Abinader encontró el tablero cuando el juego va en su último cuarto
Por Ramón Morel
Hay gobiernos que llegan con una hoja de ruta. Otros, por lo visto, encuentran el mapa cuando ya llevan buena parte del camino recorrido.
El presidente Luis Abinader acaba de presentar el Tablero de Metas Presidenciales, una herramienta destinada a darle seguimiento a las principales prioridades del Gobierno, medir resultados, detectar retrasos y determinar dónde hay que intervenir para corregir lo que no marcha conforme a lo previsto.
La idea es magnífica.
Quizás habría sido todavía mejor tenerla a tiempo.
Abinader asumió la Presidencia de la República el 16 de agosto de 2020. Estamos en septiembre de 2026. Han transcurrido seis años de gobierno y, cuando el segundo mandato ya consume su segunda mitad inicial, el país conoce formalmente un tablero que permitirá determinar qué funciona, qué está quedando atrás y dónde deben producirse correcciones.
Nunca es tarde cuando la dicha es buena, dirían nuestras abuelas.
El problema es que gobernar un país no es aprender a montar bicicleta.
El pasado 7 de septiembre se explicó que la herramienta monitorea 10 grandes metas y 109 variables, vinculadas con salud, seguridad, vivienda, empleos formales, educación, desarrollo rural, agua y saneamiento, crecimiento económico, resiliencia climática y efectividad del Estado. Cada resultado dispone de punto de partida, meta y fecha de evaluación.
Es decir, ahora habrá luces capaces de indicar dónde el Gobierno va bien, dónde avanza lentamente y dónde se está quedando atrás.
Excelente.
La pregunta inevitable es: ¿y durante los seis años anteriores qué luces estaban encendidas?
Conviene ser rigurosos. Sería incorrecto afirmar que el Gobierno no disponía anteriormente de planificación, mecanismos de seguimiento o estructuras administrativas destinadas a evaluar su gestión. Las tenía. Incluso, en enero de este mismo año, la Presidencia informó que un Consejo de Ministros extendido había definido diez metas estratégicas para 2026 y articulado planificación, presupuesto y mecanismos de seguimiento enfocados en resultados.
Precisamente por eso la presentación del nuevo tablero resulta políticamente más interesante.
Porque si existían mecanismos para planificar, medir y supervisar, habría que preguntarse qué cambia realmente ahora y por qué fue necesario llegar hasta 2026 para colocar en el centro de la gestión una herramienta destinada a contestar preguntas tan elementales como qué está funcionando, qué está retrasado y quién debe corregirlo.
No estamos hablando del primer trimestre del primer año.
Estamos hablando del séptimo año calendario de una administración iniciada en 2020.
A estas alturas, el Gobierno no debería estar estrenando instrumentos para saber hacia dónde va. Debería estar mostrando, con absoluta claridad, hasta dónde llegó.
Y ahí comienza la parte más interesante.
Porque un tablero puede medir muchas cosas, pero difícilmente podrá medir el costo de lo que debió hacerse antes.
Puede indicar el déficit habitacional, pero no devolver los años de espera de una familia.
Puede registrar indicadores educativos, pero no devolverle un curso perdido a un estudiante.
Puede medir el acceso al agua, pero no explicarle al ciudadano por qué pasó años comprando camiones de agua mientras escuchaba anuncios de inversiones.
Puede registrar la efectividad del Estado, pero no necesariamente cuantificar la paciencia consumida por quienes llevan años esperando que una institución simplemente haga aquello para lo cual existe.
Y tampoco existe todavía una casilla capaz de medir una variable particularmente importante: el tiempo político desperdiciado.
El Gobierno ha presentado el tablero como un mecanismo mediante el cual el presidente y el Consejo de Ministros podrán observar periódicamente los indicadores, detectar rezagos y ordenar correcciones. Incluso se ha anunciado que sus resultados serán dados a conocer. Eso, en principio, debe saludarse: mientras más información pública y más medición exista, mejor para la democracia.
Pero transparencia también significa aceptar las preguntas que produce la propia información.
Si ahora podemos identificar rápidamente cuáles metas están rezagadas, ¿cuáles lo estuvieron durante los años anteriores?
Si ahora un indicador permitirá disparar una alerta, ¿qué ocurrió con las alertas que la realidad venía disparando desde hace tiempo?
Y si un funcionario podrá ser identificado porque determinada meta no avanza, ¿qué sucederá realmente con ese funcionario?
Porque República Dominicana no tiene escasez de planes.
Tenemos planes nacionales, estrategias, observatorios, comisiones, gabinetes, consejos, indicadores, sistemas de monitoreo, mesas técnicas y suficientes presentaciones de PowerPoint como para iluminar medio Caribe.
Lo que históricamente ha faltado no es una gráfica.
Es consecuencia.
El verdadero valor del Tablero de Metas Presidenciales no estará, por tanto, en sus colores ni en la sofisticación de sus indicadores. Estará en lo que haga Abinader cuando una luz se ponga roja.
Porque si el indicador se pone rojo, el funcionario continúa verde y todo sigue igual, habremos comprado otra pantalla para contemplar problemas que el ciudadano ya conocía sin necesidad de contraseña.
Ahí estará la prueba.
El Gobierno tiene derecho a modernizar sus mecanismos de seguimiento incluso en su sexto año. Lo que no puede pretender es que el calendario pase inadvertido.
Después de seis años manejando, Abinader acaba de enseñarnos orgullosamente el tablero.
Ahora falta saber si también encontró el volante.
