Publicidad engañosa y noticias falsas: un desafío para los consumidores

Por Altagracia Paulino

La publicidad es el medio por el cual las empresas productoras de bienes y servicios informan al consumidor sobre las bondades de sus ofertas. Con el tiempo han variado sus formas y, al vincularse con noticias falsas, sobre todo en el renglón de los alimentos, se genera una confusión que trastorna la decisión de los consumidores y altera los patrones de compra, exponiéndolos a riesgos que muchas veces no pueden ser identificados.

Desde mediados del siglo pasado la publicidad se convirtió en un mecanismo de seducción y fábrica de sueños que obligó a su regulación. Surgieron leyes en muchos países para controlar la publicidad falsa y engañosa, destacando categorías como la publicidad desleal, la subliminal y la publicidad lícita con una carga moral que demanda honestidad. Esa regulación buscaba equilibrar el poder informativo entre productores y consumidores.

Hoy el consumidor es invadido por todas las vías posibles de publicidad. En España y en la Unión Europea los anuncios constantes, ahora multiplicados por las redes sociales, resultan intrusivos. En España el 56.2 % favorece poner fin a la publicidad de productos que contribuyen a la crisis climática y el 46.6 % de los ciudadanos de la UE también está de acuerdo, según datos citados por María Rodríguez en “Sociedad y Consumo”.

Aunque en muchos países existe regulación, en nuestro país no contamos con una Ley especial, pese a que el marco constitucional lo ordena en el artículo 53 de la Constitución y en la Ley 358-05 de protección de los derechos del consumidor. De esta última surgió la resolución 010-2014, que regula la publicidad engañosa y otorga potestad para sancionar prácticas que induzcan al error. Sin embargo, la ausencia de una ley específica dispersa las competencias y limita la capacidad real de supervisión.

No tenemos una ley única porque la regulación aparece en varias normas, junto a resoluciones del Gobierno para la publicidad estatal y la autorregulación promovida por la asociación de agencias publicitarias. Ese mosaico normativo reduce la eficacia de los controles, justo cuando el mercado digital demanda respuestas rápidas y claras.

El gran desafío actual es la publicidad falsa y engañosa en redes y plataformas digitales, donde se ofertan productos milagrosos que inducen al usuario a adquirirlos hasta encarecerlos o hacerlos desaparecer. Hace un año se difundieron supuestas propiedades del rábano y todos salieron a buscarlo hasta escasearlo. Una libra llegó a costar 300 pesos. Antes del rábano estuvo la moringa, planta a la que se le atribuían cualidades extraordinarias y cuyas ramas se vendían en las avenidas de la capital en 2013.

Las plataformas controlan horarios, públicos y días para promover tés, mezclas y pócimas, incluso con actores destacando supuestos beneficios. Esa combinación dificulta que el consumidor tenga elementos críticos para elegir de forma responsable. Si se añaden noticias falsas, no solo se fomenta el fraude: también se generan riesgos imprevistos. Una mezcla útil para alguien podría resultar dañina para otro.

Hemos aprendido que la salud y la enfermedad entran por la boca. Por eso urge mayor vigilancia ante el exceso de publicidad sobre alimentos y bebidas con bondades no demostradas científicamente.

Se requieren mecanismos para regular la publicidad en redes y medios digitales donde se pagan espacios sin supervisión. La publicidad debe ser veraz y el consumidor debe estar protegido. El fraude y las mentiras vulneran los derechos del consumidor.

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