Haití y el hundimiento de su producción de arroz, pollo y maíz

Por Fidel Soto.

El espejo en el que debemos mirarnos-

Independientemente de la siempre precaria condición económica de Haití, hay que reconocer que durante la década de los ochenta y en períodos anteriores el país conservaba una capacidad considerable de producción de alimentos básicos y alcanzaba niveles importantes de autosuficiencia en algunos renglones. Entre ellos ocupaban un lugar destacado el arroz, el maíz, la producción avícola y otros productos de origen agrícola y animal. Aquella realidad, aunque estaba lejos de significar prosperidad, ofrecía a una parte importante de la población una mayor posibilidad de depender de su propia producción para alimentarse.

La debacle comenzó a profundizarse con la apertura del mercado haitiano a las importaciones agrícolas, particularmente de arroz y de piezas de pollo procedentes de Estados Unidos. La entrada masiva de productos importados, favorecida por las políticas de liberalización comercial y por las diferencias de costos y subsidios existentes en la agricultura estadounidense, colocó a los productores haitianos en una situación cada vez más difícil para competir. El resultado fue el debilitamiento de la producción nacional y una dependencia creciente de alimentos provenientes del exterior. El campesino que antes producía para alimentar a su familia y abastecer los mercados locales comenzó a encontrar cada vez menos posibilidades de sobrevivir de su propia producción.

Después del terremoto de 2010 apareció otro episodio que provocó una fuerte controversia: la donación de semillas de maíz híbrido por parte de la empresa estadounidense Monsanto y organizaciones vinculadas al programa de ayuda. Se habla de unas 475 toneladas de semillas distribuidas en Haití. Estas semillas no deben confundirse automáticamente con semillas transgénicas: una semilla híbrida puede producir una primera generación de buen rendimiento y, sin embargo, no conservar las mismas características cuando el agricultor guarda su cosecha para volver a sembrarla. De ahí surge uno de los problemas centrales de este modelo agrícola: la dependencia periódica de los productores respecto de las empresas que comercializan las semillas.

La cuestión, por tanto, no puede reducirse a la existencia de una semilla determinada. El problema más profundo está en un modelo de agricultura en el que el pequeño productor pierde progresivamente el control sobre sus semillas, sus mercados y sus posibilidades de competir. Cuando un país destruye o debilita su producción interna y simultáneamente aumenta su dependencia de las importaciones, deja de tener seguridad alimentaria aunque pueda encontrar alimentos en los mercados. Tener comida disponible no es lo mismo que tener soberanía alimentaria.

Algo semejante ocurre con los agroquímicos. El glifosato ha sido objeto de intensas controversias científicas, ambientales y políticas por sus posibles efectos sobre la salud y los ecosistemas, y su utilización masiva ha generado debates en numerosos países. Pero aun dejando a un lado esa discusión, existe una cuestión mayor que merece ser examinada: qué ocurre cuando la agricultura de un país pobre queda subordinada a un paquete tecnológico, comercial y financiero diseñado fuera de sus fronteras y controlado en buena medida por grandes empresas internacionales.

Haití constituye, en ese sentido, un espejo en el que debemos mirarnos. No porque la República Dominicana tenga una historia idéntica ni porque nuestros problemas sean los mismos, sino porque la experiencia haitiana demuestra las consecuencias que puede tener el abandono de la producción nacional de alimentos. Un país que deja de producir arroz, maíz, pollo y otros productos esenciales para convertirse en comprador permanente de alimentos queda expuesto a los precios internacionales, a las decisiones de los grandes productores y a las políticas comerciales de las potencias que dominan los mercados.

La crisis alimentaria, social y económica de Haití no puede explicarse exclusivamente por sus gobiernos, sus conflictos internos, la corrupción, la violencia o la debilidad de sus instituciones. Todos esos factores tienen un peso indiscutible. Pero tampoco puede comprenderse plenamente su tragedia sin examinar la larga historia de intervenciones, presiones económicas, endeudamiento, ocupaciones, imposiciones comerciales y formas de dependencia que han condicionado la vida de esa nación desde su nacimiento como Estado independiente.

Desde el siglo XIX, y particularmente durante los siglos XX y XXI, las grandes potencias han ejercido una influencia decisiva sobre Haití. La historia demuestra que la soberanía política formal no siempre significa independencia económica real. Un pueblo puede tener bandera, himno y gobierno propio y, sin embargo, depender del exterior para alimentar a su población.

Por eso Haití debe ser observado con seriedad y no solamente con lástima. Su tragedia contiene una advertencia. Cuando un país abandona su agricultura, debilita a sus productores, abre indiscriminadamente sus mercados y termina dependiendo del extranjero para adquirir los alimentos que antes producía, la pérdida no es únicamente económica: también se pierde una parte esencial de la soberanía nacional.

Y ese es precisamente el espejo en el que debemos mirarnos.

 

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