Venezuela. 27 de Febrero de 1989: El big bang de la resistencia bolivariana

Por Geraldina Colotti

Hay fechas que no pertenecen al calendario, sino a la geología política de un continente. El 27 de febrero de 1989, la del Caracazo no fue solo una revuelta popular; fue el «big bang» de una época nueva. Mientras Europa celebraba la caída del Muro de Berlín como el «fin de la historia», en los barrios populares de Caracas, en Guarenas, en el corazón pulsante del 23 de Enero, la historia estaba, por el contrario, comenzando de nuevo con un rugido de dignidad.

El análisis no puede detenerse solo en el aumento del precio de la gasolina o del transporte público. Eso fue el detonante, pero la pólvora se había acumulado durante décadas de exclusión. El gobierno de Carlos Andrés Pérez, seducido por las sirenas del Fondo Monetario Internacional, había intentado transformar a Venezuela en un laboratorio del neoliberalismo más feroz.

Como recuerda lúcidamente Juan Contreras, uno de los protagonistas de aquella revuelta, militante de los colectivos que actuaban (y actúan) en el histórico barrio del 23 de Enero, el «paquete» no era un conjunto de medidas técnicas, sino un ataque frontal a la supervivencia de los más pobres. Venezuela fue la primera en decir «no» a esa receta global que pretendía privatizar el alma misma del pueblo. Fue una rebelión contra la transformación del derecho a la vida en una mercancía de cambio.

No se puede escribir sobre el Caracazo sin sentir el peso del silencio que siguió a los disparos de fusil. La respuesta del Estado de la Cuarta República no fue la política, sino la carnicería social. Las cifras oficiales intentaron durante años cubrir con un velo de burocracia a los miles de caídos, pero la memoria de los barrios -esa que no se borra- habla de fosas comunes y de una represión que buscaba apagar, a través de la tortura de la DISIP, el fuego de la conciencia popular.

Quienes vivieron aquellos días, quienes vieron caer a sus vecinos, saben que en ese momento el pacto entre la élite de Miraflores y el pueblo se rompió definitivamente. Las descargas de plomo sobre los bloques del 23 de Enero no mataron la esperanza; la obligaron a organizarse, a convertirse en resistencia subterránea, a preparar el terreno para lo que vendría después.

No se puede comprender la profundidad de la Revolución Bolivariana sin ver en el 27 de febrero su matriz genética. Para el joven oficial Hugo Chávez, confinado en una cama de hospital por la varicela pero con el alma en llamas, la masacre del pueblo fue el punto de no retorno: «La revolución estalló antes de lo previsto», diría años después. Aquella sangre derramada transformó al ejército de brazo armado de las élites en aliado potencial de las masas, llevando inevitablemente a la insurrección del 4 de febrero de 1992.

Pero hay otro vínculo, aún más visceral y directo, que une aquel pasado con el presente. Entre los jóvenes que en aquellos días de febrero desafiaban el toque de queda y sentían el silbido de las balas en los barrios populares, había un jovencísimo militante y sindicalista: Nicolás Maduro. No es casualidad que hoy la derecha intente deslegitimarlo y que el imperialismo haya tenido que secuestrarlo para acallar su voz; saben que su presidencia no es fruto de una academia burocrática, sino de la misma tormenta que forjó el despertar venezolano.

Cuando Maduro habla de resistencia contra el imperialismo, no lo hace por abstracción teórica, sino con la conciencia de quien ha visto al Estado burgués disparar contra su propia gente. Esta es la imposibilidad lógica del «chavismo sin Maduro»: negar al Presidente actual significa negar el proceso de maduración de aquella generación del 89 que decidió hacerse Estado para no permitir nunca más otro Caracazo.

Hoy, 27 de febrero de 2026, las marchas que recorren Caracas no son solo un homenaje a los mártires, sino la confirmación de un compromiso asumido en las barricadas de hace treinta y siete años, que se renueva en la conducción política de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez. El camino que va desde aquel despertar rabioso hasta la construcción cotidiana de la Comuna es un único e ininterrumpido proceso de liberación, basado en la permanente dialéctica entre gestión del conflicto y construcción del consenso.

A 37 años de aquel despertar, las marchas que hoy colorean Caracas no son solo una conmemoración. Son un acto de afirmación presente. Si el 27 de febrero fue el infante de la revolución, la semilla de aquel «por ahora» que lo cambiaría todo, hoy es la brújula que indica la ruta: la soberanía no se negocia en las mesas del capital internacional. Si en 1989 el arma era el «decreto» del FMI, hoy el ataque se traslada al terreno de las sanciones criminales, del bloqueo económico y del chantaje criminal tras el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de la “primera combatiente”, Cilia Flores. La lógica es la misma: doblegar la voluntad de un pueblo a través de la privación.

Pero la lección del 27 de febrero está impresa en el ADN venezolano: la resiliencia no es solo resistencia, es capacidad de transformar la agresión en un nuevo modelo de solidaridad y producción popular. Las marchas de hoy gritan al mundo que Venezuela no es un laboratorio para experimentos neoliberalistas, sino un bastión de soberanía que ha aprendido a reconocer el rostro del enemigo, ya sea un funcionario del Banco Mundial o un arquitecto de las «medidas coercitivas unilaterales».

El legado de los mártires del 89 vive en la capacidad de la Venezuela actual para resistir los asedios modernos. No es casualidad que el grito de entonces, «No hay pueblo vencido», resuene hoy con la misma urgencia. Mirar al pasado no es un ejercicio de nostalgia, sino una necesidad estratégica para no permitir nunca más que el hambre sea utilizada como arma política contra las mayorías.

La sangre derramada en aquel febrero no se resbaló por el asfalto; se convirtió en savia para una patria que ha decidido ser dueña de su propio destino. Citando el espíritu de quienes estuvieron allí y de quienes continúan luchando, podemos decir que el futuro de Venezuela está escrito en esas cicatrices: un futuro donde el pueblo ya no es invisible, sino protagonista absoluto. Y que no piensa dar marcha atrás.

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