Pasar la antorcha: Del liderazgo político a la formación de una nueva generación con visión de Estado

Por Manuel Brito.

Una reflexión sobre la responsabilidad histórica del liderazgo, la continuidad del Estado y la formación de las nuevas generaciones.

La reflexión planteada por el presidente Leonel Fernández en Santiago sobre la necesidad de pasar la antorcha merece ser valorada desde una perspectiva que trascienda la coyuntura electoral de 2028. Se trata de una visión que, bien interpretada, puede abrir, desde mi punto de vista, una discusión fundamental sobre el futuro del liderazgo dominicano y la continuidad del Estado.

La República Dominicana atraviesa una coyuntura histórica muy particular. La desaparición de Juan Bosch, Joaquín Balaguer y José Francisco Peña Gómez dejó un vacío de grandes referentes del liderazgo político nacional. En ese contexto, Leonel Fernández representa una experiencia acumulada de ejercicio del poder, pensamiento político, conocimiento institucional y visión estratégica que adquiere especial relevancia.

Por eso, su disposición a plantear la transición generacional constituye también una expresión de responsabilidad política y de madurez de estadista: comprender que el liderazgo no debe agotarse en una persona, sino contribuir a preparar a quienes habrán de continuar la conducción del país.

Sin embargo, pasar la antorcha no puede entenderse exclusivamente como una sucesión dentro de los partidos políticos. Debe concebirse como un proceso mucho más amplio y profundo que alcance a toda la sociedad dominicana. La continuidad del Estado exige que las nuevas generaciones de dirigentes políticos, legisladores, alcaldes, regidores, funcionarios públicos, profesionales, empresarios y líderes sociales estén preparadas para asumir responsabilidades en los distintos espacios de representación, dirección y administración de la nación.

Aquí encontramos uno de los principales desafíos de nuestro sistema político: el debilitamiento de la formación académica, profesional, técnica y estratégica de muchos de quienes aspiran a ejercer funciones públicas. En ocasiones, la conquista de una candidatura o el acceso al poder ocupan el lugar que deberían tener la preparación, el conocimiento y la construcción de propuestas de desarrollo.

No basta con aspirar a gobernar; es necesario saber qué hacer con el poder, cómo administrar las instituciones y qué legado dejar a las futuras generaciones.

No es fortuito que Leonel Fernández, desde su visión de estadista y verdadero líder, haya impulsado iniciativas orientadas a la formación, capacitación y preparación del talento joven dominicano. La creación de espacios de formación para jóvenes y el impulso al Instituto Tecnológico de las Américas (ITLA), durante su gestión de gobierno, constituyen antecedentes de una concepción del desarrollo que reconoce en el conocimiento, la educación tecnológica y la preparación del capital humano las bases para construir el futuro. Asimismo, en Santiago hizo referencia a esa visión al plantear la necesidad de pasar la antorcha.

Por tanto, su planteamiento actual sobre pasar la antorcha debe interpretarse también como una oportunidad para dar continuidad y ampliar esa visión, trasladándola al ámbito de la formación de una nueva generación de líderes políticos, profesionales y sociales preparados para asumir responsabilidades de Estado.

La preocupación del presidente Fernández y la propia realidad histórica dominicana obligan a establecer una premisa fundamental: quienes estén llamados a recibir la antorcha del liderazgo nacional no pueden fundamentar sus aspiraciones únicamente en su popularidad, condición empresarial, imagen personal o posición política.

El liderazgo que demanda el futuro debe estar respaldado por formación académica, preparación profesional, conocimiento de la realidad nacional e internacional, pensamiento estratégico y verdadera visión de Estado, con sensibilidad social y humana.

La historia dominicana ofrece un referente importante: tras la desaparición de Juan Bosch, José Francisco Peña Gómez y Joaquín Balaguer, Leonel Fernández logró reunir condiciones de formación académica, conocimiento, comprensión de la realidad internacional y visión moderna del Estado que le permitieron asumir un momento histórico y proyectar una nueva etapa de la política dominicana, demostrada en hechos que constituyen un legado de país.

No fue simplemente por llamarse Leonel Fernández, sino por estar preparado para responder a las exigencias de aquella coyuntura. Esa es precisamente la lección: cuando llegue el momento de pasar la antorcha, quienes la reciban deben haber construido previamente las capacidades necesarias para estar a la altura de su responsabilidad histórica, y no por ninguna otra razón.

Desde una verdadera visión de Estado, la antorcha debe transferir algo más que posiciones de liderazgo: debe transmitir conocimientos, experiencias, valores democráticos, capacidad gerencial, pensamiento estratégico y político, así como compromiso con el desarrollo nacional. Y esa formación debe comenzar antes de alcanzar las posiciones de poder, no después de haber llegado a ellas ni bajo la creencia de que se deben ocupar sin reunir previamente esos requisitos.

La continuidad del Estado tampoco significa la continuidad de un partido o de un gobierno. Significa construir instituciones sólidas, políticas públicas sostenibles y capacidades humanas que permitan que el desarrollo nacional no dependa exclusivamente de quién ejerza temporalmente la Presidencia de la República.

Por eso, el desafío del presidente Leonel Fernández y de la generación que ha tenido la oportunidad de gobernar y acumular experiencias es contribuir a crear las condiciones para que quienes reciban esa antorcha estén a la altura de las responsabilidades históricas que les corresponderán.

La verdadera grandeza de un liderazgo no se mide solamente por sus realizaciones durante el ejercicio del poder, sino también por su capacidad para preparar a quienes habrán de continuar construyendo el futuro.

El propio profesor Juan Bosch concebía el liderazgo desde una perspectiva que trascendía las urgencias del presente. Su pensamiento político colocaba la responsabilidad de dirigir una nación en la capacidad de comprender su realidad, anticipar sus desafíos y trabajar para las generaciones futuras. Esa visión contiene una enseñanza fundamental: un verdadero líder no piensa solamente en el presente ni en la próxima contienda electoral; piensa en el futuro del país y en las condiciones que debe construir para garantizar su desarrollo.

Desde esa perspectiva, pasar la antorcha no es simplemente preparar una sucesión política, sino asumir la responsabilidad de formar hoy a quienes tendrán que conducir mañana. Es comprender que el legado más importante de un liderazgo no consiste únicamente en lo que hizo durante su tiempo, sino también en el futuro que ayudó a construir. Y es justamente en esa dirección en la que se enmarca lo planteado en Santiago por el líder de la Fuerza del Pueblo.

En definitiva, no se trata solamente de ganar las elecciones de 2028 ni de identificar quién sucederá a los actuales liderazgos. Se trata de formar una generación que tenga la capacidad, la responsabilidad y la visión de Estado, con sensibilidad social y humana, necesarias para gobernar, transformar las instituciones y garantizar la continuidad del desarrollo dominicano durante las próximas décadas.

Porque pasar la antorcha sin preparar a quienes la recibirán sería transferir una responsabilidad sin garantizar la capacidad para ejercerla.

La verdadera transición consiste en entregar liderazgo, pero también conocimiento, formación y visión de futuro con sentido de Estado.

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