Se repite la historia: República Dominicana, cabeza de playa en el ajedrez militar de EEUU en el Caribe

Por Rafael Méndez

Cuando los hechos se colocan sobre el mapa histórico de las intervenciones estadounidenses en el Caribe, lo que emerge es la posibilidad de que República Dominicana vuelva a convertirse en cabeza de playa para una nueva aventura imperial, esta vez envuelta en el ropaje de la lucha contra el narcotráfico y de la amenaza “narco-chavista” atribuida al gobierno de Nicolás Maduro.

La operación militar “Lanza del Sur”, anunciada por el secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, como una ofensiva contra el “narcoterrorismo” en el hemisferio, coincide con un acelerado alineamiento del gobierno dominicano con la agenda de Washington en el Caribe, en un contexto de creciente presión sobre la República Bolivariana de Venezuela. En ese tablero, la República Dominicana vuelve a presentarse como aliado ejemplar y plataforma privilegiada de cooperación “antidrogas”, mientras el despliegue de un portaavión y destructores cerca de sus aguas normaliza la presencia militar estadounidense en la región.

No se trata solo de discursos ni de comunicados diplomáticos. El decreto 500-25, que declara al llamado Cártel de los Soles como organización terrorista; la estrecha coordinación con la DEA; la designación de un “zar regional” contra el fentanilo con respaldo de Washington; y la visita del secretario de Guerra para “afinar acciones conjuntas” componen una misma arquitectura política y militar. La narrativa oficial presenta estos pasos como grandes logros de la política exterior y prueba del prestigio internacional del país.

Sin embargo, cuando estos hechos se colocan sobre el mapa histórico de las intervenciones estadounidenses en el Caribe lo que emerge es un cuadro más inquietante: la posibilidad de que República Dominicana vuelva a convertirse en cabeza de playa para una nueva aventura imperial, esta vez envuelta en el ropaje de la lucha contra el narcotráfico y de la amenaza “narco-chavista” atribuida al gobierno de Nicolás Maduro.

En tanto el despacho de la guerra, desde Washington, estableció palmariamente que viene a República Dominicana a “fortalecer las relaciones de defensa y reafirmar el compromiso de Estados Unidos de defender la patria, proteger a nuestros socios regionales y garantizar la estabilidad y la seguridad en las Américas”… “Seguimos trabajando con Estados Unidos porque esta es una lucha dura, sobre todo en algunos países, principalmente de Sudamérica, que han visto un aumento en la producción de drogas, particularmente cocaína (¡)”, dijo Abinader, en una clara alusión a Venezuela y a Colombia.

Bosch y Bolívar como brújulas de la coyuntura

La advertencia de Simón Bolívar en su carta al coronel Patricio Campbell, en 1829, sigue resonando como si hubiese sido escrita ayer, cuando afirmó que “los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar a la América de miserias en nombre de la libertad”. Un siglo más tarde, Juan Bosch confirmaría, con el peso de la experiencia caribeña, que no se trataba de un accidente, sino de una política coherente de dominación.

Bosch escribió en De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe, frontera imperialque Estados Unidos inició en el Caribe “la política de la subversión organizada y dirigida por sus más altos funcionarios, por sus representantes diplomáticos o sus agentes secretos”, y que ensayó la división de países que habían tardado siglos en integrarse. Agregó, con una claridad que hoy adquiere valor profético, que Estados Unidos fue “el último de los imperios” y que el mundo no supo ver a tiempo los peligros de esos métodos, hasta que la subversión se extendió a varios continentes, dividiendo naciones enteras en Asia y convirtiendo a una sola China, a una sola Corea y a una sola Indochina en dos Chinas, dos Coreas y dos Viet Nam enfrentados entre sí.

Cuando hoy se observa la operación “Lanza del Sur” desplegada en el Caribe bajo la narrativa de la “seguridad nacional” y del combate al narcotráfico, mientras se mantiene una campaña constante para vincular a Maduro con el Cártel de los Soles y con redes de “narcoterrorismo”, la coincidencia con las advertencias de Bolívar y Bosch deja de ser una simple referencia histórica. Lo que ambos denunciaron como estrategia de largo aliento se materializa en la forma de buques de guerra, ejercicios navales y visitas de altos funcionarios del Pentágono a países convertidos en piezas del ajedrez imperial.

La fabricación del enemigo y el decreto 500-25

En ese entramado, el decreto 500-25 del presidente Luis Abinader, que designa al Cártel de los Soles como organización terrorista, no puede verse de manera aislada ni como una simple actualización normativa, dado que las autoridades dominicanas habían afirmado que dicho cartel no tenía presencia en el país, pero, de repente, el Ministerio Público comenzó a utilizar esa etiqueta en expedientes de narcotráfico, alineándose con la narrativa que Washington ha construido para justificar sanciones y acciones contra Venezuela.

La decisión se justifica oficialmente como defensa de la estabilidad nacional y compromiso con la seguridad regional, pero el contexto revela algo distinto: la adopción acrítica de una categoría política y penal elaborada en Estados Unidos, que convierte a un supuesto cartel venezolano en pieza central del mapa de amenazas. Lo hace, además, justo cuando se anuncia una operación militar a gran escala en el Caribe y se multiplica la presencia de buques de guerra frente a las costas de Venezuela.

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