¿Qué sistema protege mejor la vida? (Segunda entrega)
Por Roberto Lafontaine.
En la primera entrega planteábamos una pregunta que trasciende cualquier debate técnico: ¿qué sistema protege mejor la vida? La respuesta no podía agotarse en la comparación entre modelos organizacionales ni en la descripción de sus ventajas y limitaciones. Ese recorrido conduce inevitablemente a una cuestión aún más profunda: ¿desde qué categorías interpretamos el funcionamiento de nuestros sistemas de salud y quién define los marcos conceptuales con los que comprendemos los problemas que intentamos resolver? A partir de esa interrogante continúa esta segunda y última entrega.
Esta reflexión adquiere especial relevancia para la República Dominicana. Durante los últimos años el país ha realizado un esfuerzo significativo para ampliar y modernizar su infraestructura sanitaria, fortalecer capacidades institucionales e incorporar nuevas tecnologías. Ese camino debe continuar. Sin embargo, la modernización no puede reducirse a la adopción de modelos organizacionales desarrollados en otros contextos. También exige fortalecer nuestra capacidad para producir conocimiento sobre la manera en que funcionan realmente nuestros servicios, cómo se articulan las trayectorias de atención de nuestra población y cuáles factores condicionan, en la práctica, la protección efectiva de la vida y la salud.
Ese desafío no supone rechazar la cooperación internacional ni desconocer el valor de los avances técnicos acumulados. Significa, más bien, participar activamente en su construcción desde nuestra propia experiencia. América Latina y el Caribe no solo representan un espacio donde se aplican políticas sanitarias; constituyen también un territorio capaz de producir conocimiento pertinente sobre problemas que, en muchos casos, poseen características distintas a las observadas en otras regiones. Renunciar a esa capacidad implicaría aceptar que otros definan, de manera permanente, las categorías mediante las cuales interpretamos nuestra propia realidad.
No se trata de una discusión académica reservada a especialistas. Cada categoría utilizada para describir un problema sanitario termina influyendo en aquello que el sistema considera prioritario, en los recursos que asigna, en los indicadores con los que evalúa sus resultados y en las políticas que finalmente implementa. En consecuencia, cuando determinadas dimensiones de la realidad permanecen fuera del marco de análisis, también disminuyen las posibilidades de que sean incorporadas a las decisiones institucionales.
Esta cuestión adquiere una importancia particular para los países de nuestra región. Buena parte de los desafíos que condicionan la protección de la vida no dependen exclusivamente de la organización de los establecimientos de salud. La fragmentación del financiamiento, las desigualdades territoriales, las brechas sociales, la informalidad laboral, la disponibilidad desigual de recursos humanos y las distintas capacidades institucionales modifican profundamente la manera en que las personas acceden a la atención y recorren el sistema sanitario. Por ello, las categorías utilizadas para interpretar esos procesos deben ser capaces de comprender esa complejidad.
Precisamente ahí radica la diferencia entre adoptar un modelo organizacional y asumirlo como una referencia incuestionable. Los sistemas de salud necesitan aprender de las experiencias internacionales. Esa apertura constituye una condición indispensable para mejorar. Sin embargo, aprender no significa renunciar a la capacidad de producir conocimiento propio ni aceptar que las categorías construidas en otros contextos expliquen, por sí mismas, todas las realidades. La cooperación internacional alcanza su mayor valor cuando se convierte en un diálogo entre experiencias, no cuando sustituye la capacidad de interpretación de cada sociedad.
La República Dominicana enfrenta hoy una oportunidad que trasciende la modernización de hospitales o la incorporación de nuevas herramientas de gestión. Tiene la posibilidad de fortalecer una comunidad académica, científica e institucional capaz de producir evidencia sobre sus propios procesos de atención, evaluar críticamente los modelos organizacionales disponibles y contribuir al desarrollo de propuestas que respondan a las características específicas de nuestro sistema de salud. Ese esfuerzo no solo enriquecería las políticas nacionales; también permitiría que la experiencia dominicana dialogara, en condiciones de mayor equilibrio, con los debates internacionales sobre organización sanitaria.
En consecuencia, la discusión que hoy comienza no consiste en decidir si debemos aceptar o rechazar un determinado modelo organizacional. La verdadera discusión consiste en determinar si las categorías con las que pensamos nuestros sistemas de salud alcanzan a comprender la complejidad de las realidades que intentan transformar. Porque un sistema puede incorporar más tecnología, desarrollar mejores procesos o perfeccionar sus mecanismos de coordinación y, aun así, dejar insuficientemente protegidas a las personas si las categorías que orientan sus decisiones no logran explicar plenamente las condiciones en las que viven, enferman y buscan atención.
Las sociedades no protegen la vida únicamente construyendo hospitales, incorporando innovación tecnológica o perfeccionando sus modelos de gestión. También la protegen desarrollando la capacidad de comprender su propia realidad y de producir el conocimiento necesario para transformarla. Por ello, la pregunta más importante que hoy enfrenta la República Dominicana no es únicamente cómo organizar mejor su sistema de salud. La pregunta verdaderamente estratégica es otra: ¿estamos fortaleciendo también nuestra capacidad para producir las categorías con las que interpretamos los problemas que ese sistema debe resolver?
Porque cuando un sistema interpreta parcialmente la realidad, también corre el riesgo de protegerla solo de manera parcial. Y cuando el propósito último del sistema consiste en proteger la vida y la salud de las personas, esa deja de ser una discusión exclusivamente técnica. Se convierte, ante todo, en una responsabilidad ética.

