Los 32 y el paso de las “Termopilas” en Caracas
Lo que no se contó de los 32: una defensa que cambió los cálculos del imperio.
Por Las Cosas de Fernanda.
En los últimos días, las redes han circulado versiones apresuradas, casi cinematográficas, sobre lo ocurrido en Venezuela: helicópteros sobrevolando sin resistencia, fuerzas especiales entrando como si estuvieran en una maniobra de entrenamiento, y un operativo “limpio” que duró apenas 40 minutos. Todo muy ordenado.
Demasiado. Como si la historia pudiera contarse solo con los datos que convienen a quien la narra.
Pero hay otra versión. No la de los triunfalistas, sino la de quienes estuvieron allí, la de quienes dispararon hasta quedarse sin balas, la de quienes sabían que no saldrían vivos… y aun así no retrocedieron. Treinta y dos cubanos. No treinta y dos estadísticas. Treinta y dos vidas que, en aproximadamente una hora, lograron algo que ningún discurso diplomático ha conseguido en años: hacer titubear a la maquinaria más letal del planeta.
*La farsa del “operativo perfecto”.*
Al principio, todo parecía seguir el libreto habitual: interferencia electrónica, superioridad aérea absoluta, fuerzas élite altamente entrenadas. Un guion pulido en Irak, Afganistán, Libia. Pero esta vez, algo falló. No técnicamente —eso lo controlan—, sino humanamente. Porque detrás de cada trinchera no había mercenarios asustados, sino hombres con una disciplina forjada en décadas de bloqueo, escasez y resistencia cotidiana. Y eso, resulta, no se neutraliza con drones. En un tiroteo de combatientes “duros”, según Trump, es ilógico que sus balas no mordieran.
Dos días después del operativo, funcionarios estadounidenses ya no hablaban de “paseo táctico”. Pete Hegseth, desde la cubierta del «USS John F. Kennedy», admitió a CBS News que sus fuerzas fueron recibidas con “fuego intenso”. Stephen Miller, en CNN, reconoció con sequedad: “Hubo mucha muerte en el otro lado. Muchos cubanos murieron ayer tratando de protegerlo”.
Nótese la palabra: “murieron”. No “fueron eliminados”, no “neutralizados”. Murieron. Con nombre, con rostro, con historia. Y con una determinación que alteró el curso de lo que debía ser una operación relámpago.
*El choque que sacudió la doctrina.*
Para las fuerzas Delta, acostumbradas a dominar cualquier campo de batalla con tecnología y sigilo, encontrarse con una resistencia tan férrea —y tan humana— generó una fisura profunda. No fue solo una sorpresa táctica; fue una crisis de sentido.
Primero, porque su ventaja tecnológica, por primera vez en mucho tiempo, no bastó. Segundo, porque se toparon con un enemigo que no buscaba ganar, sino resistir el tiempo suficiente para que el mundo viera lo que estaba pasando. Tercero, porque descubrieron que, frente a cierta clase de coraje, ni los satélites ni los misiles te garantizan la victoria.
Ese enfrentamiento no dejó solo bajas físicas. Dejó heridas psicológicas en quienes creían invencibles. Y cuando un operador de élite empieza a dudar de su propia invulnerabilidad, todo el sistema de planificación militar tiembla. Por eso lo cambiaron para estudiar, el combate cercano.
*Las consecuencias que nadie quiere nombrar.*
A partir de ese día, cualquier plan contra Cuba —o contra cualquier país que pueda contar con defensores de ese calibre— tendrá que replantearse radicalmente.
Ya no bastará con enviar un grupo de asalto selecto. Ahora, los estrategas tendrán que asumir que “cada puesto de guardia, cada cuadra, cada edificio gubernamental podría convertirse en una trinchera de 32”. Eso obliga a multiplicar por diez, quizás por cien, los recursos necesarios. Y eso, en términos militares, significa pasar de una “intervención quirúrgica” a una guerra urbana total.
Peor aún para Washington: ya no podrán venderla como una operación limpia, rápida, sin costos políticos. Porque ahora saben que, incluso si ganan, perderán soldados. Y en la era de las redes sociales y la opinión pública volátil, “una sola imagen de un marine o soldado americano arrastrando a un compañero muerto en La Habana o cualquier pueblito de Cuba, puede costar más que mil derrotas diplomáticas.
Por eso, tras este episodio, es probable que el Pentágono, Trump y los Imperialistas de siempre, redoble su apuesta por el asfixia económica, la subversión mediática, el sabotaje logístico. Porque, francamente, ya no están seguros de poder ganar una guerra de verdad.
*Más allá del mito: la lección colectiva.*
No se trata aquí de glorificar la muerte, ni de alimentar un culto al martirio. Se trata de reconocer que “la verdadera disuasión no está en los misiles, sino en la voluntad colectiva de defender lo que se tiene” que es la Paz, aunque tengamos miles de carencias. Los 32 no eran superhombres. Eran hombres comunes que entendieron, en un instante crucial, que su presencia allí no era solo por Maduro, ni por Venezuela, sino por la idea de que algunos pueblos no se rinden fácilmente.
Y esa idea, simple y poderosa, es la que ahora pesa en cada sala de guerra de Estados Unidos. No como amenaza, sino como advertencia: “no todos los territorios se conquistan con bombas. Algunos se defienden con dignidad”.
Este legado no será celebrado en los noticieros internacionales. Pero sí será estudiado —con respeto o con temor— en las academias militares del mundo. Y, sobre todo, será recordado en los barrios, en las plazas, en las conversaciones de quienes saben que, a veces, resistir es la forma más alta de construir la PAZ.
_#HastaLaVictoriaSiempre_
_#Venceremos_

