Análisis sobre la actual situación del Partido Demócrata de EE.UU.

Por Elvin Calcaño.

El Partido Demócrata tiene una oportunidad histórica para reconectar con la clase trabajadora estadounidense. Para volver a ser el partido que enfrenta la codicia de las corporaciones en nombre del interés general. Fue esa lucha, en clave de un pacto capital-trabajo en beneficio de los trabajadores, lo que, bajo el gobierno de Franklin Delano Roosevelt (FDR), permitió el surgimiento de la gran clase media estadounidense.

Hoy Estados Unidos está en una situación similar a aquella época en que surgió la necesidad de dicho pacto (la historia se repite dijo el viejo de Tréveris). La desigualdad ha vuelto a situarse en magnitudes parecidas a las de finales de la Gilded Age. Con unos billonarios que aprovechan sus riquezas para controlar la política, y así, moldear leyes y la institucionalidad según sus intereses. Lo que eleva la concentración económica a límites que rompen el contrato social. Fue ese marco que condujo a los desastres del crack de 1929. Contexto que impulsó la llegada de FDR y la era progresista que este inauguró en EE.UU. Cuando el partido demócrata se convirtió en el vehículo electoral de los trabajadores. Primero blancos y, décadas después con el impulso del movimiento de los derechos civiles, también negros. Y más adelante de los latinos.

Las contradicciones propias de la crisis de finales del siglo XX, con la emergencia del capitalismo financiero globalizado y la segmentación de las causas progresistas en muchos pedazos guiados por lógicas de identidad, rompió el vínculo del partido demócrata con los trabajadores. A lo que debe añadirse la captura de este por parte de las grandes corporaciones, así como la adopción del gobierno Clinton de la agenda neoliberal: recortes al Estado y desregulaciones del mundo financiero. Los demócratas pasaron a ser el partido de los sectores cosmopolitas de las grandes ciudades y de la arrogante clase media meritocrática.

Barack Obama, el primer presidente negro, reconectó en algo al partido demócrata con los trabajadores. Especialmente en su primara campaña con su discurso de esperanza, igualdad y unión entre todas las razas y credos que componen Estados Unidos. Pero su gestión nunca se salió del marco neoliberal en lo económico ni meritocrático en lo cultural. Mientras el desastre neoliberal seguía destruyendo la clase media estadounidense vía la desindustralización. El gobierno de Obama no supo responder. Tampoco supo articular respuestas para el resentimiento blanco fruto de la meritocracia que él mismo, como hombre negro educado en Harvard e intelectualmente refinado, encarnaba.

Ahí surgió Trump. Un millonario blanco de estilo grotesco, inculto y abiertamente anti intelectual. Capturó gran parte del voto trabajador (en especial blanco) en 2016. Su gobierno (desastroso e inepto como era previsible) facilitó que los demócratas vuelvan con Biden. Pero la gestión Biden no se salió del marco del capitalismo financiero (ahora tecnocapitalismo) y meritocracia cosmopolita. Por ello pudo volver Trump en 2024. Porque las condiciones de posibilidad que dan lugar a la lógica trumpista no fueron corregidas ni económica ni política ni institucionalmente.

Y así Estados Unidos ha llegado al contexto de hoy. Donde solo un partido demócrata que vuelva a ser el partido de los trabajadores podrá frenar a un trumpismo devenido en abierto proyecto fascista y supremacista. Con una gestión posdemocrática: violenta en su política exterior y destructiva a lo interno. Que puede llevar ese país a una guerra civil.

Los demócratas pueden ser lo que fueron con FDR. Es el llamado que hacen Sanders, Mamdani, AOC, Al Sayed y otros. Que en el lenguaje político estadounidense pasan como «radicales», pero que, en el fondo, no son más que socialistas democráticos al estilo nórdico o europeo en general. Que lo que piden es recomponer el contrato social con más derechos para la clase trabajadora, regular los grandes capitales y democratizar las instituciones. En esencia, ser que lo ya fue el partido demócrata en un pasado de extremas desigualdades al cual se parece cada vez más este oscuro presente estadounidense.

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