Cuando la mediocridad se convierte en política pública

Por Manuel Martínez

Hay decisiones que parecen pequeñas hasta que uno entiende lo que representan. Un cambio de color, una nueva gráfica, un autobús que sustituye una identidad visual por otra. Podría parecer un asunto menor, casi decorativo. Pero cuando ocurre en una institución pública, la identidad deja de ser un simple ejercicio de diseño: también expresa continuidad, pertenencia y memoria institucional. Por eso, lo ocurrido con la nueva imagen de la Oficina Metropolitana de Servicios de Autobuses (OMSA) merece una discusión mucho más seria que la que puede provocar una pintura. Después de casi tres décadas circulando con una identidad reconocible, la institución abandonó el verde que formaba parte de su historia para presentar una nueva propuesta en azul y blanco, acompañada de una solución gráfica cuya semejanza con los autobuses híbridos de la MTA de Nueva York resulta difícil de ignorar. Lo que debía comunicar modernización terminó exhibiendo algo mucho más incómodo: una preocupante pobreza de criterio.

OMSA tenía una identidad. Podía gustar más o menos, podía actualizarse, podía perfeccionarse, pero tenía algo que una institución no consigue por decreto: reconocimiento ciudadano. El verde fluorescente de sus autobuses llevaba casi treinta años formando parte del paisaje dominicano. No era la marca de un partido. Era la marca de una institución. Y eso importa. Las instituciones públicas acumulan historia precisamente porque sobreviven a los gobiernos que las administran. Una identidad institucional puede evolucionar cuando existen razones estratégicas, estudios de percepción o una transformación real de los servicios. Pero una cosa es modernizar una identidad y otra muy distinta es borrar una identidad consolidada sin explicar qué problema se pretendía resolver.

El problema se vuelve todavía mayor cuando la supuesta modernización termina pareciéndose demasiado a algo que ya existe. Basta colocar las imágenes de los nuevos autobuses de OMSA junto a los autobuses híbridos de la MTA de Nueva York para advertir coincidencias en la paleta cromática, la geometría, la disposición de las franjas y la composición general. En diseño siempre existen referencias; nadie trabaja en un vacío cultural. Inspirarse forma parte del proceso creativo. Pero una referencia deja de serlo cuando la solución final reproduce tantos elementos reconocibles que el observador identifica primero al original que a la propuesta. ¿Cómo puede una institución dominicana, con casi tres décadas de historia y con profesionales capaces de producir una solución propia, terminar presentando una identidad que remite inmediatamente a Nueva York? La modernidad no consiste en parecerse a otra ciudad. Consiste en tener la capacidad de construir una respuesta propia.

Por eso, la denuncia de plagio no puede despacharse como una simple polémica gráfica. Un diseñador puede equivocarse; eso forma parte del oficio. Lo que resulta difícil de justificar es que un diseño cuestionado por su semejanza haya atravesado todos los filtros hasta convertirse en la imagen oficial de una institución del Estado. Alguien lo encargó, alguien lo evaluó, alguien lo aprobó y alguien decidió presentarlo públicamente. Por eso siguen siendo legítimas preguntas elementales: ¿quién seleccionó la propuesta?, ¿qué proceso se utilizó?, ¿hubo comparación con otras alternativas?, ¿existió una licitación?, ¿qué criterios técnicos se emplearon?, ¿cuánto costó?, ¿qué estudio justificó el cambio? Cuando se utilizan recursos públicos, la transparencia no debería aparecer después de la controversia; debería acompañar la decisión desde el principio.

Pero el asunto más delicado no está en la semejanza con la MTA. Está en lo que se decidió borrar para producir esta nueva identidad. OMSA fue creada en 1997, durante el primer gobierno de Leonel Fernández, y desde entonces el verde se convirtió en uno de sus signos visuales. Hay un dato histórico fundamental: en 1997 Fuerza del Pueblo no existía. Aquel verde, por tanto, no nació como identidad partidaria. Era el color de OMSA. Fuerza del Pueblo adoptó el verde como parte de su identidad política décadas después. La cronología desmonta cualquier intento de atribuir retrospectivamente una intención partidaria al verde original. El verde tenía casi treinta años de historia institucional antes de que existiera el partido que hoy lo utiliza.

Y entonces aparece el azul. El azul y el blanco forman parte de la identidad visual del Partido Revolucionario Moderno, actualmente en el poder, y son precisamente los colores que ahora predominan en los nuevos autobuses de OMSA. ¿Es una coincidencia? Puede ser. Pero cuando una institución pública abandona después de casi treinta años una identidad que no nació vinculada a ningún partido y adopta una combinación cromática coincidente con la del partido gobernante, la coincidencia exige una explicación. No corresponde al ciudadano demostrar una intención política; corresponde al gobierno demostrar una razón institucional. Si existía un estudio que justificaba el cambio, que se presente. Si había una estrategia de reposicionamiento, que se explique. Si había una investigación que demostraba que los ciudadanos habían dejado de identificar a OMSA, que se conozca. Hasta ahora, la explicación más evidente parece ser la más simple: había un color que no era azul.

Aquí es donde la conversación deja de ser sobre diseño y pasa a ser sobre una forma de gobernar. El Gobierno del Cambio llegó al poder prometiendo transformación, pero transformar una institución no significa modificar su apariencia. Pintar un autobús no transforma el transporte público. Cambiar un logo no mejora una ruta. Sustituir una identidad visual no resuelve el mantenimiento de una flota. OMSA necesita autobuses en condiciones, mantenimiento, rutas eficientes, frecuencias confiables, planificación, seguridad y dignidad para sus usuarios. El ciudadano que espera bajo el sol no está pensando en la paleta cromática de la institución; está esperando que el autobús llegue. La comunicación puede acompañar una transformación, pero nunca debería utilizarse para simularla.

Aquí aparece la palabra que mejor describe la profundidad del problema: mediocridad. No solamente mediocridad gráfica, sino mediocridad en la concepción, en la revisión, en la gestión y en la capacidad de asumir responsabilidades. La mediocridad es tolerable como defecto individual; se vuelve peligrosa cuando encuentra una estructura pública que la protege. En el Estado, una mala idea obtiene presupuesto, funcionarios, contratos y capacidad de decisión. Cuando nadie tiene el criterio o la autoridad para detener una mala propuesta, la mediocridad deja de ser un defecto personal y comienza a convertirse en política pública.

Eso es lo que hace significativo el caso OMSA. Una propuesta cuestionada por su semejanza con una identidad extranjera atraviesa filtros institucionales, llega a los autobuses, provoca rechazo y, en lugar de convertirse en una oportunidad para corregir, termina siendo defendida. No estamos solamente frente a un mal diseño. Estamos frente a una cadena de decisiones que parece haber perdido el sentido elemental de la responsabilidad. Y cuando a esa mediocridad se suma una identidad cromática coincidente con la del partido gobernante, aparece una preocupación mayor: la confusión entre partido y Estado.

Los partidos tienen colores. Los gobiernos administran instituciones. Esa diferencia debería ser elemental. El Estado no cambia de dueño cada cuatro años; cambian los gobiernos. OMSA no es del PRM, pero tampoco fue del PLD ni es de Fuerza del Pueblo. Es una institución pública y, en última instancia, pertenece a los ciudadanos que la financian y utilizan. Por eso una identidad institucional no debería convertirse en una bandera del gobierno de turno. Una institución pública no puede ser tratada como un territorio que cada partido tiene derecho a repintar cuando llega al poder.

La modernidad tampoco consiste en parecerse a Nueva York. Consiste en tener la capacidad de resolver nuestros problemas con inteligencia propia. República Dominicana tiene profesionales capaces de construir identidades visuales de calidad internacional. Tenemos talento, creatividad y experiencia. Lo que no podemos aceptar es que una institución pública termine proyectando una imagen cuestionada por su semejanza con una flota extranjera mientras nadie explica cómo llegó allí. OMSA podía actualizar su identidad, mejorarla y modernizarla, pero cualquier transformación debía respetar una premisa elemental: las instituciones no pertenecen al partido que las administra temporalmente. Su identidad es parte de su patrimonio y su continuidad pertenece a la ciudadanía.

Por eso el problema no es el azul. Tampoco es el verde. El problema es la concepción del Estado que puede esconderse detrás de un cambio cromático. Cuando la identidad partidaria comienza a ocupar el espacio de la identidad institucional, cuando la apariencia sustituye a la gestión y cuando una decisión cuestionada se defiende simplemente porque ya fue tomada, estamos ante algo mucho más serio que un problema de diseño. El autobús azul es apenas el síntoma de una enfermedad más profunda: la mediocridad, la improvisación y la mezquindad política convertidas en una manera de administrar lo público. Porque los gobiernos pasan, los partidos pasan y los funcionarios pasan; las instituciones, en cambio, deberían permanecer. Y el autobús que circula por nuestras calles no debería recordarnos quién gobierna, sino algo mucho más importante: que el Estado es nuestro.

Manuel Martínez
Profesor Universitario
Magíster en Comunicación Visual

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