Donald Trump como parte de un proyecto perverso y criminal
Por Lilliam Oviedo
El senador demócrata Bernie Sanders, en una entrevista concedida el pasado día 8 al diario El País, calificó a Donald Trump como el presidente más peligroso de la historia de Estados Unidos. No se contradice con esta afirmación el señalamiento de que la peligrosidad de Trump está definida por su compromiso con un proyecto perverso y criminal dirigido a perpetuar la hegemonía del poder estadounidense, objetivo que implica detener el avance político e imponer una agenda neofascista en todo el planeta.
Sanders dice que el multimillonario Elon Musk gastó 290 millones de dólares para lograr la elección de Donald Trump. Se abstiene de añadir que son atribuibles, entonces, a la élite neoconservadora y a los estrategas a su servicio las tropelías de un gobierno encabezado por un individuo racista, misógino, sediento de poder, megalómano y sin escrúpulos.
Estos adjetivos describen el perfil necesario para presentarse como figura principal en el asedio contra Cuba, que incluye acciones probadamente ilegales, abusivas y violatorias de todos los convenios y que violentan las normas elementales de convivencia. A un bloqueo económico y comercial oficializado en 1962 y rechazado treinta veces por la Asamblea General de las Naciones Unidas, Estados Unidos agrega ahora el impedimento a la entrada de petróleo.
Donald Trump encabeza el equipo encargado de impedir que llegue petróleo a Cuba amenazando con sanciones y con el uso del poderío militar estadounidense a los gobiernos o empresas que se dispongan a suministrarlo en cualquier condición. ¿Cuál es la norma que guía este accionar? ¿Cómo se explica que en el orden mundial vigente esta imposición no sea sancionada y, más aún, impedida? ¿Cómo se define la legalidad y qué concepto de legitimidad sirve de marco?
La élite que financia a la llamada nueva derecha (que es la ultraderecha dotada de recursos tecnológicos y de mucho dinero) y que, desde hace tiempo, trabaja en la articulación de grupos con esa definición formó un gobierno con figuras como el ultraconservador J. D: Vance, vicepresidente, y colocó en la cancillería (Secretaría de Estado en la administración USA) a Marco Rubio, quien procede de la organización Tea Party.
Marco Rubio, declarado enemigo del avance político, es premiado con participación protagónica en el secuestro de la soberanía de Venezuela.
Hay que señalar que el avance de la ultraderecha y la impunidad del abuso (no se consigna en código alguno el derecho de una potencia a bombardear una ciudad y a secuestrar al presidente de un país soberano) se combaten luchando contra el sistema que ha creado la situación, no acogiendo sus dictados.
En este punto son contradictorias las afirmaciones del senador Sanders, identificado como vocero del ala progresista del Partido Demócrata. Sanders dice que el pueblo deberá rechazar el autoritarismo, pero concluye en que los demócratas recuperarán el control del Congreso. ¿No han sido también los demócratas enemigos del avance político? ¿Tienen los demócratas alguna fórmula para otorgar protagonismo al pueblo? ¿No figuran en las filas de los demócratas muchos de los dirigentes responsables de apañar la prostitución del sufragio?
Denunciar la ilegitimidad de un sistema decadente y podrido y crear conciencia sobre la necesidad de desmontar su sustentación son deberes ineludibles cuyo enunciado no aparece en el discurso de Sanders.
Maya Kandel, investigadora asociada a la Sorbona, en un libro publicado el año pasado (Primera historia del trumpismo. Ediciones Gallimard) cita a la Heritage Foundation como autora de proyectos base para el ejercicio político de Trump. Cita también al Claremont Institute (creado por discípulos de Leo Strauss en un grupo nucleado por Harry Jaffa) y a Yoram Hazony, un intelectual israeloestadounidense muy influyente en los medios conservadores estadounidenses.
En entrevistas posteriores a la publicación del libro, la investigadora, quien también analiza la colaboración de Elon Musk, Mark Zuckerberg y otros magnates, se refiere a las contraélites que en realidad son élites y compara el trumpismo con el macartismo.
Los estudios sobre el grupo que tiene a Trump como aparente figura central conducen a concluir que la lucha contra el avance la ultraderecha debe insertarse en el combate a la sociedad de clases.
¿Cuáles calificativos poner a un sistema en cuyo marco un individuo como Trump aporta su figura para impulsar proyectos como la matanza de miles de civiles en Gaza y los ataques contra países soberanos? Donald Trump encuentra impunidad y, para colmo, reclama ser premiado. ¿En qué orden y en cuál marco cultural se explica esto?
CONTRA EL BLOQUEO, CONTRA EL ASEDIO, CONTRA LOS PLANES DE CONQUISTA
Desde América Latina con México amenazado, Venezuela pisoteada, Cuba bloqueada y cercada y varios países sometidos en forma cada vez más descarada (Trinidad y Tobago, Guyana, Guatemala y Honduras como escenarios de viles manipulaciones y República Dominicana con el aeropuerto Las Américas y la Base Aérea de San Isidro ocupados por militares yanquis), se identifica a Donald Trump y a su colaborador Marco Rubio como cabezas visibles de la agresión.
La agresión tiene como marco y sustento el proyecto enunciado por Lester Mallory en 1960 de desestabilizar el proceso creando carencias y penurias a la población cubana para que deje de apoyar “a Castro”. El descaro con que es ejecutada la acción requiere la desfachatez de esas dos figuras y los estrategas la utilizan. En el Medio Oriente el protagonismo de Trump es compartido y reforzado por figuras como Steve Witkoff y Jared Kushner, con la misma definición y prestos también a estrechar las manos ensangrentadas de Benjamín Netanyahu.
Los antecedentes del proyecto de tomar el control de Groenlandia y anexar (en forma gradual o de un solo golpe) a México y Canadá) están identificados, y poco hay que decir del proyecto de conquistar a Panamá.
En un momento en que el desarrollo tecnológico conduce a intensificar las gestiones para apropiarse de recursos naturales estratégicos se utiliza a figuras de este tipo y en particular con el perfil de Donald Trump. ¿No era esto imprescindible para el espectáculo de mal gusto montado en el reciente foro de Davos, donde el presidente de Estados Unidos colocó calificativos inaceptables a los miles de seres humanos que buscan refugio debido a la guerra y al hambre que han sembrado las grandes potencias?
Senil y sucio de todo, Trump presenta como necesaria la rapiña porque, como dirigente de un gobierno racista, clasista, represor y negador de derechos elementales, no puede dar lecciones de democracia y tolerancia. Por eso también disfraza la coerción de clase para presentarla como asunto de seguridad nacional.
Las acciones contra los inmigrantes (dos asesinatos escandalosos por parte del ICE en Minneapolis y cientos de detenciones ilegales en el transcurso de cualquier día) están a la vista y el ejercicio abusivo de la fuerza contra manifestantes y contra activistas por los derechos humanos genera disgusto.
Nada le queda por confesar y Trump mantiene el espectáculo.
A los sectores conscientes les queda la tarea de movilizar a las mayorías con un proyecto dirigido a desmontar los privilegios de clase. Se trata de una verdad que, en la concepción de Antonio Gramsci, se debe integrar al sentido común.
El destino de Donald Trump y la existencia o no del trumpismo son elementos para estudiar dentro de la degeneración del sistema y de su ferocidad cuando se percibe como podrido y decadente.
La condena contra el asedio a Cuba y el llamado a encaminar acciones para detenerlo, así como la demanda de que cese el ultraje a Venezuela, es muestra de necesaria solidaridad, pero es también una advertencia contra el sometimiento y el retroceso político y contra un ejercicio criminal que adquiere, de más en más, un carácter genocida… Hay que combatir el autoritarismo. Por Cuba, por Venezuela, por América… Por la humanidad.

