La máscara caída: cómo el nuevo despliegue militar de EE. UU. en el Caribe expone la hipocresía hemisférica

Hay momentos en que la geopolítica deja de ser un ajedrez elegante para convertirse en un juego de dominó jugado por gente que empuja las fichas con demasiada fuerza. El despliegue militar de Estados Unidos en el Caribe frente a Venezuela es uno de esos momentos: demasiado ruido, demasiados barcos, demasiados muertos y para colmo, un discurso oficial que pretende convencer a la región de que todo es parte de una cruzada angelical contra el narcotráfico.

La realidad —a estas alturas evidente— es mucho más cruda. Y lo irritante no es solo el doble rasero de Washington, sino el triste coro de gobiernos latinoamericanos que, en vez de defender la institucionalidad regional, se acomodan como piezas dóciles en una mesa donde no fueron invitados.
Una operación “antinarcóticos” con equipamiento de guerra
Comencemos con lo obvio. En los últimos meses, EE. UU. ha desplegado en el sur del Caribe un arsenal que incluye el portaaviones USS Gerald R. Ford, grupos de combate, aviones de quinta generación y reactivación de infraestructuras militares en territorios estratégicos.

Y todo esto —nos dicen— para detener lanchas con drogas. Claro, y yo soy el sucesor legítimo de los Templarios.
No es necesario ser almirante para entender que semejante despliegue no encaja con una operación policial marítima. Este tipo de proyección de fuerza se usa para presionar Estados, cambiar correlaciones de poder o preparar escenarios que puedan escalar más allá de un simple operativo de interdicción.

A partir de septiembre de 2025 comenzaron ataques a embarcaciones que dejaron muertos civiles —hecho que desató protestas, denuncias y reclamos de violación del derecho internacional. No es “interdicción”, es fuerza letal fuera de un mandato multilateral. Y ahí empieza el hedor a hipocresía.
La doble moral imperial: manual de uso
Las élites estadounidenses han sabido siempre envolver sus intereses en discursos morales: ayer fue la “democracia”, luego las “armas de destrucción masiva”, después la “seguridad hemisférica”, hoy la “guerra contra las drogas”.

Pero el patrón es idéntico:
1. Se presenta una amenaza difusa.
2. Se amplifica mediáticamente.
3. Se despliega poder militar desproporcionado.
4. Se actúa sin mandato internacional.
5. Se esperan aplausos.
Y se acusa a quien critique de estar “del lado equivocado”.

La operación en el Caribe sigue al pie de la letra ese libreto. Mientras tanto, Washington busca debilitar la capacidad financiera del gobierno venezolano, presionarlo políticamente y enviar un mensaje claro a China y Rusia: “Aquí mando yo”. El narcotráfico es solo el papel celofán para envolver un paquete que huele a hegemonía pura.
Cuando la soberanía se alquila: el triste espectáculo de algunos gobiernos
Aquí es donde la película se pone incómoda. Porque si bien varios países han expresado preocupación por el riesgo de escalada —México, Nicaragua, Cuba, Colombia— otros han optado por una versión diplomática del “sí, señor”.
Entre los comportamientos más cuestionables está la decisión del gobierno dominicano de suspender la cumbre continental programada para diciembre de 2025. Una cumbre diseñada, precisamente, para hablar de crisis regionales. Pero quedó pospuesta en medio del desorden geopolítico que generó el despliegue estadounidense.
¿Casualidad? ¿Clima político? ¿Logística? Permítame sonreír con respeto.

En un momento en que la región necesitaba un espacio de diálogo autónomo, la República Dominicana —bajo un gobierno que viene alineándose progresivamente con Washington— apagó la luz y cerró la puerta. Lo que debía ser un foro de articulación regional se convirtió en una muestra de complacencia.
No se trata de antiamericanismo barato; se trata de dignidad institucional. Un país, por pequeño que este sea, no puede darse el lujo de actuar como nota al pie de la estrategia de otro.
El tablero global: los invitados que Washington no esperaba
La presencia de Rusia, China e Irán en la ecuación hace que cualquier intento de presión unilateral se convierta en un incendio potencial. Moscú ha reforzado públicamente su apoyo a Caracas; Pekín, dueño de buena parte de la deuda e inversiones estratégicas venezolanas, exige estabilidad; Teherán, con lazos económicos y tecnológicos en la región, observa atentamente.
La Casa Blanca lo sabe. Y por eso acelera. El Caribe se ha convertido en un espacio donde las grandes potencias miden distancias, influencias y nervios.Costos reales para la región
Mientras los poderosos juegan estrategia, los países caribeños y latinoamericanos pagan las consecuencias:
• Militarización de rutas aéreas y marítimas;
• Impacto en puertos, transporte y turismo;
• Aumento del riesgo de incidentes; Debilitamiento de foros regionales;
• Mayor dependencia económica y militar.
El narcotráfico —problema real, sin duda— no se resolverá con portaaviones. Se resuelve con instituciones, transparencia, cooperación y combate a la corrupción. Pero esas palabras no visten tan bonito como un destructor en alta mar.

La lección que nadie quiere admitir
La región ya no puede permitirse seguir siendo espectadora de decisiones tomadas fuera. Cada vez que un gobierno elige plegarse sin cuestionar, cede soberanía; cada vez que se calla ante una acción unilateral, renuncia a una parte de su voz; cada vez que permite que se militarice su vecindad sin debate ni consulta, legitima la idea de que el Caribe es un patio trasero y no un espacio político con identidad propia.

La incoherencia moral de Washington no es nueva. Lo nuevo —y más alarmante — es que, al 23 de noviembre de 2025, lo que está en juego no es solo Venezuela. Es la forma en que se entiende la soberanía en el siglo XXI.
La historia nos dice que toda genuflexión, por elegante que parezca, termina en pérdida de autonomía, de respeto y de voz. Y lo que hoy se disfraza como cooperación, mañana será recordado como complicidad.
La región debe decidir si quiere ser sujeto o paisaje.

Porque mientras más barcos llegan al Caribe, más claro queda que, para algunos, el verdadero objetivo no es combatir la droga… sino mantener intacto el dominio.

DEAHORA

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