La triste trayectoria de Europa: De la paz y el bienestar a la guerra y la escasez

Ricardo Martins.

La Unión Europea, que en su día fue un faro de paz y prosperidad, avanza ahora hacia una nueva era de militarización y escasez. Tras la retórica de la seguridad se esconde un proyecto cada vez más moldeado por la presión de Estados Unidos, el gasto en defensa y una silenciosa traición a sus ciudadanos.


Durante siete décadas, el proyecto europeo se presentó como un faro de paz, prosperidad y bienestar social. Concebida en las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, la Unión Europea (UE) surgió como un mecanismo para unir a antiguos enemigos a través del comercio, las instituciones compartidas y la promesa de que la interdependencia económica evitaría futuras guerras.

Durante gran parte de su historia, esta narrativa se mantuvo fiel: la UE encarnaba la idea de que Europa podía reinventarse como una comunidad moral, anclada en los derechos sociales y la seguridad colectiva.

Hoy, esa imagen se ha erosionado. Europa se está rearmando a una escala nunca vista desde la Guerra Fría. El otrora orgulloso modelo de bienestar de la UE se está sacrificando silenciosamente en el altar de la militarización, mientras los Estados miembros contemplan dedicar hasta el 5 % del PIB al gasto en defensa.

Esta transformación no está impulsada por una visión estratégica soberana europea, sino por la presión externa, principalmente de Estados Unidos, cuyo complejo militar-industrial es el que más se beneficia.

Del proyecto de paz a la economía de guerra

La metamorfosis de la UE en lo que los críticos denominan un proyecto de “guerra y escasez” es evidente tanto en las políticas como en la retórica. Los líderes europeos, en lugar de articular una doctrina de seguridad independiente, parecen cada vez más subordinados a las prioridades de Washington.

El recién nombrado secretario general de la OTAN y ex primer ministro neerlandés, Mark Rutte, se ha convertido en el rostro de esta transformación.


«Si en el primer acto hay una pistola colgada en la pared, inevitablemente se disparará en el último».


Durante la llamada “Cumbre de Trump” en La Haya, Rutte orquestó un evento que tuvo menos que ver con la estrategia y más con apaciguar al presidente estadounidense Donald Trump. Las alfombras rojas y las cenas de gala sustituyeron al debate sustantivo.

Según los críticos, la cumbre solo proyectó unidad al evitar cuestiones difíciles, como las consecuencias a largo plazo de la escalada del conflicto en Ucrania o la viabilidad del objetivo de gastar el 5 % del PIB en defensa.

Rutte incluso se hizo eco de afirmaciones no verificadas de los servicios de inteligencia de que Rusia podría atacar a un miembro de la OTAN, sin aportar pruebas, un acto que algunos observadores europeos calificaron de “teatro peligroso”.

Cuando el jefe de la OTAN se convierte en un conducto para difundir amenazas especulativas con el fin de sembrar el miedo y hacer aceptable a la población el proyecto de militarización, la alianza corre el riesgo de perder credibilidad y reforzar la percepción de que Europa es menos un actor soberano y más un vasallo del poder estadounidense.

Los costes de la militarización

El impulso para alcanzar el 5 % del PIB en gasto en defensa tiene profundas implicaciones para las sociedades europeas. El eurodiputado búlgaro Petar Volgin, en una entrevista, advirtió de que esa política no mejoraría la seguridad ni fomentaría la estabilidad.

La historia demuestra que la acumulación de armas a menudo aumenta el riesgo en lugar de prevenir los conflictos. Volgin invocó la famosa máxima de Antón Chéjov: si en el primer acto hay una pistola colgada en la pared, inevitablemente se disparará en el último.

Más allá de los riesgos estratégicos, las compensaciones económicas son evidentes.

Destinar recursos públicos al armamento reducirá las inversiones en sectores sociales como la salud, la educación y el bienestar, que son los cimientos del modelo social europeo.

Esto convertirá a Europa en un monstruo militarizado desprovisto de compasión social», advirtió Volgin.

Los ciudadanos, que se enfrentan a recortes en los servicios y al aumento de los costes, pagarán el precio de una estrategia que, en última instancia, beneficia mucho más a la industria armamentística estadounidenseque a la seguridad europea, siguiendo la línea de Trump.

La rusofobia y la lógica de la guerra

Detrás de este cambio se encuentra lo que puede describirse como una rusofobia institucionalizada.

La rusofobia se ha convertido no solo en opinión pública, sino en una ideología estructurada que da forma a la política, los discursos de los medios de comunicación y las estrategias diplomáticas.

Aunque la atención se centra en la acción militar rusa en Ucrania, la respuesta estratégica de la UE se ve a través del prisma de la rusofobia histórica, que a menudo sustituye el pragmatismo por la emoción y los prejuicios.

Durante siglos, Rusia ha formado parte de Europa y, al mismo tiempo, ha estado al margen de ella, contribuyendo profundamente a su literatura, su música y su patrimonio intelectual, pero a menudo tratada como una civilización ajena.

El conflicto militar en Ucrania ha proporcionado a las élites europeas una oportunidad para convertir la rusofobia latente en política. En lugar de buscar un marco de seguridad equilibrado que pudiera integrar finalmente a Rusia en un orden europeo estable, la UE ha redoblado la confrontación, las sanciones y la militarización.

Este enfoque encierra una profunda ironía: una unión nacida de la determinación de superar los odios del pasado está ahora afianzando nuevas líneas divisorias en el continente.

Los llamamientos a la diplomacia, al diálogo o a un proyecto de paz europeo más amplio, social y moral, y no meramente militar, han sido marginados o tachados de ingenuos.

Desconexión democrática y deriva estratégica

Quizás el aspecto más preocupante de la nueva trayectoria de Europa sea la brecha cada vez mayor entre su clase política y sus ciudadanos.

Las encuestas realizadasdurante el primer año de la guerra en Ucrania revelaron que más del 70 % de los europeos prefería una paz negociada a la prolongación indefinida del conflicto.

Sin embargo, en el Parlamento Europeo, el 80 % de los eurodiputados rechazó las enmiendas que pedían la diplomacia y solo el 5 % votó a favor.

Esta disonancia refleja un malestar estructural: la política exterior y de seguridad de la UE está cada vez más determinada no por el debate democrático, sino por los grupos de presión, la inercia burocrática y las presiones transatlánticas.

El cambio de un proyecto orientado al bienestar a una agenda impulsada por la guerra se ha producido sin un consentimiento público significativo.

Como han argumentado Clare Daly y Mick Wallace, antiguos eurodiputados irlandeses, “la máscara liberal de la UE se ha caído”, revelando una arquitectura política que da prioridad a la geopolítica sobre las personas.

Guerra y escasez: un círculo vicioso

Las consecuencias económicas de esta transformación ya son visibles. Las sanciones a Rusia, aunque simbólicas desde el punto de vista político, han contribuido a la crisis energética, la inflación y la desaceleración industrial, especialmente en países como Alemania e Italia.

Al mismo tiempo, los Estados de la UE están pagando precios mucho más altos por el GNL estadounidense y las armas fabricadas en Estados Unidos, transfiriendo efectivamente la riqueza al otro lado del Atlántico, mientras que sus propias poblaciones se enfrentan al aumento de los costes y al estancamiento de los salarios.

Esta es la esencia del giro hacia la escasez de Europa:al adoptar una economía de guerra, la UE sacrifica su modelo de bienestar social, socava la resiliencia económica y alimenta el descontento interno y los partidos de extrema derecha.

En lugar de proyectar estabilidad, importa volatilidad: económica, política y social.

La cuestión del propósito

La Unión Europea se encuentra ahora en un momento decisivo de su evolución. Si su propósito es ser un bloque militar subordinado dentro de un “Gran Occidente” liderado por Estados Unidos, puede lograrlo a costa de su identidad original como proyecto de paz y bienestar.

Sin embargo, si busca recuperar la autonomía estratégica y la credibilidad moral —deterioradas por su incapacidad para condenar el genocidio en Gaza—, debe enfrentarse a preguntas incómodas: ¿Puede Europa imaginar una seguridad más allá de la lógica de la militarización y el vasallaje? ¿Está Europa simplemente ganando tiempo, esperando un gobierno que no sea el de Trump, mientras refuerza su sumisión? ¿Reconstruirá un proyecto de paz que aborde la justicia social y la legitimidad democrática, y no solo la disuasión? ¿Y puede redescubrir la ambición moral que una vez la convirtió en un faro para un mundo marcado por los conflictos?

Por ahora, la triste trayectoria de la UE parece clara: una unión que una vez prometió prosperidad y paz se está convirtiendo en una fortaleza de miedo e incertidumbre social, definida por el gasto en guerra, la escasez y la sumisión.

A sus ciudadanos se les prometió un futuro compartido. En cambio, lo que están recibiendo es un presente militarizado y un mañana incierto.

Traducción nuestra


*Ricardo Martins, doctor en Sociología, especializado en Relaciones Internacionales y Geopolítica.

Fuente original: New Eastern Outlook

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