Lecciones para “leer” encuestas en América Latina
Por Luis Córdova
Despedimos un año electoralmente intenso que deja importantes lecciones y marca, de cierto modo, la historia democrática de América Latina. Desde las cordilleras andinas hasta el Cono Sur, las urnas no solo dictaron nombres de nuevos mandatarios, sino que lanzaron un mensaje contundente sobre el agotamiento de los modelos tradicionales de representación.
El ciclo electoral deja una enseñanza incómoda pero necesaria: las encuestas no fracasaron por completo, pero fueron leídas de manera ingenua, lineal y, en muchos casos, interesada. Se confundió medición con predicción. El viejo cliché de que es “una fotografía del momento” se tomó como si fuese el destino, y de ahí nacieron las sorpresas.
Tras los procesos en Bolivia, Chile, Ecuador y Honduras, ya no es posible leer encuestas como si estuviéramos en un sistema estable. América Latina es un laboratorio de volatilidad extrema. De esta experiencia, nos quedan cinco lecciones fundamentales que han de servir para leer las encuestas.
Primera lección: el dato decisivo no es quién lidera, sino quién vota. Las encuestas capturan preferencias, pero fallan al anticipar la movilización real del votante. Chile es el ejemplo ilustrativo: se subestimó el impacto del voto obligatorio en segmentos tradicionalmente abstencionistas. En Honduras ocurrió lo contrario: una abstención cercana al 48% volvió irrelevantes las proyecciones, y erosionó la legitimidad del resultado.
Aunque el orden no importa, la segunda lección es: los indecisos no son solo “un porcentaje”, son los que describen el sistema. Cuando los indecisos superan el 15%, la elección está abierta. En 2025, la ficción de repartirlos proporcionalmente se derrumbó. Bolivia mostró que el votante latinoamericano decide cada vez más tarde, desconfiando de las promesas hasta el último minuto.
El voto tardío o el “votante en espera”, se han convertido en la norma, no en la excepción. Y mientras decide hasta un post en red social puede inclinar la balanza.
Como tercero tenemos que la fragmentación territorial es el talón de Aquiles. Asumir electorados homogéneos es un error ciego. Las encuestas que no captan la diferencia entre el mundo urbano, el rural y las economías informales terminan leyendo un país que no existe. Sin una segmentación fina, los datos solo reflejan a las clases conectadas, e ignoran las profundas grietas de desigualdad de nuestra región.
En contextos polarizados, una encuesta sin pedagogía pública es vulnerable. Esta es la cuarta lección: la desinformación exige “defensa política”. En 2025, los sondeos fueron usados como armas narrativas. Ecuador mostró cómo los exit polls (en español dominicano “a boca de urna”) fueron contradictorios y alimentaron la confusión, mientras que en otros países, cualquier desfase técnico fue interpretado inmediatamente como “fraude” por las maquinarias de desinformación.
La quinta y última es: mantener la humildad analítica frente al titular sensacionalista. Las encuestas no fallan solas; fallan en cómo se comunican. Los titulares absolutistas generan expectativas irreales. Si algo nos queda claro es que América Latina vota con desconfianza, miedo y pragmatismo, estados de ánimo que los modelos tradicionales difícilmente pueden capturar.
Las encuestas siguen siendo indispensables, pero solo si se leen con responsabilidad. Aunque les tengamos fe, no son profecías; son herramientas probabilísticas y hay que estudiarlas con profundidad.
Debemos empezar a medir el miedo y el cansancio, no solo la preferencia ideológica.
De nuestro país ya tendremos tiempo de hablar cuando avancemos hacia las próximas elecciones.
Mientras tanto, que nuestros políticos —igual que el pueblo— disfruten la fiesta incesante de vivir en esta media isla.

