República Dominicana, Honduras y “el tiburón que nunca duerme”

Por Matías Bosch Carcuro

Se contaban pocos días desde el golpe de Estado contra el gobierno legítimo de Manuel Zelaya en Honduras, en 2009, cuando Ignacio Ramonet recordaba cómo “la mayoría de sus gobiernos han sido tan corruptos y sumisos a los intereses de las empresas extranjeras que, para designar a Honduras, el humorista estadounidense O. Henry acuñó el término «República bananera».

Aquel signo fatal, extensible a muchas repúblicas caribeñas, se entiende aún mejor con la tesis sobre el Caribe como “frontera imperial”, interpretada por Juan Bosch: una zona del mundo donde los imperios buscan saquear riquezas y trabajo sobreexplotado, donde los imperios se disputan entre sí las posesiones conquistadas, y los pueblos luchan por liberarse de dicha dominación.

Un sheriff en el palacio

En un artículo publicado en Diario Red en mayo de 2024, titulado “Tesis para una valoración política de las elecciones dominicanas”, proponíamos que en el mapa político dominicano se consolidaban los empresarios de la política, un carácter de clase oligárquico y las doctrinas de derecha, con un presidente que nunca ocupó posición pública alguna, y saltó de la actividad empresarial a la formación de un partido ad-hoc y la presidencia -similar a casos como Trump, Bukele, Noboa y Milei- con empresas registradas en Panamá y un número de acciones y patrimonio nunca vistos en un mandatario dominicano post-Trujillo. Añadíamos que, junto a su supuesta “oposición” institucionalizada, iban a continuar legislando e impulsando políticas en consonancia con los intereses de la oligarquía dominicana y los intereses transnacionales.

Un año después, se pueden sacar algunas cuentas. La primera es que el presidente dominicano, Luis Abinader, ha hecho de la limpieza étnica, llamada “control migratorio”,su política interna más importante, llegando en octubre de 2024 a poner una meta de 10,000 deportaciones por semana, construyendo el único muro fronterizo de América Latina a precios exorbitantes y secretos, demoliendo barrios de clase trabajadora dominicana y haitiana, y en abril 2025 imponiendo un “protocolo” llamado “Procedimiento de Gestión Servicios de Salud a Pacientes Extranjeros”, que ha establecido formalmente el terror de las redadas migratorias contra hombres, mujeres embarazadas y niños en los centros públicos de salud. Al respecto, el reciente informe “Salud sin estigmas”, de Amnistía Internacional, reveló el uso que se hace de la población haitiana residente o que huye de la miseria y la violencia como chivo expiatorio para explicar el colapso sistemático de los servicios públicos, las consecuencias hasta fatales que estas medidas implican, y el aprovechamiento demagógico del perfilamiento racial y la ideología del inmigrante pobre y sobreexplotado como enemigo público.

El presidente dominicano, Luis Abinader, ha hecho de la limpieza étnica, llamada “control migratorio”,su política interna más importante, llegando en octubre de 2024 a poner una meta de 10,000 deportaciones por semana

Una segunda cuenta que se puede obtener es su absoluto plegamiento a la agenda de Donald Trump, que llevó al fracaso y abortó la Cumbre de las Américas que se debía celebrar en Santo Domingo.

Pocos días atrás, el 26 de noviembre pasado, apareció en el palacio presidencial de la República Dominicana el “Secretario de Guerra” de EE. UU., Pete Hegseth, con una proclama propia de sheriff en una película: “Si eres narcoterrorista, te encontraremos y acabaremos contigo, porque tenemos todo el derecho, y te mataremos”.

Lo hacía en el mismo edificio por el cual dieron su vida héroes nacionales como Rafael T. Fernández Domínguez, acribillado en 1965 junto a sus compañeros por la metralla invasora de Estados Unidos. En esa ocasión, 60 años atrás, la ocupación yanqui de Santo Domingo fue justificada por el presidente Lyndon B. Johnson con la patraña de que la revolución democrática dominicana estaba controlada “por comunistas” que “marchaban con las cabezas de sus enemigos ensartadas en lanzas”.

Los dichos de Hegseth, en el marco de la operación “Lanza del Sur”, ostentando un cargo que desapareció en EE. UU. al fin de la II Guerra Mundial y que Trump ha rehabilitado, ocurren mientras en el Congreso de su país se le acusa de ordenar bombardeos a embarcaciones civiles y rematar a sus ocupantes, actos que se supone han sido cometidos en aguas dominicanas y con autorización del gobierno dominicano.

El presidente Abinader compareció junto a Hegseth en la sede de gobierno, y públicamente anunció que cedía para fines de intervención armada -de manera inconstitucional- el uso de espacios civiles y militares de exclusiva soberanía nacional, repitiendo lo hecho por el gobierno de su correligionario en el antiguo PRD y cofundador con él del gobernante PRM, Hipólito Mejía, cuando en 2003 involucró al país y llevó engañados a jóvenes soldados a la invasión de Irak, basada en la farsa de las “armas de destrucción masiva”.

Perdón ¿y fraude?

Las operaciones de guerra de Trump y Hegseth en el Caribe, que se traducen en la amenaza ya explícita de invadir Venezuela -e incluso Colombia- en nombre de una “guerra contra el narcoterrorismo”, involucran también a Honduras, país cuya costa este mira a Cuba y Jamaica.

Dos días después de la presencia de Hegseth en Santo Domingo, el 28 de noviembre, Donald Trump se implicó directamente en las elecciones hondureñas, paradójicamente indultando al expresidente Juan Orlando Hernández -alias “JOH”-, quien purgaba una condena de 45 años de cárcel en Estados Unidos por narcotráfico, y llamando a votar por el magnate “Tito” Asfura, candidato del partido de Hernández.

En una operación muy similar a la que aplicó en las últimas elecciones parlamentarias de Argentina en octubre pasado, Trump condicionó la ayuda de EE. UU. a que Asfura fuera electo, le endosó su apoyo total, y acusó a los demás candidatos de ser aliados del “narcoterrorismo” y el “comunismo”, especialmente Rixi Moncada, candidata del gobernante partido LIBRE. Así lo publicó Trump en la red social Truth:

“Voy a darle un perdón absoluto y completo al expresidente Juan Orlando Hernández, quien no ha sido tratado de forma limpia”

“El único amigo de la libertad en Honduras se llama Tito Asfura. Tito y yo podemos trabajar juntos para luchar contra los narcocomunistas y traer ayuda que el pueblo de Honduras necesita”.

“Nosotros vamos a ayudar y a darle un gran soporte. Si él no gana, Estados Unidos no va a aportar dinero porque un mal líder puede solamente llevar el país a resultados catastróficos…”.

“Yo no puedo trabajar con Moncada y con los comunistas”.

En una operación muy similar a la que aplicó en las últimas elecciones parlamentarias de Argentina en octubre pasado, Trump condicionó la ayuda de EE. UU. a que Asfura fuera electo, le endosó su apoyo total, y acusó a los demás candidatos de ser aliados del “narcoterrorismo” y el “comunismo”, especialmente Rixi Moncada, candidata del gobernante partido LIBRE.

La retórica es burda. Hasta un fuerte aliado de Trump como Nayib Bukele posteaba en X el 23 de enero de 2019: “Dictadores como (…) Juan Orlando Hernández jamás tendrán ninguna legitimidad, porque se mantienen en el poder a la fuerza y no respetan la voluntad de sus pueblos”. Por su parte, el partido LIBRE ha sido la garantía de democracia en Honduras, enfrentando al golpe de Estado en 2009, resistiendo tres fraudes electorales en 2009, 2013 y 2017, y al régimen autocrático y narcopolítico del hoy “perdonado” J.O.H.

Los hechos contundentes y concretos son que el Caribe está siendo convertido en la tercera zona de guerra en el mundo y en Honduras, nación caribeña, posiblemente esté ocurriendo un gran fraude desde las elecciones del pasado domingo 30 de noviembre hasta este momento.

Mientras la presidenta Xiomara Castro goza de una popularidad superior al 50%, acreditada por firmas como Gallup, y la candidata Moncada se perfilaba en los primeros lugares, aparece hoy tercera y ha denunciado que al menos un 25% de las actas de votación se contabilizaron sin la debida validación biométrica, lo cual fue permitido por la autoridad electoral tan solo la noche antes de las votaciones. Justamente, con esas actas, aparece la “mayoría” de votos que ponen a Asfura en primer lugar, a Salvador Nasralla en segundo puesto, y relegan a Moncada a una lejana tercera posición.

En 1929, queriendo explicar lo fácil que era comprar a un congresista, Samuel Zamurray, alias «Banana Sam», presidente de la Cuyamel Fruit, afirmó: «Un diputado en Honduras cuesta menos que una mula». Con noticias muy cercanas entre sí y los portaaviones y misiles surcando el mar Caribe, Honduras y República Dominicana se topan como piezas en el tablero de Donald Trump, en una nueva jugada imperial que requiere de nuevo la sumisión propia de repúblicas bananeras, en que las decisiones han de ser tomadas en haciendas, entre embajadores, oligarcas y empresarios extranjeros.

“Ruge la mar embravecida, rompe la ola desde el horizonte, brilla el verde azul del gran Caribe con la majestad que el sol inspira. Pobre del que caiga prisionero, hoy no habrá perdón de para su vida. Es el tiburón que va buscando, es el tiburón que nunca duerme, es el tiburón que va acechando, es el tiburón de mala suerte”, cantaron Rubén Blades y Willie Colón en 1981. Queda pendiente ver la reacción del tercer factor de la frontera imperial: qué hacen y cómo responden los pueblos ante tal arremetida.

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