País de las gráficas y el hambre de las familias

Por Ramón Morel

Mientras el Palacio Nacional se desvive en conferencias de prensa diseñadas para la exportación, la República Dominicana de marzo de 2026 vive una esquizofrenia económica sin precedentes. El gobierno opera como una agencia de publicidad de lujo, vendiendo un «milagro dominicano» que solo existe en las pantallas de televisión y en los despachos climatizados de la Av. Méjico con Dr. Delgado. Para el oficialismo, el éxito se mide en proyecciones; para el pueblo, el éxito se mide en lo que queda en el bolsillo después de visitar el colmado. Y hoy, no queda nada.

El relato oficial se aferra a una proyección de crecimiento del 4.5% para este 2026, como si el optimismo fuera capaz de pagar facturas. Sin embargo, la realidad es un muro de concreto: venimos de un 2025 donde la economía se estancó en un humillante 2.1%. Es el frenazo más brusco en décadas, excluyendo los años de parálisis global por la pandemia. No es una «pausa técnica», es el agotamiento de un modelo que sabe recaudar, pero no sabe derramar; un modelo que sabe endeudar, pero no sabe abaratar.

El dato que el oficialismo intenta sepultar bajo una montaña de adjetivos es el costo de la vida. A día de hoy, la canasta básica nacional ronda los RD$48,541. Es una cifra obscena cuando se contrasta con la realidad salarial. Estamos hablando de que la canasta ha subido más de RD$13,500 en este periodo gubernamental. Para las familias del quintil más pobre, el castigo ha sido de un 42.7%. No es inflación, es una confiscación silenciosa del sudor del trabajador dominicano.

¿De qué sirve jactarse de un salario mínimo de RD$29,988 si ese monto apenas cubre el 60% de lo que una familia necesita para no caer en la indigencia? El oficialismo celebra sus aumentos salariales con bombos y platillos, pero omite la letra pequeña: la inflación subyacente del 5.36% se ha devorado cada peso antes de que el empleado llegue al cajero. El banquete macroeconómico está servido, pero el pueblo solo tiene permiso para mirar por la ventana mientras los funcionarios se sirven doble ración de estadísticas maquilladas.

A esto se suma la traición del galón. A pesar de las promesas de «blindaje» contra los choques externos, marzo de 2026 ha recibido al ciudadano con alzas de RD$10 en los combustibles, asfixiando aún más la cadena de distribución y el transporte. La excusa es siempre la misma: «el contexto internacional». Pero la pregunta es: ¿por qué el contexto internacional nunca sirve para bajar los precios cuando el petróleo cae, pero siempre es la excusa perfecta para subirlos?

La gestión actual confunde la estabilidad con la inercia. Creen que, por no tener protestas masivas en las calles, el país está satisfecho. Se equivocan. Hay una rabia silenciosa que crece en la fila del supermercado y en la oscuridad de los apagones que siguen castigando a los barrios.

El gobierno puede seguir ganando la batalla de las gráficas en X, pero está perdiendo la guerra en la mesa de los dominicanos. Deben recordar una lección histórica que parece que han olvidado en su embriaguez de poder: un pueblo que no puede llenar el carrito del supermercado, tarde o temprano, se encarga de vaciar las urnas. El «cambio» se ha convertido en el cambio de precios (hacia arriba), y ese es un costo político que ninguna agencia de publicidad podrá financiar.

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