Cuba no se queja, lucha con valentía

Por Fidel Soto Castro

El gallo colorado de Balaguer dejó muchas espuelas de distintos colores. Hay una que era de un rojo intenso y tenía el símbolo de la hoz y el martillo; al parecer, eso le servía de camuflaje mientras militaba también en el Partido Comunista Dominicano.

Pasó la dictadura ilustrada. Hoy, una espuelita señoril lanza picadas al aire a través de un programa y sentencia: «Cuba, que no se queje». Con esa expresión no solo justifica, sino que parece celebrar, las medidas adoptadas por el Gobierno dominicano al retirar del país a varios diplomáticos cubanos.

La frase es bastante explícita: Cuba no debe quejarse. No debe quejarse aunque la potencia más poderosa de la Tierra la cerque, la sancione, la amenace y mantenga durante décadas una política destinada a asfixiar su economía. No debe quejarse aunque haya sido objeto de invasiones, sabotajes, atentados y agresiones.

¿Y quién debe quejarse entonces? ¿El poderoso que aprieta o la pequeña isla que resiste?

La espuelita argumenta que quiere mucho a los cubanos, que iba a Cuba y que allí la recibían. Pero inmediatamente después responsabiliza a Cuba por la muerte de Manolo Tavárez Justo y de Amaury Germán Aristy. ¿Por qué será que, al hacer esa acusación, se olvidó de Francis Caamaño?

Conviene recordar que Cuba no inventó la historia dominicana ni decidió el destino de nuestros revolucionarios. La historia es bastante más compleja que una consigna pronunciada desde un estudio de televisión.

La supuesta comunista arrepentida también se refirió a que Cuba decidió crear «muchos Vietnam» para quitarse la presión de los yanquis. Pero aquí aparece otra espuelita de la memoria: los 190 combatientes de junio de 1959 parecen haber desaparecido de su relato.

Aquella expedición ocurrió cuando todavía no existía la Tricontinental y antes de que el Che Guevara pronunciara su célebre discurso sobre la creación de «dos, tres… muchos Vietnam». Pretender explicar toda la política cubana posterior utilizando esa frase es una manera demasiado cómoda de borrar el contexto histórico.

Cuba estaba entonces rodeada de enemigos, sometida a presiones extraordinarias y enfrentada a una potencia que consideraba intolerable que una pequeña isla decidiera ejercer su soberanía a pocas millas de sus costas.

Y, sin embargo, Cuba resistió.

Resistió Girón. Resistió las agresiones. Resistió el aislamiento. Resistió el bloqueo. Resistió cuando muchos pensaban que su Revolución no sobreviviría.

Y no solo resistió: también ofreció médicos, maestros, alfabetizadores y solidaridad internacional a numerosos pueblos. Se podrá estar de acuerdo o en desacuerdo con el sistema político cubano, pero negar esa parte de su historia es sustituir la realidad por propaganda.

En esa espuelita convertida en bocina reencarnó todo el anticomunismo rampante de Luis Conte Agüero y Eudocio Ravines, del trujillismo, del Consejo de Estado, del Triunvirato y de todos aquellos que hicieron del anticomunismo una herramienta para combatir cualquier intento de transformación social.

Claro, espuelita colorada tenía que ser.

Es extraño que la espuelita no recuerde a los jóvenes de junio de 1959, ni la intervención extranjera, ni las luchas contra Trujillo, ni el papel de quienes desde Cuba encontraron apoyo para continuar la batalla por la libertad dominicana. Es extraño que recuerde unas cosas y olvide convenientemente otras.

La doña iba a Cuba, pero parece que nunca conoció su grandeza. Conocer un país no es solamente caminar por sus calles, entrar a sus hoteles o ser recibida por sus autoridades. Conocer un país es también intentar comprender su historia, sus heridas, sus luchas y las razones por las cuales sus habitantes han defendido su soberanía.

Cuba no necesita que nadie le regale una historia. Tiene la suya.

Y Cuba tampoco tiene por qué pedir permiso para defenderse.

La espuelita podrá seguir lanzando picadas desde su programa, podrá seguir amolando una espuela que hace tiempo perdió el filo y podrá seguir hablando en nombre de una Cuba que, evidentemente, no conoce.

Pero hay algo que debería recordar: una espuelita no derriba una Revolución.

A lo sumo, hace ruido.

Porque Cuba no se queja.

Cuba resiste. Cuba lucha. Y una pequeña isla que ha resistido durante décadas frente a una potencia infinitamente superior no necesita que una espuelita le enseñe lo que significa la dignidad.

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