El ascensor del éxito en la sociedad del consumo
Por Manuel Martínez.
Hay ascensos que se ganan, peldaño a peldaño, y ascensos que caen encima de uno, como un aguacero que no se pidió. Los primeros dejan tiempo para prepararse, para pulir el trato, para entender que cada nivel nuevo exige una versión más grande de uno mismo. Los segundos llegan de golpe, sin escalera, y dejan a la persona parada en un lugar para el que nunca tuvo tiempo de crecer. Y es precisamente en esa distancia entre lo que se tiene y lo que se es donde comienza el desplome.
Después de más de tres décadas trabajando con imágenes, aprendí algo que también sirve para entender a las personas: una imagen puede crecer mucho más rápido que quien la sostiene, sin que esa persona tenga la formación necesaria para sostenerla. Cuando eso ocurre, la imagen deja de proteger a esa persona y comienza a revelar lo que hay detrás.
De adolescente, un tapón de tránsito nos detuvo unos minutos, a mi padre, a mi hermano y a mí, frente a una manifestación de estudiantes de la UASD, en su mayoría humildes, que reclamaban más presupuesto para su universidad. Papá, mirando aquello desde el carro, dijo algo que nunca he podido sacarme de la cabeza: esos mismos jóvenes que hoy reclaman justicia, el día de mañana, del otro lado de la acera, podrían convertirse en los peores patronos, los más déspotas y abusadores con sus subordinados.
Pasé de estudiante a empleado y, posteriormente, de empleado a emprender mi propio negocio. En ese recorrido pude comprobar, en carne propia, aquella verdad incómoda que mi padre había formulado tantos años atrás.
Porque hay algo que pocas veces queremos admitir: cuando una persona asciende social, económica o profesionalmente, algo dentro de ella también cambia. Y si nunca recibió la formación necesaria para sostener el poder sin convertirlo en una revancha, el ascenso no necesariamente la transforma: la destapa.
Con recursos en las manos y una voz que de pronto se hace más poderosa, pueden aparecer rasgos que permanecían ocultos: el desprecio, la arrogancia, el despotismo, la necesidad de humillar al que ahora está debajo. Quien no logra elaborar sus propias heridas corre el riesgo de repetirlas desde el lugar de quien manda.
Eso es lo que observo, también, desde mi oficio: una imagen construye percepción, una voz construye identidad, un lenguaje construye pertenencia. Repetidos durante años, terminan formando un personaje público capaz de representar a una generación entera. Cuanto más grande es la influencia, mayor es la obligación de comprender qué se está proyectando.
El caso que tengo delante resulta revelador. Un comunicador que comenzó desde un cuarto improvisado, con una cámara casera y recursos mínimos, se levantó prácticamente solo, con el respaldo genuino de una audiencia popular. Ese mérito nadie puede quitárselo. Pero resulta interesante ver qué ocurre cuando esa imagen de éxito crece mucho más rápido que su formación.
Una parte de aquella misma gente que lo acompañó en sus comienzos puede terminar siendo objeto de burlas o desprecios que parecen dirigidos contra aquellos de quienes alguna vez estuvo tan cerca. Ahí aparece una contradicción que no es solamente moral, también es comunicacional.
Incluso algunas declaraciones aparentemente menores revelan más de lo que quien las pronuncia imagina. Una queja sobre que a un hijo no lo invitan a los cumpleaños que celebran otros niños en el área social del edificio donde vive parece una simple anécdota, pero revela algo universal: podemos alcanzar materialmente un lugar antes de sentir que pertenecemos a él. El dinero puede comprar un apartamento; no compra la tranquilidad de sentirse parte del lugar.
Y ahora aparece la posibilidad de trasladar ese capital de popularidad hacia la política. Ahí la cuestión deja de ser solamente mediática, porque la política exige lo que ninguna plataforma digital puede fabricar de la noche a la mañana: templanza, mesura, capacidad de escuchar y respeto genuino por la gente que se aspira a representar.
La popularidad no sustituye al carácter. Millones de seguidores pueden convertir a alguien en una poderosa figura mediática, pero no necesariamente en un estadista. Gobernar implica administrar conflictos, escuchar intereses distintos, comprender las instituciones y asumir responsabilidades que van mucho más allá de una transmisión en vivo.
El problema no es que alguien que nació en la precariedad haya alcanzado riqueza; al contrario, ese debería ser uno de los grandes sueños de cualquier sociedad. El problema aparece cuando el ascenso económico no viene acompañado de un ascenso equivalente en conciencia. El verdadero poder no está solamente en quien aspira a ejercerlo; está también en quien se lo entrega.
Nos queda tiempo para pensar antes de las próximas elecciones generales, para mirar más allá del espectáculo y de la emoción momentánea, y preguntarnos qué personas tienen realmente la preparación, la experiencia y la serenidad necesarias para conducir el país.
Necesitamos comenzar a cultivar algo que todavía no hemos sabido cultivar: el voto útil. No hablo de votar contra alguien, sino de votar a favor del país. Nuestro voto no es un premio ni una dádiva: es el instrumento más poderoso que tiene un ciudadano común para corregir el rumbo cuando las decisiones anteriores han producido resultados que hoy lamentamos.
Un picapollo o quinientos pesos para echar gasolina al motoconcho no puede ser la moneda con la que decidamos el futuro de una nación.
Por eso, frente a las próximas elecciones, no deberíamos preguntarnos solamente quién nos gusta o quién tiene más seguidores, sino algo más importante: ¿a quién le vamos a entregar nuestro futuro?
Porque un país no se desploma solamente cuando elige mal a sus gobernantes. También se desploma cuando sus ciudadanos dejan de aprender de sus propios errores. Y quizá el primer paso para levantarnos sea ese: aprender a votar útilmente.
Porque un país no se desploma solamente cuando elige mal a sus gobernantes. También se desploma cuando sus ciudadanos dejan de aprender de sus propios errores. Y quizá el primer paso para levantarnos sea precisamente ese: aprender a votar útilmente.
Manuel Martínez
Profesor Universitario
Magíster en Comunicación Visual
