¿Puede un mínimo de reservas en oro liberar dólares para la economía?
Por Haivanjoe Ng Cortiñas
En el debate público sobre reservas internacionalespredomina la idea de que mientras más dólares tenga un país, mayor será su estabilidad macroeconómica. Bajo ese enfoque, cualquier referencia al oro como activo de reserva suele verse como marginal, innecesaria o incluso ideológica. Sin embargo, el nuevo escenario geopolítico y ciertos cambios regulatorios están modificando de forma silenciosa la gestión moderna de reservas. Lejos de dogmas, la pregunta relevante ya no es si un banco central debe tener oro, sino cuánto, cómo y con qué objetivo.
En economías pequeñas, abiertas y muy vinculada a los Estados Unidos como la dominicana, esta distinción es particularmente importante. No porque el oro vaya a sustituir al dólar —no lo hará— sino porque una composición más eficiente de las reservas puede reducir presiones defensivas sobre el mercado cambiario y, con ello, liberar dólares para la economía real, aunque sea de manera indirecta y gradual.
Reservas internacionales: cantidad y composición
Las reservas internacionales cumplen múltiples funciones: respaldar pagos externos, facilitar la intervención cambiaria, fortalecer la confianza macroeconómica y servir de seguro ante choques externos. Tradicionalmente, estas funciones se han asociado casi exclusivamente a activos denominados en dólares de los Estados Unidos.
Esta visión, aunque funcional, hoy resulta incompleta. Las reservas no son solo un monto acumulado; son también un portafolio. Y como todo portafolio, su composición importa tanto como su tamaño. Una concentración excesiva en una sola moneda y en un solo tipo de activo expone al banco central a riesgos que no siempre aparecen en los indicadores convencionales de suficiencia.
Aquí es donde el oro adquiere relevancia, no como instrumento operativo, sino como activo monetario de última instancia.
El oro: lo que es y lo que no es
El oro no genera rendimiento, no paga intereses y no es el activo adecuado para la intervención cambiaria cotidiana. Pretender que lo sea sería conceptualmente un error.
Pero el oro posee atributos que ningún activo financiero combina simultáneamente: no es pasivo de ningún emisor, no conlleva riesgo de contraparte y es universalmente aceptado como reserva de valor. Por esas razones, los bancos centrales no lo utilizan para hacer política, sino para proteger el balance y reforzar la credibilidad en escenarios de estrés extremo. En otras palabras, el oro no sirve para el día a día, pero es muy útil cuando todo lo demás falla.
El nuevo estatus regulatorio bajo Basilea III
Un elemento adicional, raramente considerado en el debate público, refuerza la pertinencia técnica de una posición mínima en oro: el cambio en su tratamiento regulatorio internacional bajo el marco de Basilea III.
En el nuevo régimen prudencial, el oro físico asignado y correctamente custodiado ha sido reconocido como activo líquido de alta calidad dentro de los requerimientos de liquidez, con ponderación de riesgo cercana a cero y sin penalizaciones significativas de capital. En términos regulatorios, su estatus se aproxima al del efectivo y a los bonos soberanos de máxima calidad.
Bajo el régimen anterior, las tenencias de oro estaban sujetas a fuertes castigos prudenciales, lo que desincentivaba su utilización como activo de reserva y como colateral financiero. Con Basilea III, este sesgo ha sido corregido: el oro deja de ser un activo penalizado y pasa a ser plenamente elegible para fortalecer balances y mejorar indicadores de liquidez.
Este cambio no implica una vuelta al patrón oro ni una monetización directa del metal. Pero sí constituye una “remonetización” regulatoria silenciosa, en la medida en que el sistema financiero internacional vuelve a reconocer al oro como activo de máxima calidad desde el punto de vista prudencial.
Para los bancos centrales, esto tiene una implicación clara: una posición moderada en oro no solo cumple funciones de diversificación y seguro extremo, sino que además no deteriora la calidad regulatoria del balance ni genera costos relevantes de capital o liquidez. Desde esta perspectiva, el oro deja de ser un activo pasivo y se convierte en un componente eficiente de la arquitectura moderna de reservas internacionales.
La posición dominicana: un punto de partida extremadamente bajo
La República Dominicana mantiene una cantidad de oro meramente simbólica dentro de sus reservas internacionales, inferior al 1 % del total, que asciende a unos US$ 14,686 millones. En la práctica, esto implica que el país está casi totalmente expuesto a activos financieros denominados en dólares y, por extensión, al ciclo monetario y financiero de Estados Unidos.
Este hecho no constituye necesariamente un error histórico, dadas la apertura de la economía, el régimen cambiario y la necesidad de alta liquidez. Sin embargo, sí revela una oportunidad de mejora desde el punto de vista de la diversificación, la resiliencia y la gestión de riesgos.
¿Tiene sentido plantear un mínimo de oro?
Desde una perspectiva técnica, sí. Pero no se trata de porcentajes elevados ni de cambios abruptos. Para una economía como la dominicana, un mínimo prudente de entre 3 % y 5 % del total de las reservas internacionales en oro sería suficiente para cumplir funciones clave sin comprometer la liquidez operativa del Banco Central.
Este rango no es ambicioso y está por debajo de lo que mantienen muchas economías emergentes, precisamente porque el país necesita dólares líquidos para intervenir en el mercado cambiario y atender compromisos externos. El objetivo no es sustituir divisas, sino complementarlas inteligentemente.
¿Puede el oro liberar dólares para la economía?
La respuesta es sí, pero de manera indirecta y condicionada. Un mínimo de reservas en oro no crea dólares, pero puede reducir la necesidad de retenerlos de forma defensiva. Ese es el punto central.
Existen al menos tres canales a través de los cuales una política prudente de acumulación mínima de oro puede aliviar la presión sobre el dólar.
Primero, menor necesidad de intervención preventiva. Un banco central con reservas mejor diversificadas enfrenta menor riesgo de crisis de confianza. Esto reduce la tentación de intervenir de forma preventiva o excesiva ante episodios de volatilidad. Cuando la intervención es más selectiva, una mayor proporción de dólares permanece en el mercado, apoyando el comercio, la inversión y la liquidez financiera.
Segundo, reducción del sesgo a atesorar dólares. Una concentración extrema de reservas en una sola moneda induce a sobreproteger ese saldo, incluso cuando las condiciones macroeconómicas no lo justifican plenamente. Una pequeña posición en oro actúa como seguro de balance. No reemplaza al dólar, pero reduce la percepción de fragilidad. Y cuando disminuye la percepción de fragilidad, también se reduce la necesidad de conservar cada dólar como si fuera escaso. Este efecto se ve reforzado por el nuevo tratamiento regulatorio del oro bajo Basilea III.
Tercero, señal de solidez que modera la dolarización privada. Una política de reservas clara y técnicamente coherente envía señales al sector privado. Cuando los agentes perciben que el Banco Central tiene un balance robusto y bien gestionado, disminuye la demanda precautoria de dólares. Menor dolarización defensiva implica menor presión estructural sobre el mercado cambiario y mayor disponibilidad relativa de divisas.
Esta postura de política no pretende generar dólares nuevos ni sustituir exportaciones, remesas o inversión extranjera directa. Tampoco compensa desequilibrios fiscales o monetarios. Es simplemente una herramienta de gestión de riesgos, no de creación de liquidez.
El cómo es tan importante como el cuánto
Para que esta estrategia funcione, su implementación debe ser gradual, prudente y técnicamente silenciosa. Las compras de oro deben realizarse utilizando excedentes marginales de reservas, a medida que estas crecen por encima de los umbrales de suficiencia, y nunca mediante ventas abruptas de divisas que presionen el tipo de cambio.
Asimismo, debe evitarse cualquier narrativa de desdolarización, que sería incorrecta y contraproducente. El mensaje adecuado es otro: mejor composición de reservas, no menos dólares.
En economías pequeñas y abiertas, buena parte de la escasez de dólares no es real, sino defensiva. Surge del temor a choques externos, de balances excesivamente concentrados y de una gestión de reservas que privilegia la acumulación sobre la eficiencia.
Una política prudente que incorpore un mínimo de reservas en oro no genera dólares, pero reduce la necesidad de retenerlos. Y en un sistema financiero internacional que, bajo Basilea III, ha vuelto a reconocer al oro como activo de máxima calidad regulatoria, esta discusión deja de ser histórica o simbólica y pasa a ser estrictamente técnica: cómo fortalecer el balance del Banco Central para que el dólar fluya con menos fricciones hacia la economía real.
A veces, liberar dólares no requiere conseguir más, sino tener menos miedo de usarlos.

