Occidente y Gaza. Economía de un genocidio
Roberto Iannuzzi.
Todo un ecosistema logístico, industrial y financiero internacional ha operado al servicio de la acción militar israelí, obteniendo enormes beneficios.
Nota: al final del artículo encontrarán una reseña del libro «Un genocidio anunciado», del premio Pulitzer Chris Hedges, recientemente publicado en Italia, en el que se incluye otro importante informe de la relatora especial de la ONU, Francesca Albanese.
El exterminio que se está llevando a cabo en Gaza no es un acontecimiento que afecte a una tierra lejana o a una realidad que nos es ajena. Al contrario, es un espejo de nuestro mundo, un proceso basado también en la lógica del mercado, en las redes logísticas y los sistemas de producción occidentales, un laboratorio donde se experimentan nuevas tecnologías que luego se exportan a todo el mundo.
Así lo demuestra admirablemente un valiente informe recién publicado por la relatora especial de la ONU sobre la situación de los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados, la italiana Francesca Albanese.
Como aclara este documento, rico en datos y referencias imprescindibles, el caso palestino no es un caso aislado ni siquiera desde el punto de vista histórico, ya que se inscribe en el marco de un largo proceso de expropiación de las tierras de los pueblos indígenas a manos de un sistema de dominación definido por algunos estudiosos como «capitalismo colonial con trasfondo racial».
De hecho, lo que sostiene la ocupación israelí de los territorios palestinos —y ahora una brutal operación militar en Gaza que tanto la ONU como organizaciones internacionales como Amnistía Internacional, Human Rights Watch y Médicos Sin Fronteras (MSF) han calificado de ‘genocida’— es un sistema capitalista extendido por todo Occidente (y más allá).
El informe define el mercado palestino como un “mercado forzado” como consecuencia de las restricciones impuestas por Israel al comercio, la inversión y el uso de los recursos naturales del territorio.
Empresas de múltiples nacionalidades (principalmente occidentales, pero también de países nominalmente amigos de los palestinos) se han beneficiado de este mercado forzado, explotando la mano de obra y los recursos palestinos, contribuyendo a la construcción y la economía de los asentamientos israelíes y, en general, al sistema económico de la ocupación.
Mientras Israel se beneficia de este mecanismo de explotación, a los territorios palestinos les cuesta al menos el 35 % del PIB, según el informe de la ONU.
Bancos, sociedades de gestión patrimonial, fondos de pensiones y compañías de seguros han invertido fondos en la ocupación israelí, ilegal incluso según un reciente veredicto de la Corte Internacional de Justicia.
Incluso las universidades, tanto israelíes como occidentales, han contribuido a sostener la ideología que sustenta la ocupación y han producido investigaciones militares destinadas a reforzar el control israelí sobre los territorios palestinos.
Una de las razones por las que “el genocidio de Gaza no se ha detenido”, declaróAlbanese al periodista y premio Pulitzer Chris Hedges (autor de un importante libro sobre Gaza recientemente publicado en Italia), es que “es rentable, beneficia a demasiadas personas”.
Y los beneficios “incluso han aumentado a medida que la economía de la ocupación se ha transformado en una economía de genocidio”. El sistema capitalista puede emplearse con la misma eficacia para la producción que para la destrucción.
Las tecnologías de control y vigilancia masiva aplicadas en los territorios ocupados se han convertido en instrumentos para atacar indiscriminadamente a la población palestina.
La maquinaria pesada utilizada para las demoliciones en Cisjordania se ha reutilizado para desmantelar las ciudades de la Franja.
El conflicto de Gaza también ha servido para probar plataformas de defensa aérea, drones y sistemas de selección de objetivos basados en la inteligencia artificial (IA).
Estas tecnologías “probadas en combate” se revenden luego en los mercados mundiales.
El informe enumera industrias de medio mundo que participan en diversos grados en el sistema de exterminio que se está llevando a cabo en la Franja.
Señala que entre 2023 y 2024 el gasto militar israelí registró un aumento del 65 %, alcanzando los 46 500 millones de dólares. Este dinero ha generado enormes beneficios para las industrias israelíes y occidentales del sector de la defensa, pero también para otros sectores.
De hecho, se ha constituido toda una “logística de guerra” internacional para apoyar el esfuerzo bélico israelí.
El informe cita compañías navieras como la danesa Maersk, que han contribuido al transporte de componentes, armas y materias primas; empresas como la japonesa FANUC, que ha suministrado maquinaria robotizada para las líneas de producción de la industria bélica israelí y estadounidense implicada en el conflicto.
IBM, que en el pasado colaboró con la Alemania nazi, garantiza la formación informática y tecnológica de los aparatos militares y de inteligencia israelíes.
El Ministerio de Defensa israelí mantiene estrechas relaciones de colaboración con otros gigantes de la Big Tech estadounidense, desde Google hasta Microsoft y Amazon.
La empresa estadounidense Palantir, pionera en la aplicación de la inteligencia artificial al ámbito bélico, ha suministrado a Israel software militar, en particular su plataforma de IA que permite el análisis en tiempo real de los datos del campo de batalla con el fin de elaborar un proceso de toma de decisiones automatizado.
Por su parte, los bancos occidentales han comprado los títulos emitidos por Israel para financiar sus gastos de guerra.
Todo un ecosistema logístico, industrial y financiero internacional ha operado al servicio de la acción militar israelí, obteniendo enormes beneficios.
Lo que da que pensar y estremece es que ni los directivos de las empresas y las instituciones financieras que participan en este mecanismo, ni los gobiernos de los países a los que pertenecen estos actores económicos, han obstaculizado en lo más mínimo este proceso industrial y tecnológico de exterminio y destrucción.
Este artículo ha aparecido en Il Fatto Quotidiano.
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Un genocidio anunciado
Tras la presentación del informe descrito en el artículo anterior, la administración Trump ha solicitado formalmente a las Naciones Unidas que destituya a Francesca Albanese de su cargo, con la increíble acusación de “antisemitismo y apoyo al terrorismo”.
Como ya se ha mencionado, Francesca Albanese concedió una importante entrevista al reportero estadounidense Chris Hedges, que merece ser escuchada.
Hedges, periodista y escritor, ganador del premio Pulitzer y ex corresponsal en Oriente Medio para el New York Times y otros importantes diarios estadounidenses, es autor de un libro recién publicado en Italia por la editorial Fazi, con el elocuente título “Un genocidio anunciado”.
El volumen es un extraordinario reportaje que reconstruye, a través de la rica experiencia del autor sobre el terreno, las causas históricas que han convertido la catástrofe de Gaza en una tragedia anunciada.
“No hay sorpresas en Gaza”,escribe Hedges. “Cada acto espantoso del genocidio de Israel fue anunciado con mucha antelación”.
Con un estilo apasionado y envolvente, el periodista estadounidense sumerge al lector en las calles devastadas de la Franja de Gaza, a través de una rica colección de testimonios de primera mano que dan voz a la terrible desgracia palestina.
Se detiene en el profundo valor de cada testimonio y en la importancia fundamental de poder transmitir los sonidos y las imágenes de esa inmensa catástrofe que es la guerra:
Escribir y fotografiar en tiempos de guerra son actos de resistencia, actos de fe. Afirman la convicción de que algún día —un día que los escritores, periodistas y fotógrafos quizá nunca vean— las palabras y las imágenes despertarán empatía, comprensión, indignación e inspirarán sabiduría. No solo revelan los hechos, aunque los hechos son importantes, sino el carácter, la sacralidad y el dolor de las vidas y las comunidades perdidas.
Le dicen al mundo qué es la guerra, cómo sobreviven quienes están atrapados en sus fauces mortales, hablan de quienes se sacrifican por los demás y de quienes no, qué significan el miedo y el hambre, cómo es la muerte.
Transmiten los gritos de los niños, los gritos de dolor de las madres, la lucha diaria frente a la salvaje violencia industrial, el triunfo de la humanidad sobre la suciedad, las enfermedades, la humillación y el miedo. Por eso, en la guerra, los escritores, los fotógrafos y los periodistas son blanco de los agresores, incluidos los israelíes: para que no quede ningún recuerdo. Son testigos de un mal que los agresores quieren que permanezca enterrado y acabe siendo olvidado.
Al componer el cuadro de la tragedia de Gaza, Hedges también cita a Francesca Albanese (otro importante informe suyo, “Il genocidio come cancellazione coloniale”[El genocidio como borrado colonial], se incluye en el apéndice del libro), donde recuerda que, en la narrativa israelí,
todos los palestinos son considerados responsables del ataque del 7 de octubre o descartados como escudos humanos de Hamás. Todas las estructuras se consideran objetivos legítimos porque son sospechosas de ser centros de mando de Hamás o porque albergan a sus combatientes.
Estas acusaciones, escribe Albanese, son un “pretexto” utilizado para justificar “el asesinato de civiles bajo el manto de una supuesta legalidad, cuya absoluta omnipresencia solo deja lugar a una intención genocida”.
En este conflicto de décadas nunca habíamos visto una agresión israelí contra los palestinos de tal magnitud. Pero todas estas medidas —el asesinato de civiles, la expropiación de tierras, las detenciones arbitrarias, la tortura, las desapariciones, los cierres impuestos a ciudades y pueblos palestinos, las demoliciones de viviendas, las revocaciones de permisos de residencia, las deportaciones, la destrucción de infraestructuras que sostienen la sociedad civil, la ocupación militar, la deshumanización del lenguaje y el robo de recursos naturales, especialmente los acuíferos— siempre han definido la campaña de Israel para eliminar a los palestinos. El genocidio de Gaza es la culminación de un proceso. No es un acto.
Entretejiendo con maestría los elementos cruciales del contexto histórico y un agudo análisis político con los testimonios directos y las historias humanas de los palestinos, Hedges traza un panorama tan admirable como escalofriante de la catástrofe de Gaza, resultado ineludible no solo del proyecto colonial sionista, sino también de la complicidad de Occidente en la distorsión de la narración de los hechos y en la legitimación de facto de la ocupación ilegal israelí.
Hedges se detiene en particular en los mecanismos de la propaganda israelí y en la «complicidad» de la prensa occidental a la hora de colgar a los palestinos la inevitable etiqueta de «terroristas», elemento esencial para tergiversar la dinámica real del conflicto, borrando o minimizando las atrocidades cometidas por los israelíes.
Este mecanismo perverso, escribe Hedges, sirve para perpetuar una serie de mentiras:
La mentira de que Israel quiere una paz justa y equitativa y que apoyará un Estado palestino. La mentira de que Israel es «la única democracia de Oriente Medio». La mentira de que Israel es un «puesto avanzado de la civilización occidental en un mar de barbarie». La mentira de que Israel respeta el Estado de derecho y los derechos humanos. Las atrocidades de Israel contra los palestinos siempre son recibidas con mentiras. Las he oído. Las he grabado. Las he publicado en mis artículos para The New York Times.
Inevitablemente, el hilo conductor de la reconstrucción de Hedges le lleva a señalar con el dedo acusador a nuestra civilización, al igual que ha hecho el informe recién publicado por Albanese. El periodista estadounidense escribe que
el genocidio dice algo no solo de Israel, sino de nosotros, de la civilización occidental, de quiénes somos como personas, de dónde venimos y qué nos define. Dice que toda nuestra tan alabada moralidad y todo nuestro tan pregonado respeto por los derechos humanos son una mentira.
La historia también nos juzgará, escribe Hedges:
Nos preguntará por qué no hicimos más, por qué no suspendimos todos los acuerdos, todas las transacciones comerciales, todos los tratados y todas las formas de cooperación con el Estado apartheid, por qué no interrumpimos los envíos de armas a Israel, por qué no retiramos a nuestros embajadores, por qué, cuando Yemen bloqueó el comercio marítimo en el Mar Rojo, se preparó inmediatamente una ruta alternativa por tierra a través de Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos y Jordania, y por qué no hemos hecho todo lo que estaba en nuestra mano para poner fin a las masacres. Lo contrario del bien no es el mal, como advertía el rabino Abraham Joshua Heschel. Lo contrario del bien es la indiferencia.
Traducción nuestra
*Roberto Iannuzzi es analista independiente especializado en Política Internacional, mundo multipolar y (des)orden global, crisis de la democracia, biopolítica y «pandemia new normal».
Fuente original: Intelligence for the people

