica. Un caso paradigmático de disputa por la sacralización histórica lo constituye la figura de Pedro Santana, cuyos restos reposan en el Panteón Nacional a pesar de las controversias que genera su legado político. Esta situación evidencia cómo ciertos sectores conservadores han buscado legitimar narrativas históricas que contrastan con los valores republicanos representados por figuras como Duarte y Gregorio Luperón.
  8. Sin embargo, esta sacralización oficial hegemónica a menudo entra en conflicto con las memorias históricas de grupos subalternos. La resistencia de los cimarrones, los aportes de las comunidades afrodescendientes o las demandas de movimientos sociales contemporáneos representan formas alternativas de sacralizar la historia, desafiando la narrativa única. En este punto, la teoría de la hegemonía cultural de Antonio Gramsci resulta útil para comprender cómo la clase dominante impone su definición de lo que merece veneración.
  9. Hegemonía cultural y lucha por lo sagrado
    Como señala Pierre Bourdieu, el campo cultural es un espacio de disputa por el capital simbólico. En la sociedad dominicana, existe una “cultura oficial” que busca presentar una versión específica de lo sagrado —católico, hispánico, duartiano— como universal. Esta visión dominante margina y estigmatiza como “profanas” otras expresiones de sacralidad que emergen de sectores populares, rurales o de ascendencia africana.
    La tensión, por tanto, no es solo entre dos esferas abstractas, sino entre grupos sociales con poder desigual para definir qué es sagrado y qué es profano. Las expresiones culturales analizadas son territorios de esta lucha simbólica continua.
  10. Lejos de ser categorías estancas, lo sagrado y lo profano en la cultura dominicana constituyen polos en una relación dialéctica y dinámica. El sincretismo religioso, el Carnaval y la sacralización de los héroes nacionales muestran que los límites entre ambos son porosos y están en constante renegociación. Esta negociación no es neutral, sino que está mediada por relaciones de poder, en las que una visión hegemónica intenta ordenar el mundo simbólico, mientras las culturas populares generan resistencias y reinterpretaciones creativas.
    Comprender estas dinámicas desde una mirada antropológica permitiría apreciar la riqueza y complejidad de la identidad dominicana, revelándola como un tejido donde lo espiritual y lo terrenal, lo oficial y lo marginal, se entrelazan de manera inseparable. Futuras investigaciones etnográficas podrían profundizar en cómo la globalización y los nuevos movimientos religiosos reconfiguran actualmente estas fronteras simbólicas.

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