La repartición disfrazada: cuando el consenso es una ficción

Por Ramón Morel

Del Diálogo a la Transacción: La Metamorfosis del Consenso

El consenso genuino representa la culminación filosófica de la política como arte colectivo—el momento donde la síntesis emerge del conflicto de tesis y antítesis. Es el reconocimiento práctico de que la verdad política rara vez es monopólica, sino polifónica. Sin embargo, en las estructuras partidarias contemporáneas, esta noción ha sufrido una inversión casi hegeliana: lo que se presenta como síntesis no es el resultado de un proceso dialéctico, sino la imposición anticipada de una tesis privilegiada. El término «consenso» se vacía así de su contenido dialógico para convertirse en un significante flotante que significa, precisamente, lo contrario de lo que nombra: la ausencia de debate real.

La élite partidaria, ese grupo que Hannah Arendt identificaría como ocupante del «espacio aparente» donde se decide lo político, ejecuta una operación lingüística magistral: transforma la transacción privada en voluntad colectiva, el cálculo en convicción, el reparto en destino compartido. Lo que emerge no es la *polis* sino la *oligarquía* vestida con ropajes participativos.

La Anatomía de la Ficción Consensual

El núcleo duro partidario opera bajo lo que podríamos llamar «la paradoja del consenso silencioso»: cuanto más se proclama la unidad, menos espacio existe para la divergencia. Este círculo, compuesto no necesariamente por los cargos formales sino por quienes controlan los recursos simbólicos y materiales, desarrolla un ritual preciso:

  1. La decisión en la penumbra: Donde las verdaderas negociaciones ocurren fuera de los espacios institucionales
  2. La teatralización del proceso: Donde se simula consulta sin posibilidad real de alterar lo decidido
  3. La sacralización del resultado: Donde se presenta lo acordado como inevitable, casi natural

Lo fascinante filosóficamente es cómo este mecanismo perpetúa lo que Walter Benjamin llamaría «la tradición de los opresores», en este caso, la tradición de las élites partidarias que se reproducen a sí mismas bajo el manto de la renovación.

Los Desheredados del Reparto: Los Revolucionarios de Conveniencia

Aquí emerge una figura crucial: el privilegiado temporalmente excluido. Son aquellos que durante años participaron del banquete del reparto, pero que en una ronda particular no reciben su porción habitual. Su reacción revela la verdadera naturaleza del sistema:

El diputado que siempre obtuvo candidatura segura y ahora debe competir en primarias reales se convierte de la noche a la mañana en «defensor de la democracia interna».

El barón territorial cuya cuota de poder se reduce abruptamente descubre súbitamente la «urgente necesidad de oxigenar el partido».

El ex-ministro relegado a un segundo plano se transforma en portavoz de «las bases silenciadas».

Estos actores no cuestionan el sistema de reparto en sí, del cual fueron beneficiarios y arquitectos, sino únicamente su exclusión momentánea. Su «revolución» es puramente posicional, no principista. Representan lo que Slavoj Žižek llamaría «el cinismo ilustrado»: conocen perfectamente la ficción en la que participan, pero la denuncian únicamente cuando deja de beneficiarlos.

Los Cómplices Activos y Pasivos: La Ecología del Consentimiento

El sistema perdura no solo por quienes se benefician directamente, sino por una compleja red de complicidades:

Los beneficiarios estructurales, aquellos cuya posición depende del statu quo, defienden el sistema no por convicción sino por interés calculado. Para ellos, como notó Maquiavelo, «los hombres olvidan más rápido la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio».

Los temerosos, militantes de base, cargos intermedios, callan no por acuerdo sino por miedo: al aislamiento, a la marginación, a la irrelevancia. Su silencio comprado por promesas de protección futura ejemplifica lo que Byung-Chul Han denominaría «la violencia de la positividad»: la opresión que no prohíbe, sino que incentiva la auto-censura como camino al éxito.

Los pragmáticos absolutos, para quienes «lo importante es ganar». Pero, ¿ganar qué? He aquí la pregunta filosófica crucial. Cuando «ganar» se reduce a ocupar espacios de poder, a distribuir prebendas, a mantener la maquinaria partidaria funcionando, la política deja de ser un medio para transformar la realidad y se convierte en un fin en sí misma. Se instala así lo que el filósofo coreano Byung-Chul Han llamaría «la sociedad del cansancio»: una maquinaria que funciona perfectamente vacía de propósito.

La Crisis como Reveladora

Los momentos de crisis electoral, de legitimidad, de escándalo, exponen brutalmente esta dinámica. De repente, la ficción consensual se resquebraja:

* Los antes «unidos» descubren discrepancias «insalvables»

* Los silenciosos encuentran voz

* Los cómplices buscan distanciarse

Es entonces cuando el verdadero contrato social partidario se revela: no basado en principios compartidos, sino en beneficios distribuidos. Lo que parecía comunidad política se muestra como joint-venture.

Hacia un Consenso Auténtico: La Política como Riesgo

El consenso verdadero el que merece ese nombre, no elimina el conflicto sino que lo trasciende creativamente. Como señaló Chantal Mouffe, lo político necesariamente contiene antagonismo; la democracia consiste en transformar ese antagonismo en «agonismo», conflicto dentro de marcos compartidos.

Un partido que quiera escapar de la lógica del reparto disfrazado debe:

  1. Institucionalizar el disenso: Crear espacios donde la discrepancia no sea vista como traición sino como contribución
  2. Transparentar los procesos de decisión: Hacer visible lo que ocurre en las penumbras
  3. Rotar el poder real: No solo en discurso sino en práctica
  4. Reconocer la política como riesgo: Aceptar que el control total es incompatible con la democracia interna

La Elección Entre Dos Modelos de Partido

Al final, los partidos enfrentan una elección filosófica fundamental:

¿Serán comunidades de destino, donde el consenso emerge de la deliberación colectiva genuina, donde el conflicto se gestiona en lugar de suprimirse, donde el poder circula en lugar de acumularse?

¿O seguirán siendo empresas de gestión del poder, donde el «consenso» es el nombre que se le da al reparto entre accionistas mayoritarios, donde la militancia es clientela en lugar de ciudadanía partidaria, donde ganar elecciones significa simplemente continuar el ciclo de distribución de prebendas?

La respuesta a esta pregunta determina no solo el futuro de los partidos, sino la calidad misma de nuestra democracia. Porque, como advirtió Vaclav Havel, «la verdadera batalla no está entre el presente y el pasado, sino entre el presente y el futuro». Un futuro donde el consenso sea nuevamente lo que nunca debió dejar de ser: el fruto maduro del debate libre, no la máscara presentable del reparto elitista.

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