China, un caso de éxito.

Por Haivanjoe Ng Cortiñas.

Sin lugar a dudas, Estados Unidos continúa siendo la principal potencia económica, financiera, tecnológica y militar del mundo. Sin embargo, hay una realidad que nadie puede soslayar: China se ha convertido en una potencia económica de dimensión global, en uno de los líderes tecnológicos del planeta y, como consecuencia de esa transformación, en un actor geopolítico de primer orden.

¿Qué hace de China un caso de éxito? No es solamente el tamaño de su economía. Es que durante casi cinco décadas logró crecer de forma sostenida, sacar de la pobreza a cientos de millones de personas y acumular capacidades productivas y tecnológicas propias. Veamos la evolución.

En 1978, China era una economía esencialmente rural, de bajos ingresos y con reducida participación en el comercio mundial. Hoy es la segunda economía del planeta a precios corrientes y la mayor en paridad del poder adquisitivo. En 2025, su PIB alcanzó 140,19 billones de yuanes, equivalentes a unos US$19,6 billones, y creció 5,0% en términos reales. El PIB per cápita nominal anual de aproximadamente US$14,895 y la productividad laboral alcanzó unos US$25,800 por trabajador, con un aumento de 6,1% en un solo año.

Los resultados fueron inmediatos. La producción de granos pasó de unos 305 millones de toneladas en 1978 a unos 407 millones en 1984, y el ingreso rural per cápita prácticamente se triplicó entre 1978 y 1985. El campo generó alimentos, ahorro y, sobre todo, liberó mano de obra.

Esa mano de obra encontró oportunidades en las empresas de pueblos y aldeas, que llegaron a emplear a más de 100 millones de personas a mediados de los noventa. Paralelamente, China permitió que los precios de mercado coexistieran con los precios planificados, de modo que el mercado fue ganando espacio sin provocar una ruptura abrupta del sistema económico.

A partir de esa base, China transitó hacia una economía industrial y de servicios. En 2026, el sector terciario representó 57.7% del PIB, el secundario 35.6 %, mientras el primario apenas aportó 6.7%. Millones de trabajadores abandonaron actividades agrícolas de baja productividad para incorporarse a la industria y los servicios.

La apertura externa también fue gradual. En 1980 se crearon las primeras zonas económicas especiales: Shenzhen, Zhuhai, Shantou y Xiamen. Shenzhen, una pequeña localidad fronteriza frente a Hong Kong, es hoy una metrópolis de más de 18 millones de habitantes y uno de los principales centros tecnológicos del mundo.

La apertura no fue solamente una puerta hacia afuera. Permitió incorporar tecnología, desarrollar proveedores nacionales y elevar la competitividad. Primero China aprendió a producir; después aumentó la escala; posteriormente desarrolló capacidades propias de diseño, investigación e innovación.

En 2025, China ingresó por primera vez entre las diez economías más innovadoras del mundo. Ese mismo año, su gasto en investigación y desarrollo alcanzó 2.8% del PIB, superando el promedio de los países de la OCDE. En términos absolutos, es el segundo país del mundo que más invierte en esta área.

La infraestructura fue otro pilar. Su red ferroviaria de alta velocidad supera los 48,000 kilómetros, la más extensa del planeta. Autopistas, puertos, aeropuertos y redes eléctricas integraron regiones, redujeron costos logísticos y ampliaron las oportunidades productivas.

Quizá el indicador más significativo sea la pobreza. Conforme a las estimaciones del Banco Mundial, cerca de 800 millones de personas salieron de la pobreza extrema en China desde el inicio de las reformas, aunque aún presenta desafíos en reducir la pobreza relativa, una buena manera de representar la construcción del desarrollo consolidado.

El éxito también se mide en calidad de vida. La esperanza de vida pasó de unos 66 años en 1978 a 79.3 años en 2025, un aumento de más de 13 años. La población urbana alcanzó 953.8 millones de habitantes, alrededor del 68% de una población total de 1,405 millones.

No solamente creció la producción; también aumentó la capacidad de la sociedad para generar ingresos, urbanizarse, educarse, acceder a servicios y prolongar la vida.

China ha logrado los resultados presentados, combinando reforma agrícola, apertura externa, inversión, industrialización, infraestructura, innovación tecnológica, capital humano y una participación activa del Estado. No sustituyó de golpe al Estado por el mercado ni cerró su economía: permitió que el mercado ganara espacio, pero mantuvo una dirección estratégica sobre los sectores considerados fundamentales.

Por eso, su peso geopolítico no puede separarse de su poder productivo. Un país con semejante capacidad manufacturera, tecnológica, comercial y financiera dispone de instrumentos de influencia internacional que no tenía en 1978.

Hay un aspecto de la experiencia china que debería interesarles a nosotros los dominicanos. El país inició sus zonas francas en 1969, en La Romana, más de una década antes de que China creara Shenzhen. En 2025, nuestras zonas francas exportaron US$8,548.6 millones y emplearon a más de 200,000 personas.

Han sido una importante fuente de empleo y divisas. Sin embargo, la diferencia con China no está en haber tenido zonas especiales, sino en para qué se utilizaron. En China funcionaron como escuelas de aprendizaje productivo. La inversión extranjera permitió formar técnicos e ingenieros, integrar proveedores nacionales y absorber tecnología. Lo que comenzó como ensamblaje terminó convirtiéndose en industria nacional. Shenzhen es hoy sede de Huawei, BYD, Tencent y DJI.

En dominicana, las zonas francas operaron durante décadas con elevada dependencia de insumos importados, limitados encadenamientos productivos y transferencia tecnológica insuficiente. La diversificación hacia dispositivos médicos, componentes eléctricos y productos farmacéuticos demuestra, sin embargo, que existe capacidad para avanzar hacia actividades de mayor valor agregado.

En WorldSkills Shanghái 2026, la más reciente competencia mundial de habilidades, China compitió en las 64 categorías y obtuvo 41 medallas de oro, 11 de plata y 4 de bronce, con lo que encabezó el medallero por quinta vez consecutiva. Según WorldSkills International, ese resultado se explica por el papel de la formación técnico-profesional en su sistema educativo. Esa es la otra cara del éxito chino: una fuerza laboral que no solo sabe investigar, sino también hacer que las cosas funcionen.

La lección no es eliminar ni copiar. Es comprender que los incentivos fiscales pueden generar empleo y divisas, pero no garantizan por sí solos una transformación productiva.

El desarrollo adquiere mayor profundidad cuando las zonas especiales permiten que el país aprenda a producir lo que antes importaba y aumente el contenido nacional de sus exportaciones.

Reconocer el éxito chino no significa desconocer sus contradicciones. El endeudamiento de gobiernos locales, los problemas inmobiliarios, el envejecimiento poblacional, las desigualdades regionales y las tensiones comerciales y tecnológicas constituyen desafíos importantes. China también necesita fortalecer el consumo interno y lograr que productividad e innovación tengan un mayor peso en el crecimiento.

En 1978, China buscaba aprender del mundo para desarrollarse. En 2026, el mundo necesita estudiar a China para comprender la economía global.

Estudiar a China no significa imitarla. Significa entender qué ocurre cuando un país combina durante décadas reformas, inversión, productividad, industrialización, capital humano e innovación.

Para República Dominicana, esa es la lección económica que merece ser estudiada.

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