La sociedad simuladora (2/3) Trump: ¿ a la ofensiva o a la defensiva? ¿ la iniciativa de un discurso errado?
Por Ramón Santana
“𝐿𝑎 𝑠𝑖𝑚𝑢𝑙𝑎𝑐𝑖𝑜́𝑛 𝑛𝑜 𝑐𝑜𝑛𝑠𝑖𝑠𝑡𝑒 𝑢́𝑛𝑖𝑐𝑎𝑚𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑒𝑛 𝑜𝑐𝑢𝑙𝑡𝑎𝑟 𝑙𝑎 𝑟𝑒𝑎𝑙𝑖𝑑𝑎𝑑. 𝐶𝑜𝑛𝑠𝑖𝑠𝑡𝑒 𝑒𝑛 𝑝𝑟𝑜𝑑𝑢𝑐𝑖𝑟 𝑢𝑛𝑎 𝑟𝑒𝑎𝑙𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑎𝑙𝑡𝑒𝑟𝑛𝑎𝑡𝑖𝑣𝑎 𝑠𝑢𝑓𝑖𝑐𝑖𝑒𝑛𝑡𝑒𝑚𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑐𝑜𝑛𝑣𝑖𝑛𝑐𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑠𝑢𝑠𝑡𝑖𝑡𝑢𝑖𝑟𝑙𝑎.”
En el artículo anterior sostuve, siguiendo a José Ingenieros, que la simulación constituye uno de los instrumentos más sofisticados de la lucha política. Allí el simulador aparecía como un individuo que construye una máscara para obtener ventajas dentro de la competencia social.
Pero al releer el capítulo La simulación en las sociedades, comprendí que Ingenieros estaba anunciando un fenómeno mucho más profundo. La simulación deja de pertenecer al individuo para convertirse en una característica del propio sistema social. Ya no se trata únicamente de hombres que simulan. Son las instituciones, los mercados, los medios de comunicación, las plataformas digitales y la política quienes terminan organizando la realidad mediante simulaciones. Vivimos, en definitiva, dentro de una sociedad simuladora.
𝗨𝗻𝗮 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮 𝗮𝗻𝘁𝗲𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝗿𝗲𝘀𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗮
El discurso pronunciado por Donald Trump el 16 de julio de 2026 constituye un excelente caso para observar este fenómeno. Sin embargo, comenzar preguntándonos si Trump tenía razón o estaba equivocado sería reducir el problema. La pregunta verdaderamente importante es otra.
¿𝗣𝗼𝗿 𝗾𝘂𝗲́ 𝘂𝗻 𝗽𝗿𝗲𝘀𝗶𝗱𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗲 𝗼𝗰𝘂𝗽𝗮 𝗻𝘂𝗲𝘃𝗮𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗹𝗮 𝗖𝗮𝘀𝗮 𝗕𝗹𝗮𝗻𝗰𝗮 𝗱𝗲𝗰𝗶𝗱𝗲 𝗿𝗲𝗴𝗿𝗲𝘀𝗮𝗿 𝘂𝗻𝗮 𝘃𝗲𝘇 𝗺𝗮́𝘀 𝗮 𝗹𝗮𝘀 𝗲𝗹𝗲𝗰𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝟮𝟬𝟮𝟬?
La respuesta inmediata parecería sencilla. Porque desea atacar. Pero una observación más detenida conduce a una conclusión distinta. No estamos ante un discurso ofensivo. Estamos ante un discurso profundamente defensivo presentado bajo la apariencia de una ofensiva. Y precisamente ahí aparece la lógica de la simulación.
𝗟𝗮 𝗱𝗲𝗳𝗲𝗻𝘀𝗮 𝗽𝗿𝗲𝘀𝗲𝗻𝘁𝗮𝗱𝗮 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗮𝘁𝗮𝗾𝘂𝗲
Toda estrategia política procura conservar la iniciativa.
Cuando un gobierno enfrenta dificultades económicas, conflictos internacionales o pérdida de apoyo ciudadano, necesita desplazar el centro del debate público. No necesariamente modifica la realidad. Modifica aquello sobre lo cual la sociedad habla.
El discurso de Trump responde exactamente a esa lógica. La inflación, el costo de vida, las consecuencias económicas del conflicto con Irán y las tensiones internas dentro del propio Partido Republicano dejaron de ocupar el centro de la conversación.
En su lugar apareció nuevamente una vieja discusión. La seguridad electoral. La posible interferencia extranjera. Las máquinas de votación. Los registros electorales. Los servicios de inteligencia. La narrativa cambia. Y con ella cambia también el terreno sobre el cual se libra la batalla política. La defensa adopta la apariencia de un ataque. Y esa transformación constituye una de las formas más sofisticadas de simulación política.
𝗟𝗮 𝗵𝗲𝗴𝗲𝗺𝗼𝗻í𝗮 𝗰𝗼𝗺𝗶𝗲𝗻𝘇𝗮 𝗽𝗼𝗿 𝘂𝗻𝗮 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮
Antonio Gramsci enseñó que la hegemonía no consiste únicamente en ejercer poder. Consiste, sobre todo, en construir sentido común. Desde esa perspectiva, el discurso adquiere otra dimensión.
Trump no intenta únicamente convencer acerca de determinadas reformas electorales. Procura modificar la pregunta principal de la política estadounidense. Hasta hace unos días la pregunta dominante era: ¿Cómo marcha el país?
Después del discurso la pregunta intenta convertirse en otra: ¿Podemos confiar en nuestras elecciones? El cambio parece pequeño. En realidad, es enorme. Porque quien logra definir la pregunta suele comenzar a controlar las respuestas. La batalla deja de desarrollarse únicamente en el Congreso. Se traslada al terreno del sentido común.
𝗟𝗮 𝗽𝗼𝘀𝘃𝗲𝗿𝗱𝗮𝗱 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗱𝗲𝘀𝗽𝗹𝗮𝘇𝗮𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼
Durante nuestro Curso Avanzado de Formación Política estudiamos un aspecto esencial de la posverdad. Su objetivo principal no consiste en fabricar mentiras. Consiste en desplazar el eje de la conversación pública.
La eficacia de la posverdad no depende exclusivamente de la falsedad de sus afirmaciones. Depende de su capacidad para reorganizar las prioridades sociales. No necesita demostrar. Necesita instalar. No necesita probar. Necesita repetir. No necesita convencer a todos. Necesita movilizar suficientemente a quienes ya están predispuestos a creer.
En ese sentido, el discurso de Trump constituye un ejemplo casi didáctico. Parte de preocupaciones legítimas relacionadas con la ciberseguridad. Las inserta dentro de una narrativa emocional. Y termina proyectando conclusiones mucho más amplias que las evidencias disponibles. La simulación no consiste aquí en inventar completamente una realidad. Consiste en reorganizarla.
𝗟𝗮 𝘃𝗲𝗿𝗱𝗮𝗱𝗲𝗿𝗮 𝗯𝗮𝘁𝗮𝗹𝗹𝗮
El problema ya no consiste únicamente en descubrir quién tiene razón. Consiste en comprender quién logra administrar la atención colectiva. En política moderna, quien controla la agenda controla buena parte del conflicto.
La lucha ya no gira exclusivamente alrededor de los hechos. Gira alrededor de las percepciones. Eso explica por qué un discurso aparentemente centrado en las elecciones de 2020 puede convertirse, en realidad, en una estrategia destinada a reorganizar las elecciones de 2026. Veamos bien, la simulación no cambia necesariamente los acontecimientos. Cambia el escenario desde el cual serán interpretados.
𝗘𝗹 𝘀𝗶𝗺𝘂𝗹𝗮𝗱𝗼𝗿
José Ingenieros creyó estudiar al simulador. Más de un siglo después descubrimos que el fenómeno había evolucionado mucho más de lo que él mismo pudo imaginar.
La simulación ya no consiste únicamente en fingir. Consiste en administrar la realidad percibida por millones de personas. Por eso la cuestión decisiva no es si Donald Trump tenía razón o estaba equivocado en cada una de sus afirmaciones.
La pregunta verdaderamente importante es mucho más profunda: ¿Qué ocurre con una democracia cuando la lucha política deja de organizarse alrededor de los hechos y comienza a organizarse alrededor de las percepciones?
Responder esa pregunta exige ir todavía más lejos. Porque si ya comprendimos cómo una sociedad puede producir simulaciones, aún nos queda descubrir quién es capaz de utilizarlas con éxito.
Ese será el propósito del tercer y último artículo de esta trilogía. Allí dejaremos de estudiar a la sociedad simuladora para dirigir nuestra atención hacia su principal protagonista: el simulador.
No bastará con describir sus conductas. Será necesario comprender su estructura psicológica, sus motivaciones, su capacidad para manipular emociones y construir apariencias, pero también las herramientas intelectuales, éticas y políticas que una ciudadanía democrática necesita desarrollar para reconocerlo, neutralizar su influencia y evitar que la simulación termine sustituyendo definitivamente a la verdad.
Solo comprendiendo al simulador podremos articular una resistencia eficaz frente a la sociedad simuladora. Esa, probablemente, sea una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo.
