Hojas de maple
Por Pedro Conde Sturla
Topples. Otra vez topples en los infinitos bares de Montreal, topples en la puerta de entrada de aquellos bares de la calle Sherbrooke de Montreal. Los incontables bares de Montreal. Borrachos y drogadictos cayéndose a pedazos en las aceras, a veces arrinconados, ovillados juntos a la basura. Las luces mórbidas de Montreal, las calles espectrales de aquella época. Luces en agonía, desangeladas. Borrachos realengos y drogadictos tirados en las aceras de la interminable calle Sherwood de Montreal. Las noches largas de Montreal. El fugaz verano de Montreal.
En la ciudad abierta de Montreal —la isla de Montreal—, no parecía que hubiera lugar para otro club de striptease, para más teatro de variedades o más bares o más topples. Muchachas melancólicas con los senos desnudos, bañadas de luz azul, bailando una especie de baile, un contoneo, una rutina de seducción sobre el escenario. Apáticas muchachas azules y furtivas, balanceándose rítmicamente, moviendo las caderas, pretendiendo hacer el amor, atrapando las miradas muchas veces abúlicas de los mirones. Un baile vacío que se supone que sea sensual, fluido, excitante, pero que que sólo transmite un tedio, un fastidio, un mortal aburrimiento que acentúa la soledad.
Topples… estúpidamente topples. Lo mismo en todos los bares, los infinitos, bares de Montreal. Meseras en atrevidas minifaldas. Humo y alcohol y drogas.La flamante Universidad McGill de la calle Sherbrooke de Montreal. Topples en tantos bares con chicas azuladas o rojizas, bailando un extraño baile, más acrobacia que baile, en medio de la pista. A veces solamente meseras en atrevidas minifaldas, diligentes meseras que hacían desaparecer la cerveza en cuanto te parabas para invitar a una muchacha a bailar. «Voulez-vous danser, Mademoiselle?» La invitación en francés, necesariamente francés. O lo que pretendía ser francés.
Con cierta frecuencia visitaba un puticlub donde bailaba una muchacha que le quitaba el sueño a todos los parroquianos. Parecía hecha mano, un dechado de perfección. Y cuando bailaba lo hacía con una indiferencia abismal, un contoneo delicadísimo, cercana y distante a la vez y ajena por completa a todos. Entraba y salía de la pista confundiéndose con otras bailarinas, desaparecía igual que aparecía, como en halo vaporoso. No supe si era real o imaginaria.
Pero mi lugar favorito en Montreal, durante el esplendor de los meses de la primavera de 1968, era el Crazy Horse, un pintoresco pub frecuentado por estudiantes. Era el Crazy Horse y la vieja calle Chemin de la Côte–des–neiges del barrio francés. Allí donde vivía.
Me instalaba en ese lugar a tomar cerveza a y a practicar casi todo lo que sabía de francés: «Voulez-vous danser, Mademoiselle?»
La invitación tenía que ser en francés, o mejor dicho en québécois, necesariamente québécois, o lo que pretendía ser québécois. De lo contrario ni me respondían. Invitar a bailar en inglés («Would you like to dance?») equivalía a un rechazo. Los canadienses de origen francés y los anglosajones no se gustan y nunca se han gustado. La mayoría de la población de origen francés habla los dos idiomas, pero no le hace gracia hablar inglés en territorio francés.
Lo malo es que, cuando la invitación tenía éxito, el poco québécois que hablaba no me duraba mucho, se me acababa rápido, casi enseguida y tenía que mezclar los idiomas y dar a entender de inmediato que era extranjero y que mi mayor interés era aprender francés. Sólo así me aceptaban y así me comunicaba. Hablaba un inglés funcional y chapurreaba palabras en québécois. O mejor dicho, un inglés martillado y un francés ofensivo. Suficiente para bailar y conocer muchachas.
El inglés lo había aprendido en Windsor, en un curso intensivo de seis meses en el Adult Centre Education.
En Windsor, una pequeña ciudad frente a Detroit, al norte de los Estados Unidos, había sufrido por causa de la nieve y la soledad y la incomunicación y el frío punzante, que también llegaría pronto a Montreal. El frío, sí, y la brisa punzantes y el chapoteo incesante en la nieve. La nieve que amontonaban en las aceras y se convertía en lodo sobre el cual tenía que caminar con los pies mojados durante media hora para llegar al Adult Centre Education.
Recuerdo que llegué en una brumosa noche de otoño y me hospedé en un albergue del YMCA. Me levanté al día siguiente con ganas de salir a conocer la ciudad, como acostumbro hacer en todos las lugares que visito. El día estaba engañosamente soleado e incitaba a caminar. Me puse la ropa de invierno que había traído de México y me lancé a la aventura. El frío me pegó duro y apreté el paso para entrar en calor, pero el frío seguía pegándome y no parecía que iba dejar de hacerlo. Hacia frío, un frío que ni siquiera había imaginado en mi vida, frío y brisa, una brisa necia, inoportuna. Un frío y una brisa que me calaban los huesos. En cambio el sol parecía imaginario, como si estuviera ahí solo pintado para darle color a las cosas, no para calentarlas.
No había caminado tres cuadras cuando ya venía de regreso, casi trotando, al albergue. La gente se sorprendió al verme con la cara más roja que un tomate. Yo me acerqué de inmediato al termómetro de pared que había en la entrada. Me sorprendí al saber que la temperatura estaba en quince grados bajo cero. Quince grados bajo cero y sol radiante. Supe al momento que me esperaban días aciagos. No podía hablar con la gente, no podía leer periódicos ni ver televisión ni ir al cine, ni salir a pasear. Estaba incomunicado, estaba sólo, estaba preso.
Durante varios días me sentí aún más solo, en extremo solo, una soledad dolorosa. Después descubrí que la ciudad estaba llena de otros seres condenados a la soledad a tiempo completo, y que la soledad con frío y con pobreza es la peor de todas, especialmente para los viejos. Una de las cosas que me partía el alma era el abandono de tantos ancianos y ancianas en aquellos cuartuchos de alquiler, los llamados housekeeping, habitaciones con lo mínimo para sobrevivir, donde estaban como atados o anclados al televisor, sin el menor asomo de vida social y una carencia absoluta de afecto.
Por suerte, unas semanas después de mi llegada, y gracias a las diez horas diarias de clase que recibía, empecé a parlotear como un perico, incluyendo el acento, y de algún modo me acostumbré al frío. Hice amistad con un zapatero y con un repartidor de periódicos con el que me reunía a tomar cerveza en un bar que siempre estaba lleno de judíos. Judíos prepotentes que celebraban sus recientes victorias sobre los árabes y cantaban Hava Naguila hasta el cansancio.
Fue un tiempo difícil y provechoso. Canadá sería un encanto si no tuviera invierno, o si no fuera tan largo.
De aquella época recuerdo casi todo. El asesinato de Martin Luther King, la noticia sobrecogedora, el mundo llorando aquella infamia. Aquel período surrealista en el interminable invierno de Windsor, la soledad atenazante, el casi permanente desasosiego, el asesinato de Robert Kennedy. Aquellas hojas de maple, hojas de arce, muriéndose en otoño, el otoño apacible y colorido, la fiesta de colores que anunciaba el invierno, aquel breve verano de locura en el barrio francés de Montreal. Los bares de Chemin de la Côte-des-Neiges, la universidad francesa, el barrio francés donde viví. La Basílica Notre Dame de Montreal, el órgano gigante. La música portentosa…El encuentro con Margaret en los días anteriores a mi partida, el encuentro providencial con la dulce Margaret, el amor breve en mis últimos días de Montreal. La burla del destino.

