La pantomima victoriosa del pentagonismo en Irán y Venezuela.
Caso Venezuela.
(-1-)
Por Fidel Soto.
Hay momentos en que quien ha sido derrotado pretende convertir, o mejor dicho, trata de convertir, su derrota en una victoria. Ese es, a mi juicio, el caso ocurrido recientemente con el pentagonismo en Venezuela.
Si analizamos detenidamente los años de conspiraciones y acciones destinadas a derrocar al chavismo, encontraremos más de dos décadas de intentos fallidos: sanciones, campañas de descrédito, operaciones políticas y toda clase de fórmulas destinadas a provocar el derrumbe del proceso iniciado por Hugo Chávez. Se llegó incluso al ofrecimiento de una recompensa por Nicolás Maduro, acompañado de una descomunal campaña propagandística que lo presentó como narcotraficante y jefe de una estructura criminal.
Durante años se construyó alrededor de Maduro la imagen de un gobernante convertido en jefe de un supuesto cartel internacional de drogas. En 2020, Estados Unidos presentó una acusación formal contra Maduro y otros funcionarios venezolanos por narcoterrorismo y conspiración para importar cocaína. Pero una acusación no es una condena y, mucho menos, una prueba definitiva de culpabilidad. El desarrollo judicial del caso tiene precisamente que demostrar, con pruebas, la responsabilidad individual de los acusados y los elementos que sustentan los delitos imputados.
Esto es fundamental porque, durante años, la acusación fue utilizada políticamente como si ya existiera una sentencia. Se difundió la imagen de Maduro como narcotraficante antes de que un tribunal estableciera su responsabilidad. Ahora, cuando el asunto llega al terreno judicial, corresponde demostrar aquello que durante tanto tiempo se presentó ante la opinión pública como una verdad indiscutible.
Algo semejante ocurrió con las elecciones venezolanas.
Después de las elecciones del 28 de julio de 2024, la oposición presentó miles de actas electorales con las que sostuvo que Edmundo González había obtenido una mayoría muy superior a la de Maduro. Sin embargo, el propio Centro Carter aclaró que no correspondía a sus observadores proclamar al ganador.
Las actas se convirtieron entonces en otra pieza fundamental de la campaña política internacional contra Maduro. Pero una cosa es utilizar documentos electorales para cuestionar un resultado y otra muy distinta es convertir automáticamente ese cuestionamiento en una autorización para una intervención militar extranjera.
La historia demuestra que el objetivo político fue siempre el mismo: crear una justificación que permitiera presentar al gobierno venezolano como ilegítimo, criminal y merecedor de ser desplazado por la fuerza.
¿Cuántos personajes fueron utilizados durante todos estos años? Desde Carmona Estanga, Leopoldo López y los Capriles hasta Juan Guaidó, Edmundo González y María Corina Machado, entre otros. Personajes vinculados a sectores oligárquicos y aliados, de una manera u otra, a las estrategias de presión contra el gobierno venezolano, que desempeñaron distintos papeles en la tarea política y propagandística destinada a crear condiciones para su derrocamiento.
Pero ninguno de esos esfuerzos consiguió producir el resultado esperado.
Carmona fracasó. Guaidó fracasó. Las sanciones no produjeron el derrumbe del gobierno. Las campañas internacionales tampoco. Y la acusación de narcotráfico, pese a su enorme impacto propagandístico, tiene que superar en los tribunales el problema esencial de toda acusación criminal: demostrar con pruebas la responsabilidad individual de los acusados.
Esas derrotas sucesivas no dejaban descansar al pentagonismo. Cada fracaso producía una nueva fórmula, una nueva conspiración o una nueva estrategia.
Lo que se buscaba fundamentalmente era una división interna que permitiera construir una cabeza de playa, un caballo de Troya desde dentro, capaz de crear las condiciones para una intervención militar directa.
Pero tampoco eso cuajó.
Y entonces aparece la gran contradicción: después de tantos años de presentar a Venezuela como un país a punto de caer, después de anunciar sucesivamente el derrumbe del chavismo y de utilizar las actas electorales, las acusaciones de narcotráfico y las sanciones como instrumentos de presión, se pretende ahora presentar una intervención militar como la confirmación de una victoria.
Pero ¿victoria sobre quién?
Si el gobierno venezolano continúa funcionando, si sus instituciones permanecen, si las Fuerzas Armadas continúan siendo un factor decisivo y si el chavismo conserva capacidad política y social, entonces no estamos ante la desaparición de un proceso histórico.
Los acuerdos energéticos alcanzados posteriormente entre Washington y Caracas pueden presentarse como una consecuencia de la nueva correlación de fuerzas, pero también revelan algo que durante años estuvo en el centro del conflicto: Venezuela posee una de las mayores riquezas petroleras del planeta.
Muchos de esos acuerdos que hoy se presentan como resultado de la nueva situación pudieron haberse negociado con el presidente Maduro. El petróleo venezolano siempre estuvo allí. Lo que cambió fue la correlación política.
Por eso hay que mirar lo que se ve y, sobre todo, lo que no se ve.
Una potencia militar puede obtener una victoria operacional y, sin embargo, sufrir una derrota política. Puede imponer condiciones y conseguir ventajas económicas, pero eso no significa necesariamente que haya destruido el proceso político que pretendía eliminar.
Aquí vuelve a aparecer aquello que Juan Bosch llamó la debilidad de la fuerza.
Porque la fuerza militar puede imponer silencio durante un tiempo, pero no necesariamente consigue legitimidad. Puede conquistar posiciones, pero no conquistar voluntades. Puede obtener contratos, pero no necesariamente obtener la adhesión de los pueblos.
Resulta lamentable que algunas fuerzas que se consideran democráticas y determinados analistas políticos interpreten cada concesión, cada negociación o cada acuerdo petrolero como una prueba automática de que el chavismo se entregó.
El proceso chavista enfrenta una necesidad de supervivencia. Y aquí viene a la memoria aquel consejo que Fidel Castro le dio a Chávez cuando este se encontraba preso: no te inmoles; aguanta.
Sobrevivir también puede ser una forma de luchar.
Por eso, lo fundamental ahora es no confundir una negociación con una rendición, ni una concesión táctica con la desaparición de un proceso histórico. El chavismo necesita tiempo, unidad y capacidad para reorganizar sus fuerzas.
El problema venezolano no puede reducirse a Maduro, ni a las actas, ni a una acusación de narcotráfico, ni al petróleo. Hay detrás una confrontación mucho más profunda por el poder político, por la soberanía nacional y por el control de una de las mayores reservas energéticas del mundo.
Es eso precisamente lo que el pentagonismo pretende ocultar.
La verdadera victoria no se mide solamente por quién dispara más misiles, bombardea, asesina a mas de cien personas y secuestra a un presidente, quién ocupa un palacio o quién firma primero un contrato petrolero. Se mide por quién conserva la capacidad política de decidir su destino.
Por eso, no hacerle el juego al pentagonismo es una necesidad no solamente para los venezolanos, sino para todas las fuerzas democráticas de América Latina. Lo que está en juego no es únicamente el gobierno de Venezuela ni sus reservas petroleras: está en juego el principio de que ningún país, por poderoso que sea, puede arrogarse el derecho de decidir por otro pueblo su gobierno, sus recursos naturales y su destino histórico.
Es necesario que las instituciones democráticas venezolanas y el pueblo confíen en su capacidad de decidir su propio destino y que rechacen cualquier intento de dividir a las Fuerzas Armadas y al propio pueblo venezolano. La historia enseña que cuando una nación pierde la capacidad de decidir por sí misma, la soberanía deja de ser un principio político y se convierte en una palabra vacía.
Y esa es, precisamente, la cuestión que habrá que seguir examinando.
Se puede decir que en esta larga guerra impuesta por el pentagonismo, Venezuela perdió un combate al ser agredida por la potencia más poderosa de la tierra; pero el chavismo está de pie y de frente.
