Peña Gómez: mi historia (9 de 12)

Por Farid Kury

Para principios de 1973, aunque tratábamos de disimularlo, las desavenencias entre el profesor Juan Bosch y yo eran conocidas. El líder del PRD, ideólogo de la tesis de la Dictadura con Respaldo Popular y declarado enemigo de la democracia representativa, era partidario del enfrentamiento a ultranza con la oligarquía dominicana y con los Estados Unidos.

Yo sostenía un enfoque diferente. Yo defendía la idea del aprovechamiento de las contradicciones interoligarquícas. Para mí, era perfectamente posible la integración a la revolución dominicana de sectores oligárquicos que pudieran coincidir con nosotros. También propugnaba por el acercamiento a los llamados liberales de Washington, con quienes mantenía buenas relaciones.

Pero a esas graves contradicciones, capaces por si solas de dividirnos, se agregaban otras de carácter político. Se trataba de las numerosas suspensiones y expulsiones que la Comisión Permanente, por instrucciones de Juan Bosch, hacía contra valiosos dirigentes perredeístas. Por considerar esa política errada me pronuncié contra ella con toda mi energía. Y eso sí disgustó a mi compadre, pero el momento era para sumar, no para separar del partido del buey que más jala a dirigentes formados y probados en las lides políticas.

Así era la situación entre nosotros cuando la noche del 2 de febrero, desembarcó por Playa Caracoles el Coronel de Abril, Francisco Alberto Caamaño Deñó, al mando de un reducido pelotón de ocho combatientes, con la finalidad de establecer un foco guerrillero contra el régimen balaguerista. Ese acontecimiento ahondaría nuestras contradicciones y llevaría a nuestro líder a abandonar el PRD, que por más de 34 años había sido su único presidente. Muy lamentable era aquella decisión de separarse del partido fundado por él y por el cual había llegado al gobierno en 1963. Pero esa era su soberana decisión y ni yo ni nadie podíamos convencerle de no tomarla.

Nombrado por el ex presidente Héctor García Godoy como Agregado Militar de la Embajada Dominicana en Londres, Inglaterra, Caamaño había salido del país en una especie de exilio involuntario. Allí sus ideas sufrirían una transformación radical que lo llevaría a abrazar la idea del foco guerrillero y a trasladarse clandestinamente a Cuba a iniciar los preparativos de la guerrilla.

Aquel dos de febrero venía dispuesto a combatir el represivo gobierno de Joaquín Balaguer. Pero ignoraba que el país era diferente al que había dejado en 1966. El crecimiento económico había transformado la mentalidad de muchas personas que antes apostaban a la lucha armada, pero que ahora se encontraban integradas junto con sus familias a ese crecimiento económico, amén de que el ejército había sido entrenado para enfrentar focos guerrilleros.

Frente a esa realidad, ese desembarco de Caamaño constituía, en la fuerza de los hechos, un suicidio. No tendría absolutamente ninguna posibilidad de vencer. Eso lo sabíamos muchos amigos de Caamaño, entre ellos, por supuesto, Juan Bosch y yo. En diferentes ocasiones le habíamos comunicado a Caamaño nuestro desacuerdo con los preparativos guerrilleros, conocidos incluso por la Agencia Central de Inteligencia, y por consiguiente, del gobierno dominicano. El profesor Juan Bosch, por diversas vías, no sólo le hizo saber su rotunda oposición, sino también, le sugirió abandonar a Cuba.

Pero Caamaño, desconectado de la nueva realidad nacional e internacional, estaba empeñado en cumplir con lo que consideraba su deber. Transformado ideológicamente, le urgía demostrarle a sectores de la izquierda dominicana, que por lo bajo le acusaban de vivir en Cuba cómodamente, mientras aquí centenares de dominicanos eran asesinados, que no había abandonado los ideales revolucionarios.

Para el héroe de Abril volver a la República Dominicana al frente de una guerrilla se convirtió en una obsesión irrefrenable.

II

Juan Bosch, nuestro líder, no creyó en la versión de la llegada subrepticia de Caamaño. Resulta que la misma noche del desembarco, un emisario de confianza de Caamaño lo visitó para informarle que el coronel de Abril apoyaba con toda su alma la política del PRD. Y es el caso de que la política del PRD era en el terreno legal. Estábamos enfrascados en llevar el gobierno represivo del doctor Balaguer a la legalidad, razón por la cual no le era posible entender como alguien podía apoyar la línea política del PRD y al mismo tiempo venir al país a establecer un foco guerrillero.

De todas maneras, ante los insistentes rumores, la Comisión Permanente fue reunida de emergencia el 5 de febrero en la casa del compañero Jacobo Majluta para discutir el asunto. Juan Bosch, al introducir el tema, rechazó la posibilidad de que Caamaño pudiera estar en el país. Lo dijo así:

“Nuestra opinión es que esos rumores no tienen fundamento porque hace tres días un emisario de Caamaño, el doctor Emilio Ludovino Fernández, nos solicitó una entrevista por medio del compañero Peña Gómez, y su objetivo era darnos un mensaje del coronel Caamaño en el cual éste nos mandaba a decir que apoyaba totalmente la línea política del PRD y si Caamaño apoya nuestra línea política mal puede lanzarse a una lucha guerrillera porque no podría contar con nuestra ayuda”.

La opinión del líder era muy respetada y valorada. Verdad o errada era muy difícil contradecir su análisis. Pero yo reuní valor y le dije: “Profesor, usted está equivocado, Caamaño sí está en el país”. En aquel momento, tenso e inseguro, se iniciaba una discusión entre el profesor Bosch y yo, vale decir, entre el presidente del PRD y su secretario general. Pero yo no podía quedarme callado. Mi deber era decir lo que sabía, y yo sabía con exactitud que Caamaño había desembarcado al frente de un reducido grupo guerrillero y se encontraba en la cordillera central tratando de establecerse. Una persona bien informada y creíble me había informado de la llegada de Caamaño y yo daba absoluto crédito a esa información.

Debatíamos el punto cuando Jacobo Majluta tocó apresuradamente la puerta para informarnos que la policía estaba rodeando la casa. La reunión fue suspendida abruptamente, y a partir de ese momento, tanto Bosch como yo, hubimos de entrar en una clandestinidad que duraría tres meses. Juan Bosch pasó a la clandestinidad en base a un plan sugerido por él mismo y preparado por el compañero Toñito Abreu. Yo en cambio me oculté en la residencia del doctor Caonabo Fernández Naranjo, en la calle César Nicolás Penson, bien cerca de los cuarteles del Cuerpo de Ayudantes Militares y de la propia residencia del presidente Joaquín Balaguer.

Pese a esa cercanía y a que en una ocasión esa residencia por un error tuvo al ser allanada, ahí yo estuve relativamente seguro. Pero a partir de ese momento las contradicciones entre Bosch y yo se volvieron insalvables. Escondidos, la comunicación entre nosotros se tornó casi nula, y entonces, me sentí con el derecho de trazar planes propios y de plantear posiciones políticas públicas. En una ocasión establecí relaciones con funcionarios de la embajada norteamericana, y en otra, envié una carta pública al presidente Balaguer. En ésta decía que ni Juan Bosch ni yo estábamos de acuerdo ni apoyábamos la acción guerrillera. En ella también lo acusé de ser el responsable de la misma.

Textualmente afirmé: “No he tenido conocimiento ni participación alguna en el alzamiento guerrillero y desde hace varios años no tenía ninguna noticia sobre el paradero o las actividades del coronel Caamaño. A pesar del tiempo, de la ausencia y de las mudanzas sigo viendo en él a un dominicano ejemplar y a un héroe de la lucha por la independencia nacional. A veces, lo que nos parece una aventura irresponsable desde una óptica determinada, resulta ser lo contrario desde el ángulo opuesto, y si hay guerrillas en el país en estos momentos y al frente de ella está, como lo ha afirmado recientemente el gobierno, el coronel Caamaño, ello se debe a que usted no hizo buena su promesa de instaurar la dictadura de la ley y gobernar sin injusticias ni privilegios”.

El propio Caamaño, seguí diciendo, fue víctima de esas injusticias, “cuando se le sacó injustamente del país, se le vigiló y se le persiguió en Europa, mientras sus compañeros de armas que debieron ser reintegrados a las Fuerzas Armadas fueron muertos, encarcelados, perseguidos o forzados a refugiarse en el exterior”.

Al final concluí así: “Señor Presidente: usted tiene el poder de perseguirme, matarme o deportarme, pero no tiene ni derecho ni razón para hacerlo y sobre todo, no puede matar ni comprar el ideal de justicia que bulle en mí y resplandece como un sol en las conciencias de todos los revolucionarios”.

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