Una cura peor que la enfermedad

Por Pedro Cruz Pérez

En la mañana del lunes 23, ya la República Dominicana había despertado con un sabor amargo en el bolsillo y una creciente indignación en los pasillos de los supermercados y colmados. Lo que se suponía debía ser un mensaje de serenidad y responsabilidad por parte del Presidente Luis Abinader ante la crisis en Medio Oriente, se ha convertido, en la práctica, en un catalizador para la especulación y el alza inmediata de precios en diversos sectores del comercio nacional. La retórica oficial, cargada de advertencias sobre sacrificios inevitables, parece haber funcionado como una insinuación directa o una luz verde para que el sector comercial registre aumentos preventivos, confirmando que en esta ocasión, la cura comunicativa del Gobierno ha resultado ser mucho peor que la enfermedad externa que pretende diagnosticar.

El manejo discursivo del mandatario, al centrar su alocución en las repercusiones de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, ha inyectado una dosis innecesaria de alarma y confusión en la población. Al hablar con tanta insistencia sobre la vulnerabilidad del Estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del petróleo mundial y advertir que habrá presiones en las tarifas eléctricas, el transporte y los alimentos, el Presidente no hizo más que preparar el terreno para que los precios se disparen antes de que los efectos reales de la crisis toquen nuestras costas. Es una realidad económica que las palabras de un jefe de Estado tienen el poder de mover mercados; en este caso, han movido las etiquetas de los precios hacia arriba.

Resulta contradictorio que se pida un sacrificio compartido cuando la ciudadanía ya se encuentra asfixiada por un costo de la vida que no da tregua. La población dominicana ha comenzado a quejarse hoy de que productos de consumo masivo ya registran alzas, justificadas por los comerciantes bajo la sombra de la retórica presidencial. Como bien ha señalado la oposición, el país no necesitaba advertencias ni discursos teatrales; necesitaba soluciones concretas que protegieran el bolsillo de la gente. Comparar la situación actual con la crisis de 2008, cuando el petróleo alcanzó los 147 dólares, solo resalta la falta de un plan efectivo en el presente que evite cargarle la factura de los problemas internacionales al pueblo dominicano.

Uno de los puntos más críticos de esta retórica del sacrificio es la evidente falta de coherencia y ejemplo por parte del Estado. Mientras el Presidente admite que la gasolina premium ya alcanza los RD$305.10 y la regular los RD$287.50 y se anuncian ajustes graduales para reducir los subsidios en 12,000 millones de pesos, el gasto gubernamental en áreas no prioritarias permanece intacto. Voces críticas han cuestionado con razón por qué se le pide a la clase media y a los más pobres que ajusten sus cinturones mientras se mantienen gastos elevados en propaganda, publicidad y otras superficialidades estatales. Si hay sacrificios que hacer, estos deberían comenzar por una reducción real del gasto corriente innecesario, los privilegios y el alquiler de estructuras superfluas, en lugar de simplemente avisar al comercio que el camino está libre para subir los precios.

El efecto inflacionario de segunda ronda que estamos viendo hoy es una consecuencia directa de un mensaje que, lejos de calmar las aguas, agitó el avispero de la especulación. Un camión de distribución que ahora enfrenta alzas de hasta RD$1,200 por viaje solo en combustible, trasladará ese costo al pollo, al arroz y a la leche. Al anunciar estas presiones como algo inevitable, el Gobierno ha desarmado su propia capacidad de control de precios, otorgando una justificación oficial a la inflación importada. Como resultado, el dominicano de a pie llega al colmado y nota que su dinero rinde menos, sintiendo que ha sido abandonado a su suerte frente a un mercado que solo escuchó del Presidente la palabra alzas.

Además, el discurso presidencial pecó de un optimismo macroeconómico que choca con la realidad cotidiana de las familias. Hablar de reservas internacionales de más de 16,000 millones de dólares y de una economía sólida suena a ciencia ficción para aquellos que hoy deben decidir qué productos sacar del carrito de compras debido a los nuevos aumentos. La brecha entre los indicadores macroeconómicos y la microeconomía del hogar se ha ensanchado tras la alocución de Abinader, quien parece más preocupado por la sostenibilidad de las finanzas públicas que por la estabilidad del presupuesto familiar.

La alocución del Presidente Luis Abinader no fue la herramienta de tranquilidad que el país esperaba. Fue, por el contrario, una insinuación mal calculada que el sector comercial ha interpretado como una orden de ajuste inmediato. Al normalizar los sacrificios y delegar la responsabilidad en la población bajo el esquema de responsabilidad compartida, el Gobierno ha evadido su rol protector primordial. La República Dominicana no necesita que se le narre la crisis desde un podio; necesita un Estado que dé el ejemplo con austeridad propia y que no utilice conflictos lejanos como excusa para la improvisación interna. Hoy, los dominicanos pagan el precio de una retórica inadecuada que ha demostrado ser, sin lugar a dudas, una cura mucho más dolorosa que la propia enfermedad económica.

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