La delicada línea entre la prevención y la represión que la Policía Nacional constantemente cruza.
Por Cesarín Leonardo Febles M.A.
En El Seibo decenas de quejas llueven sin encontrar respuestas.
Un destacado joven baloncestista que regresa a su pueblo después de seis meses fuera, donde estuvo representando su tierra con orgullo en distintas localidades. Sale de disfrutar con los suyos, camina hacia su casa, y termina en el cuartel. «Me agarraron preso los policías y me subieron pal cuartel, y pasé como 30 minutos preso», relató a este medio. «Sin ellos preguntarme quién soy, sin pedirme documento ni nada. Sin tampoco yo faltarle al respeto y sin hacer nada malo. Creo que es una falta de respeto», relató Raimer Santana. Su petición final resume el estado de ánimo de una provincia: «Yo necesito que hagas un post con eso hermano. Como representante de este pueblo, esas cosas no pueden pasar.»
No es un caso aislado. Es un patrón. Rina Rijo lo escribió con la contundencia del hartazgo acumulado: “Estamos JARTO: ayer fue con Bryant y Anyelo Jiménez, ahora fue con mi hijo Aaron Peralta. Salió de trabajar y camino a la casa se lo llevan preso teniendo sus documentos.” Otro padre, denunciando la detención de su hijo Darling Peralta en circunstancias idénticas, hizo lo que las autoridades deberían hacer antes que él: citar la ley. La Constitución establece que nadie puede ser detenido a menos que viole alguna norma (Art. 40), ni sin que se le informe la razón, y no se le puede negar una llamada (Ley 6-96). Su conclusión merece grabarse en la entrada de cada destacamento: “La Policía Nacional no está para que los ciudadanos les tengan miedo, están para proteger al ciudadano.”
Lo que El Seibo vive es el reflejo local de una crisis nacional. Aquí todavía se llora a Librand Alexander Taveras Montero, muerto tras un retén policial bajo una versión oficial que la comunidad no acepta. Lo más reciente ocurrió en la celebración del barrio Ginandiana tras conseguir la corona del baloncesto superior tras treinta años de espera, y no es que apoyamos el desorden pero ese terror que quieren implementar dudo la población lo soporte mucho tiempo.
Y es que no es solo El Seibo sino el país entero que fue conmovido con el asesinato a quemarropa de Darlin Mercado Reyes, de 19 años, a manos de un cabo de la Policía, que desató protestas en Santo Domingo Oeste y convirtió su sepelio en una multitudinaria manifestación de repudio, caso ante el cual hasta el presidente Abinader declaró sentirse “totalmente indignado” y exigió justicia. Las cifras confirman que no son episodios sueltos: organizaciones políticas documentaron 147 muertes en intervenciones policiales en los primeros seis meses de 2026 —una cada 29 horas—, frente a 122 en igual período de 2025, y el proyecto Patrulla Letal registra que desde 2020 al menos 273 jóvenes de entre 16 y 35 años han perdido la vida en hechos con participación de agentes. Los jóvenes son, precisamente, el grupo más golpeado.
Aquí está el corazón del problema: prevenir es observar, disuadir, verificar con respeto. Detener a muchachos trabajadores que van de su empleo a su casa, con documentos encima y sin explicación, no es prevención: es represión administrada al azar. Como escribió Elisa Avila: “El Seibo entró en la estadística de persona violentada por la policía. Los altos mandos de la misma deben revisar sus mandatos.”
Como medio digital de esta tierra, consciente de los tantos peligros que asechan a nuestros jóvenes y del derecho al libre tránsito que tienen, exhortamos a la autoridades electas a darle apoyo a su gente, y requerir a la comandancia local tratar con más respeto a los jóvenes de este pueblo. Un pueblo que, a pesar del solapamiento y de soportar la vista gorda de las entidades llamadas a combatir el crimen de verdad, todavía tiene jóvenes sanos y humildes. Si, muchachos que trabajan, estudian, sirven a sus familias y caminan a casa sin deberle nada a nadie. Que la autoridad aprenda a distinguirlos no es un favor que se le pide. Es su deber constitucional. Y El Seibo, que ya está “jarto”, lo está diciendo con todas sus letras.
