El sujeto que reparte miedo intenta ocultar su propio miedo
Por Manolo Pichardo
¿Quién teme realmente: el agresor o el agredido; quien amenaza o quien es amenazado? Con frecuencia, el miedo impulsa a un sujeto a atacar cuando siente que pierde poder, control o influencia. En ocasiones, ese miedo es mutuo: el agredido es víctima de una violencia que nace, precisamente, del temor del otro. Lo grave es que quien agrede por miedo opera desde la desesperación, ese terreno pantanoso donde los errores son inevitables. Responder a una ofensiva sin calcular el impacto es un riesgo innecesario. El contragolpe no puede ser instintivo, emocional ni solitario si la agresión es colectiva; debe responder a una estrategia clara, no a una simple táctica que ofrezca el espejismo de una victoria definitiva. A veces, lo que parece miedo en el agredido es, en realidad, cautela: un silencio calculado para acumular fuerzas y esperar el desgaste del rival. En ciertos momentos se exhibe poder para ocultar debilidad o debilidad para ocultar poder.
Sin embargo, el miedo también paraliza y aniquila. ¿Hacia dónde puede dirigirse un mundo que solo suma temores? El miedo escala en la medida en que un sujeto lo reparte para ocultar su propio vacío existencial: amenaza, hurta y mata, atrapado en perturbaciones internas que, de a poco, contaminan su entorno y arrastran a todos hacia su inevitable fracaso. Sus embestidas delirantes, antes que retrasar su caída, la aceleran. Presa de su pavura, esta se hace tiranía en su vida; entonces, su tiranía interior sale a la superficie de sus ojos y sus manos: de los primeros, para reflejar el odio que crea su miedo; y de las segundas, para materializar el desprecio por el que le “amenaza” solo por haber encontrado el camino del éxito que le desplaza, que le saca del juego por sus malas decisiones.
La mala administración del miedo —porque no siempre el sujeto es dueño de su miedo, sino que a veces el miedo lo posee— le lleva a la paranoia, a arremeter contra sus enemigos —en principio— rompiendo las formalidades y aquellas reglas escritas y no escritas que crean un marco de respeto mínimo, expresado en el lenguaje diplomático; le lleva luego a desconfiar de sus aliados o socios estratégicos, y poco a poco los va lastimando hasta golpearlos de manera incomprensible y desconcertante.
Las lealtades se pierden en medio de su enajenación, al extremo de perseguir su propia sombra y convertirse en un elefante asustado atrapado dentro de escaparates de cristal, pues su miedo lo deconstruye y le lleva a patear sus normas morales y comportamiento ético, si alguna vez los tuvo; le lleva a romper leyes y pactos convencido —en medio de su ofuscación— de que tomando atajos, amenazando, extorsionando e infundiendo miedo para curar su propio miedo, logrará detener el “peligro” que le acecha, sin darse cuenta de que las sociedades y los hombres son presa de los cambios que, perennes, resultan resistentes a aranceles, secuestros, balas y cañones.
La dialéctica cruza su propio Rubicón, anota el punto de inflexión, avanza sin estrés con un buqué colorido de pétalos que se abren al son de fuerzas emergentes que la dinámica social global —o local— apura cuando la estructura antigua colapsa para dar paso a la primavera. Consecuentemente, la amenaza no es una cura cuando el déficit fiscal se atornilla en la escasez de producción como consecuencia de añejas políticas deslocalizadoras que destruyeron la industria reorientando la economía hacia la financiarización; la amenaza no es remedio cuando el tamaño de una deuda supera el 120 por ciento del PIB, retienes reservas soberanas de otros países que generan desconfianza sobre tu moneda como activo de reserva e intercambio comercial, lo que trae como consecuencia la pérdida de valor de tus bonos.
Intimidar con secuestros, apropiación de territorios o relatos falsos para justificar acometidas con pretensiones de esconder sus verdaderos propósitos; ignorar y hasta desafiar el derecho internacional con el objetivo de enviar un mensaje de fuerza —como cuando se lanzaron las dos bombas atómicas sobre suelo de Japón después de que Hitler se hubo suicidado y, por ende, el nazismo estaba descabezado y derrotado—, no altera el curso hacia la multipolaridad y, con ello, la inevitable redefinición de la arquitectura de mando global en la que el poder se comparta o se ceda de acuerdo al curso que siga la lucha por los mercados y la batalla en el campo de la tecnología, centrada en los semiconductores, la física cuántica, la Inteligencia Artificial y la robótica. En este contexto, la cordura es elemental para diseñar estrategias que impidan la derrota, pues el miedo obnubila el juicio y da prioridad a las respuestas emocionales sobre las lógicas.

