Cambio de Cédula: Un auténtico adelanto de elecciones con abstención incluida
Por: Jhonny González
En la política dominicana, en ocasiones, la forma es el fondo. Lo que a simple vista parece un proceso administrativo rutinario de actualización de identidad, bajo el microscopio del análisis estratégico, se revela como una jugada maestra de ingeniería electoral.
La reciente iniciativa de la Junta Central Electoral (JCE) de renovar el documento de identidad a apenas dos años de los comicios no es un trámite: es, en los hechos, un adelanto del calendario electoral con un filtro de exclusión preinstalado.
El argumento oficial de la Junta se ha centrado en la obsolescencia tecnológica y la necesidad de un documento «más seguro e inteligente». Sin embargo, en los pasillos del poder se sabe que una logística de esta magnitud no nace por generación espontánea en un organismo colegiado.
La sospecha de que esta «genial» idea fue redactada en los despachos del Palacio Nacional cobra fuerza cuando se analiza el impacto real en el ecosistema partidario.
La JCE ha esgrimido que el cambio es «impostergable» para garantizar la integridad del proceso. Pero, ¿a qué costo?.
Al obligar a una renovación total, la Junta ha desplazado el eje de la energía política.
Llama poderosamente la atención la tibieza o la ausencia de una resistencia feroz por parte de los delegados de los partidos políticos ante la JCE. Aquellos que debieron objetar este cronograma por considerar que desenfoca el trabajo territorial, parecen haber sido seducidos por la narrativa de la «modernización» o, peor aún, sorprendidos en un letargo estratégico.
De ahora en adelante, la lógica cambia radicalmente: una cédula nueva es un voto. Quien no la obtenga, simplemente no existe para el sistema el día D.
Esto condena a las organizaciones políticas a una «batalla campal» prematura.
Durante todo un año, las estructuras partidarias no estarán discutiendo propuestas ni fiscalizando al gobierno; estarán convertidas en gestores de trámites, buscando militantes «hasta debajo de las piedras» para asegurar que tengan el plástico válido.
Conocemos bien la idiosincrasia del ciudadano dominicano, especialmente del «de a pie». La apatía y el desinterés son rasgos que han crecido proporcionalmente al desencanto con la clase política. Ni siquiera con las maquinarias de los partidos operando a plena capacidad se logrará que la totalidad del padrón renueve el documento.
Por tanto, miles de ciudadanos quedarán fuera del proceso por simple inercia o por las barreras logísticas que implica un proceso de renovación masiva en un tiempo récord.
¿A quién favorece la abstención?
Aquí es donde la pregunta se vuelve retórica y el análisis se torna sombrío. Como diría cualquier estratega del nivel de un Vengoechea: la abstención nunca es neutral.
En un escenario de desmovilización forzada por el cambio de documento, el voto cautivo, el voto de nómina y las estructuras con mayor capacidad de movilización logística —léase, el oficialismo— llevan las de ganar.
La abstención no castiga al que tiene el poder; castiga a la oposición que no logra movilizar a los indecisos y a la masa silente que, al no tener la nueva cédula, se verá impedida de castigar a un pésimo gobierno en las urnas.
El cambio de cédula es el mecanismo perfecto para inducir una abstención selectiva. No es un avance democrático; es una carrera de obstáculos donde el Palacio Nacional ya conoce la ubicación de cada valla, mientras los partidos se desgastan en una burocracia que les roba el aliento político.

