¿Cuál tasa? El uso perverso de una cifra.

Por Manuel Martínez.

En política, algunas expresiones terminan adquiriendo más fuerza por la frecuencia con que se repiten que por la solidez de lo que explican. La llamada «tasa de rechazo» de Leonel Fernández es una de ellas. Se invoca una y otra vez, como si bastara para resumir su trayectoria, su relación con el electorado y su lugar en el debate nacional. Así, una cifra que debería ser objeto de análisis termina convertida en una etiqueta política.

El problema no consiste en negar que existan ciudadanos con opiniones desfavorables sobre Leonel Fernández. Ningún dirigente con una trayectoria prolongada en la vida pública está exento de críticas, desacuerdos o resistencias. El problema aparece cuando una medición particular se utiliza para construir una conclusión general, como si un solo indicador pudiera explicar la complejidad de una figura política.

Una cifra puede ser auténtica y, aun así, utilizarse de manera engañosa. Basta con presentarla sin contexto, omitir sus limitaciones o atribuirle un significado que los datos no demuestran. En ese punto, la discusión deja de girar exclusivamente alrededor de la encuesta y pasa a centrarse en el uso que se hace de ella.

Robert Polanco, director de Proyectos Estratégicos y Especiales de la Presidencia, afirmó que no había visto encuestas en las que Leonel Fernández superara a los aspirantes del PRM y sostuvo que el expresidente destacaría por su tasa de rechazo. Una afirmación de esa naturaleza exige algo más que una impresión personal: requiere identificar las mediciones que la sustentan y explicar qué datos permiten llegar a semejante conclusión.

Decir «no he visto» describe el conocimiento de quien habla; no demuestra que no existan otras mediciones ni permite establecer, por sí solo, una conclusión general sobre el escenario electoral. Para sostener un juicio de esa naturaleza, corresponde identificar las encuestas consultadas, precisar sus fechas y explicar qué resultados respaldan la afirmación.

También es necesario distinguir entre rechazo declarado, imagen desfavorable e intención de voto. Son indicadores relacionados, pero no equivalentes. Una persona puede expresar una opinión negativa sobre un dirigente sin que eso permita determinar automáticamente cómo votaría. Del mismo modo, una respuesta a la pregunta de por quién nunca votaría no constituye, por sí sola, una predicción infalible del comportamiento electoral futuro.

Aquí comienza el verdadero problema: cuando la expresión «tasa de rechazo» se repite sin explicar estas diferencias, el dato adquiere una función que va más allá de la medición. Se instala una asociación persistente entre el dirigente y el rechazo; la reiteración fortalece esa imagen y desplaza preguntas necesarias sobre el contexto, la evolución de las opiniones y los demás indicadores disponibles.

No hace falta atribuir una conspiración a quienes utilizan esa expresión para examinar sus consecuencias. La cuestión es si se está empleando la información para comprender la realidad o si se está seleccionando una parte de ella para inducir una interpretación más amplia de lo que la evidencia permite. El uso perverso de una cifra no depende necesariamente de que esta sea falsa; también puede producirse cuando se presenta de manera que el público termine extrayendo conclusiones que el dato, por sí solo, no demuestra.

La trayectoria de Leonel Fernández puede y debe someterse al escrutinio público. Sus decisiones, sus resultados de gobierno, sus propuestas y las opiniones que genera son materia legítima de discusión. Pero ese examen exige criterios consistentes. Si una encuesta registra rechazo, corresponde estudiar su alcance; si otras mediciones ofrecen resultados distintos, hay que compararlas atendiendo a sus metodologías, sus fechas y las poblaciones consultadas. La credibilidad no se construye escogiendo el dato que mejor convenga a una posición, sino examinando la evidencia y explicando con honestidad lo que permite concluir.

Hablo desde una posición que no oculto: soy miembro de la Fuerza del Pueblo. Mi militancia explica desde dónde observo la política, pero no convierte mis apreciaciones en datos nacionales. En los barrios, las caravanas y los encuentros que he presenciado he visto manifestaciones de apoyo a Leonel Fernández. Esas experiencias forman parte de mi observación, pero no representan por sí solas a todo el electorado. Precisamente por eso, no pretendo sustituir una encuesta por mi experiencia; reclamo que tampoco se sustituya la realidad completa por una cifra aislada.

Lo que está en discusión no es si un dirigente puede generar rechazo. Es si ese rechazo, medido de una manera determinada, autoriza a presentar una conclusión total sobre su realidad política. Una sociedad no cabe en un solo indicador, y un dirigente no puede ser explicado mediante una etiqueta que omita todo aquello que no encaja en ella.

La próxima vez que alguien invoque la famosa tasa de rechazo de Leonel Fernández como argumento definitivo, hagamos las preguntas que corresponden: ¿qué encuesta la establece?, ¿qué mide exactamente?, ¿cómo se interpreta y qué otros datos permiten comprenderla? Quien formula una afirmación pública tiene la responsabilidad de ofrecer fundamentos que permitan contrastarla. Esa exigencia debe aplicarse por igual a funcionarios, dirigentes, encuestadores y comunicadores.

Porque los datos merecen ser examinados, no convertidos en consignas. Cuando una cifra pretende sustituir el análisis, la pregunta sigue siendo inevitable:

¿Cuál tasa?

Por Manuel Martínez
Profesor Universitario
Magíster en Comunicación Visual

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