Alemania. Del laboratorio de Magdeburgo al eje reaccionario: el colapso del centro y la sombra del Querfront en Europa
Por Geraldina Colotti
Las elecciones para la renovación del Landtag de Sajonia-Anhalt han marcado un momento crítico en la historia de la República Federal. Alternativa para
Alemania, liderada por el candidato radical Ulrich Siegmund, se ha impuesto como primer partido al conquistar el 43,8 por ciento de los votos, registrando
un salto de 23 puntos respecto a 2021. Aunque no alcanza la mayoría absoluta de los escaños, fijada en 42 sobre un total de 83 para gobernar de manera
autónoma, el partido se consolida en la cumbre de la asamblea parlamentaria.
El bloque de gobierno encabezado por el Ministro Presidente saliente Sven Schulze ha sufrido un verdadero colapso: la CDU se ha desplomado al 17,2 por ciento, reduciendo a la mitad el 37,1 por ciento obtenido en la anterior contienda electoral, y el propio Schulze ha perdido el escaño directo en la
circunscripción de Magdeburgo III a manos del candidato de la AfD Christian Mertens, quien alcanzó el 35,2 por ciento frente al 31,7 del Presidente
saliente. Entre las demás fuerzas políticas, el SPD se sitúa en el 9,3 por ciento con un modesto incremento del 0,9, Los Verdes suben al 8,9 por ciento con una ganancia del 3,0, Die Linke cae al 8,6 por ciento perdiendo un 2,4, mientras que los liberales del FDP se hunden hasta el 2,6 por ciento dejando en el camino un 3,8 por ciento y quedando así excluidos del parlamento regional. La Bündnis Sahra Wagenknecht supera por la mínima el umbral del 5 por ciento al obtener el 5,3 por ciento de los apoyos, entrando por primera vez en la asamblea de Magdeburgo. La participación electoral, cercana al 80 por ciento, testimonia una movilización de masas sin precedentes orientada en clave predominantemente de protesta.
La posibilidad de una interacción parlamentaria entre la Bündnis Sahra Wagenknecht y la AfD en el Landtag de Magdeburgo ha activado de inmediato, como un reflejo condicionado, la evocación del Querfront, es decir, el «frente transversal». En la historiografía liberal, y también en la ideología de la
pequeña burguesía democrática, el uso de esta expresión es funcional a la reintroducción obsesiva de la narrativa culpabilizadora que atribuye al Partido Comunista Alemán (KPD) la responsabilidad histórica del ascenso de Adolf Hitler. Se citan con gusto los
episodios más conocidos de convergencia de las protestas nazistas y comunistas contra los gobiernos
socialdemócratas y burgueses: el referéndum de 1931 sobre la disolución del Landtag prusiano, las votaciones en la comisión de Finanzas del Landtag de Hesse en febrero de 1932, la huelga salvaje del transporte en Berlín en noviembre del mismo año.
Casualidad o no, se omiten otros hechos de no menor importancia, como el llamado Blutmai, cuando, entre el 1 y el 3 de mayo, la policía dejó 33 muertos entre las filas de los obreros comunistas que salieron a las calles desafiando la prohibición de manifestarse emitida por el gobierno socialdemócrata. La historiografía marxista ha vuelto en repetidas ocasiones sobre estos acontecimientos, aclarando que para el KPD de Ernst Thälmann nunca se trató de una alianza ideológica con el NSDAP, sino del planteamiento táctico y conflictivo ante la rebelión de las masas desempleadas y de la pequeña burguesía
empobrecida atraídas por la propaganda nazi.
La crisis de 1929 se había abatido en Alemania con particular virulencia. Por otra parte, la línea de la Internacional Comunista se había rigidizado, no sin
razones, en la teoría del “tercer período”, cuyo corolario era una consideración particularmente negativa de la socialdemocracia, considerada el sostén
principal del capitalismo. En este contexto altamente dramático, lo cierto es que la verdadera raíz del fascismo no residió en las luchas del proletariado comunista, sino en la desesperación reaccionaria de la pequeña burguesía empobrecida por la crisis del capitalismo y en el financiamiento explícito del gran capital industrial y agrario al nacionalsocialismo.
A casi un siglo de distancia, la agitación paroxística del espectro del Querfront reaparece en Europa como un dispositivo de despolitización de la lucha de clases.
No estamos en absoluto ante las barricadas urbanas o la violencia de calle de la República de Weimar. Se
asiste, por el momento, únicamente a convergencias parlamentarias y electorales contra la Grosse
Koalition de socialdemócratas y cristiano-demócratas.
En el Landtag de Magdeburgo, BSW y AfD votan regularmente juntos para exigir el fin de la ayuda
militar a Ucrania, la reapertura de los canales energéticos con Rusia, el bloqueo del Green Deal, la congelación de los fondos a los medios públicos y la
drástica restricción del derecho de asilo.
Esta dinámica «trasversal» no es exclusiva de Alemania, sino que cruza a toda Europa: se manifiesta en Francia en la convergencia electoral y demagógica entre la derecha radical y amplios sectores del populismo antisistema sobre los temas de la soberanía y contra las directivas europeas; se observa en los
Países Bajos y en Europa del Este, donde la retórica «anti-élite» capta el malestar de los sectores populares canalizándolo hacia posiciones reaccionarias,
xenófobas y chovinistas.
En el plano doctrinal y de clase, las diferencias entre los componentes del llamado Querfront contemporáneo siguen siendo marcadas: mientras la
BSW propone un dirigismo estatal con redistribución de la riqueza e impuestos a los grandes patrimonios, la AfD oscila entre su liberalismo de origen, basado en recortes fiscales y desregulación, y un populismo social de tracción estrictamente étnica. A pesar de ello, ambas fuerzas coinciden en el rechazo visceral a las instituciones liberales y al entramado geopolítico atlantista, ofreciendo a la pequeña burguesía
empobrecida la ilusión de una protección nacionalista frente a los costes de la crisis capitalista.
El resultado de las urnas sitúa a la política alemana ante el progresivo desmoronamiento del cordón
sanitario, la llamada Brandmauer, y abre tres directrices de desarrollo institucional inmediato. En primer lugar, se perfila la formación de una minoría de bloqueo, ya que la suma de los escaños obtenidos por AfD y BSW supera el tercio de la asamblea,
otorgando a ambas fuerzas un poder de veto decisivo sobre los nombramientos constitucionales, los presupuestos y las reformas institucionales del Land.
En segundo lugar, emerge la trampa de la abstención táctica: ante el rechazo formal de la CDU a pactar alianzas con la AfD, reafirmado por la secretaria
general Franziska Hoppermann, la BSW se convierte en la balanza de la gobernabilidad.
Una eventual abstención de los diputados de la BSW en la tercera votación para la elección de la presidenta encargada permitiría a Ulrich Siegmund instalarse al frente de la región con un gobierno de minoría, sin la necesidad de firmar un pacto de coalición formal. Por último, la débacle de las fuerzas centristas en el Este debilita el liderazgo del canciller Friedrich Merz en Berlín, desencadena reacciones internacionales inmediatas y cosecha los mensajes de felicitación
enviados a la AfD por exponentes de la derecha global como Matteo Salvini y Elon Musk.
Este encuadre específico en Sajonia-Anhalt se inscribe en un ciclo electoral decisivo que atraviesa a toda Europa entre 2026 y 2027. Con las próximas citas electorales en los Länder occidentales y la perspectiva de los grandes desafíos nacionales en Suecia, Polonia y, sobre todo, en las elecciones presidenciales francesas de 2027, todo el edificio político continental corre el riesgo de sufrir una torsión irreversible.
En Francia, mientras Marine Le Pen y Jordan Bardella mantienen una distancia prudente para acreditarse
como una fuerza de gobierno tranquilizadora, la extrema derecha radical de Éric Zemmour celebra el
voto alemán como el anuncio de un inminente giro reaccionario europeo. El avance de la derecha alemana se entrelaza así con el panorama político
italiano liderado por Fratelli d’Italia, prefigurando la recomposición de un histórico (y nefasto) eje autoritario entre Berlín y Roma.
Y aquí el parangón con otras latitudes del planeta no solo no es descabellado, sino que resulta indispensable
para comprender la naturaleza global de la respuesta reaccionaria del capital. La acción del Foro de Madrid—la red de coordinación de la derecha radical iberoamericana promovida por la Fundación Disenso— y sus recientes cumbres internacionales demuestran cómo la convergencia entre figuras como Javier Milei, José Antonio Kast y Donald Trump responde a un proyecto político preciso de alcance transnacional. Esta «Internacional fascista» se estructura para contraponer al avance de las fuerzas progresistas, socialistas y patrióticas una síntesis agresiva fundada en un ultraliberalismo económico feroz y un autoritarismo estatal e identitario en el plano social.
En el balance global de la correlación de fuerzas, mientras el campo progresista y socialista, completamente entregado a la lógica capitalista, se fatiga por construir una hegemonía sobre las clases
populares, el bloque reaccionario logra canalizar el malestar y la rabia social hacia chivos expiatorios ideológicos como los migrantes, la presunta amenaza comunista o los derechos civiles.
Sin embargo, el verdadero elemento unificador de esta ofensiva reaccionaria, tanto en Europa como en el continente americano, radica en su profunda conexión con la guerra imperialista y la reestructuración del capital global. Ante el colapso del modelo económico
europeo basado en los recursos de bajo coste y la globalización desregulada, las fracciones dominantes de la burguesía están reconvirtiendo el aparato
productivo hacia una economía de guerra y un rearme militar a gran escala. El alineamiento con la OTAN, la
militarización de la Fortaleza Europa y el apoyo incondicional a las agresiones belicistas del imperialismo occidental en Asia Occidental no representan divergencias entre la derecha y los
partidos socialdemócratas, sino un terreno de continuidad structural.
La extrema derecha y el populismo conservador se integran perfectamente en esta lógica de guerra, ofreciendo las herramientas ideológicas y represivas
necesarias para dividir a la clase trabajadora, destruir el Estado social, disciplinar a la fuerza de trabajo y
sofocar desde su origen la solidaridad
internacionalista y la oposición de clase.
Las repercusiones económicas de la victoria de la AfD y de la consiguiente parálisis política en Sajonia- Anhalt se reflejan de manera directa e inmediata en todo el tejido empresarial europeo y, de modo particular, en el aparato productivo italiano. Alemania representa el primer socio comercial de Italia y el eje de las cadenas de valor manufactureras del continente,
por lo que la inestabilidad en un Land industrial del Este mina la regularidad de los suministros de componentes cruciales en los sectores de la mecánica
de precisión, la química y la automoción. Las pequeñas y medianas empresas del norte de Italia, fuertemente integradas en la red de subcontratación alemana, se ven obligadas a gestionar retrasos en los
pedidos, suspensiones de inversiones y una elevada incertidumbre contractual. Al mismo tiempo, la hostilidad conjunta de AfD y BSW hacia las normativas ambientales bloquea la aplicación del
Green Deal a nivel regional, creando un clima de inseguridad jurídica para los grupos europeos e italianos activos en las energías renovables y la transición ecológica.
El empuje del bloque soberanista hacia un rígido nacionalismo fiscal corre además el riesgo de reducir las contribuciones de Berlín al presupuesto
comunitario, amenazando con recortes a los fondos de cohesión y bloqueando la emisión de nueva deuda común europea, con consecuencias penalizadoras para los países con elevada deuda del sur de Europa. Por
último, el aumento de la incertidumbre financiera en la primera economía de la zona euro eleva los costes de crédito para las empresas, mientras que la
estancación de los salarios y los recortes en los servicios sociales reducen el poder adquisitivo de las familias alemanas, contrayendo la demanda de bienes
de consumo, confección y productos agroalimentarios importados del resto de Europa y del Made in Italy.
Nos encontramos, por tanto, ante lo que podemos definir como la fase del autoritarismo belicista y de la
reestructuración reaccionaria del capital. Ya no se trata únicamente de una temporal contracción democrática
o de un pasajero rebrote electoral populista, sino del tránsito sistémico hacia una democrazia disciplinaria,
en la que la gestión de la crisis económica y la preparación para la guerra abierta exigen el desmantelamiento programado de las garantías sociales y la represión de todo disenso. Si la respuesta del campo progresista y de la izquierda institucional continúa empantanándose en la gestión compatible de la austeridad y en la subalternidad al belicismo
atlántico, las masas trabajadoras seguirán siendo rehenes del engaño demagógico de las derechas. El
desafío histórico de este tiempo radica en interrumpir la cadena de la economía de guerra y en reconstruir una hegemonía de clase, revolucionaria e
internacionalista, la única fuerza capaz de desarmar al eje reaccionario y de revertir el camino hacia la
barbarie.
