La lucha de Gustavo Petro.

Por Elvin Calcaño.

La democracia formal que impera en países tan desiguales como los latinoamericanos, que surgieron de uno de los procesos más deshumanizantes e injustos de la historia como fue el periodo colonial, en los hechos es un mecanismo legitimado para limitar el alcance de las mayorías frente a los derechos de propiedad del capital concentrado. En ese contexto, un presidente tiene que ser alguien disciplinado. Quien debe anteponer sus convicciones y concepciones (lo político) al aseguramiento de lo establecido como normal. Y, como lo normal históricamente se ha definido en el marco de una correlación de fuerzas muy inclinada hacia los intereses de minorías muy ricas -y blancas-, pues un presidente «razonable» es antes que todo un buen gestor de esos intereses. Y, aquí un matiz clave, más que en el fondo es en las formas que hay que gestionarlo bien. Porque la correlación está tan marcada que lo de fondo realmente nunca está en discusión. Pero para el orden simbólico latinoamericano de raigambre colonial las formas son todo.

Petro, así las cosas, sabedor de que en lo de fondo no tiene mucho recorrido, ha optado por romper las formas. El giro hacia la radicalidad discursiva que ha dado se inscribe precisamente en romper con lo que debe hacer un «presidente razonable”. Petro, que gusta de la literatura garciamarquiana, se ve a sí mismo como un Aureliano Buendía. De hecho, varias veces lo ha planteado abiertamente. Su misión, entiende, es trascender la política concreta (esa que, como dijo Bobbio, siempre es lenta y aburrida). ¿Y cómo puede hacer eso un presidente de izquierda de un país del tercer mundo en tiempos de fascismo normalizado por los dueños del mundo? Pues haciendo todo lo que no debe hacer un «presidente razonable».

Aureliano Buendía, indignado por las injusticias y atropellos que veía, se levantó contra el orden conservador dominante. Era una persona solitaria y muy marcada por llevar sobre sus hombros la carga de un destino inevitable. Petro considera que, siendo el único presidente de izquierda en un país donde las élites matan mucho, lleva sobre sus hombros la carga de un destino inevitable. Que es la de intentar romper el ciclo de injusticias que condenó a Aureliano Buendía a terminar sus días solo y sin gloria.

Trump y Marco Rubio, dos personajes enciclopédicamente incultos, pero con las riendas del poder imperial sin máscara en sus manos, le han dado a Petro una oportunidad única para elevar su lucha a la escala mundial. El terreno natural y siempre preferido de una figura como Petro es el de la confrontación contra los poderosos. Ahí encuentra su esencia; su trinchera desde la que alcanzar la trascendencia más allá de una política formal donde todo está amarrado para que nada de lo de fondo pueda cambiar. Desde ayer, cuando salió el tuit de la revocación de la visa, Petro se constituyó en héroe mundial de la lucha contra el genocidio palestino. En referente de la defensa de la vida para una parte muy importante de la población mundial.

Por último, el destino de Petro está ya escrito. Porque la historia latinoamericana indica que todos los líderes que se salen del libreto de la disciplina terminan presos o muertos. Porque solo se les permiten excesos a personajes de ultraderecha o de derecha quienes radicalizan a nivel discursivo, pero nunca a nivel estructural. Es decir, que lucen radicales en el discurso mientras que mantienen todo lo de fondo (los márgenes de acumulación del capital concentrado) como está. Petro sabe que ya nunca más vivirá tranquilo. Buscarán castigarlo para que no vuelva a haber otro ejemplo igual: la oligarquía colombiana (muy violenta históricamente), el estado profundo estadounidense (con su alcance infinito) y las élites globales pro sionismo (que dominan parte del poder real mundial). Enemigos inmensos a los que, ya puesto a enfrentar, entiende solo cabe intentar desnudarlos.

Especulo que ahora mismo Petro debe estar muy feliz. Le han quitado la visa estadounidense. La misma visa que tenía negada García Márquez, el hacedor del Aureliano Buendía que le inspira desde sus tiempos de rebeldía juvenil. Sabe que ya ganó un lugar en la historia mundial.

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