Cipayo en la niebla
Por Jorge Elbaum
La crisis diplomática entre Argentina y Brasil no es una anécdota más en el prontuario verbal de Javier Milei. Es parte del ordenamiento político, planificado por Narco Rubio (foto), para controlar aquello que en Washington denominan, en términos despectivos, Patio Trasero o Hemisferio Occidental. Detrás del insulto, de la provocación calculada y de la liturgia de barricada que el Presidente trasladó a la política exterior, aparece la disputa de fondo sobre quién decide el destino de América Latina y el Caribe. Medio siglo atrás, en el marco de la Guerra Fría, el Departamento de Estado apeló a la Doctrina de la Seguridad Nacional para imponer golpes militares, proscripciones de partidos políticos, desapariciones forzadas, encarcelamientos, exilios y torturas generalizadas.
Mientras Milei insultaba, Narco Rubio le revocaba la visa a la embajadora brasileña en Washington, Maria Luiza Ribeiro Viotti y se acumulaba la segunda ronda de aranceles contra productos brasileños, informados el 16 de julio. Los insultos de Milei fueron acompañados, de forma incongruente, con ruegos de la cancillería argentina para que Brasil reenvíe a su embajador. El jefe de la diplomacia de Buenos Aires solicitó en forma ridícula separar lo político de lo diplomático, como si Milei no fuese el presidente argentino. La diplomacia no se debilita porque alguien se ofende; se despedaza cuando el agravio se vuelve doctrina mandatada desde el norte. El retiro del embajador brasileño fue también un tiro por elevación a Rubio para advertirle que no puede confundir convicción ideológica con agresión personal, ni política exterior con alineamiento colonial.
El otro actor omnipresente de la disputa es China. Milei no solo dinamita el vínculo con Brasil; también le hace el juego a una estrategia que busca restringir la presencia china en infraestructura, energía, minerales críticos, tecnología e inteligencia artificial, siendo Beijing uno de los inversores más importantes en esos sectores en el Cono Sur. Luego del aporte extorsivo e injerencista de Trump en las elecciones de 2025, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, afirmó que “Milei está comprometido a sacar a China de Argentina”.
Lo que está en juego no es el volumen de los insultos ni la grosería como marca personal. La cuestión es si la Argentina seguirá participando de un proyecto sudamericano de integración, comercio, desarrollo industrial y autonomía relativa, o si aceptará convertirse en ariete de una estrategia externa destinada a fragmentar la región. En ese trayecto no solo se juega una relación bilateral con Brasil. Se decide una alianza con quien se está debilitando a nivel global. Brasil, con contradicciones, tensiones internas y límites evidentes, conserva, sin embargo, una tradición diplomática orientada a ampliar sus márgenes de autonomía.
La Argentina de Milei eligió, en cambio, la intemperie del alineamiento automático: Washington como brújula, Tel Aviv como emblema y la derecha regional como comunidad afectiva. Es una política exterior que no negocia poder; declama pertenencia. Milei no inaugura una doctrina. Clausura una tradición relacionada con el concepto de autonomía heterodoxa, desarrollado por Juan Carlos Puig, que postula la necesidad de maximizar el margen de decisión de un país periférico con el desacople paulatino de los mandatos imperiales.
La palabra “cipayo” proviene etimológicamente del término persa sepāhī, que significa “siervo o soldado al servicio de intereses extranjeros”. Cuando, en el futuro, designemos a los rancios entregadores de la soberanía, podremos utilizar su sinónimo: mileísmo.
Pagina12.
