“De Bogotá a Jerusalén: un tigre «paraco» irrumpe en la Ciudad Santa” (Parte I)
Por Ernesto Limia
¡Malaventurados los que en el Gobierno ocultan tras la bondad de las palabras la impiedad para los hombres de su pueblo, porque ellos serán señalados con el dedo de la ignominia en las páginas de la historia! (Gaitán, 1948).
Desde su independencia en 1819 Colombia vivió al arbitrio de una oligarquía con ínfulas aristocráticas, en un régimen en el que pervivieron relaciones de tipo feudal. El presidente más cercano al progresismo que la gobernó en más de cien años fue el empresario Alfonso López Pumarejo, promotor en 1934 de un programa keynesiano que inauguró la modernización del país y echó los cimientos de una nueva cultura política. Lo hizo bajo presión de la élite conservadora y en su segunda presidencia sufrió un golpe militar —llegaron a recluirlo en un cuartel— en 1944. La movilización de la clase trabajadora y la opinión pública consiguió rescatarlo; pero en 1945 fue forzado a dimitir —un año antes de concluir el mandato. Emergió la figura de Jorge Eliécer Gaitán, abogado de ideas socialistas que militaba en el Partido Liberal y se presentó como candidato “disidente” del partido a las presidenciales de 1946, que ganó el conservador Mariano Ospina Pérez. El propio día de la derrota Gaitán dio por comenzada la verdadera lucha y su movimiento creció hasta convertirlo en el político con mayor poder real en el país.
Con la restauración del conservadurismo, se acentuó la violencia contra toda idea de progreso. Para atajar a Gaitán se habló de asesinarlo; sin embargo, pesó la convicción de que derivaría en un cataclismo social y Ospina prefirió golpear sus bases: llamó a Londres para pedir asesoría a Scotland Yard y de la asistencia policial británica nació la idea de crear un cuerpo paramilitar con matones adscritos a la policía y el ejército. Empezaron a cometer atrocidades tanto en pueblos conservadores como liberales haciéndose pasar por el bando contrario y se abrió la página a una guerra fratricida. Al amparo de la impunidad que les garantizaba Ospina, los “chulavitas” —como se les llamó por el origen de sus fundadores: la vereda Chulavita, en Boyacá—, expandieron las masacres de campesinos y asesinatos de líderes liberales o de izquierda a toda Colombia.
Gaitán convocó a una Marcha del Silencio para el 7 de febrero de 1948 en Bogotá. Se trataba de poner coto a la violencia de los conservadores dentro de los marcos de la Constitución. Centenares de miles de personas llegaron desde todas latitudes —“de los llanos ardientes y de las frías altiplanicies”—, para congregarse en la Plaza Bolívar y sus calles adyacentes con crespones negros. Nadie hablaba una palabra. No había sombra de desafío ni venganza en los rostros; solo el sonido de los pasos aproximándose expresaban el ardor de un pueblo que quería “paz y piedad para la patria”. Fue la más grande manifestación hasta ese momento en la historia del país. Llegada la hora Gaitán quebró el silencio con su “Oración por la Paz”:
Señor Presidente (…) con la emoción que atraviesa el espíritu de los ciudadanos que llenan esta plaza, os pedimos que ejerzáis vuestro mandato, el mismo que os ha dado el pueblo, para devolver al país la tranquilidad pública. ¡Todo depende ahora de vos! Quienes anegan en sangre el territorio de la patria, cesarían en su ciega perfidia. Esos espíritus de mala intención callarían al simple imperio de vuestra voluntad. Amamos hondamente a esta nación y no queremos que nuestra barca victoriosa tenga que navegar sobre ríos de sangre hacia el puerto de su destino inexorable.
[…]
Bienaventurados los que entienden que las palabras de concordia y de paz no deben servir para ocultar sentimientos de rencor y exterminio. ¡Malaventurados los que en el Gobierno ocultan tras la bondad de las palabras la impiedad para los hombres de su pueblo, porque ellos serán señalados con el dedo de la ignominia en las páginas de la historia! (Gaitán, 1948).
Harry Truman —vinculado en los inicios de su carrera al Ku Klux Klan— estaba ya enfrascado en la Guerra Fría con que extendió al Planeta un clima de intolerancia política hacia el socialismo y toda expresión de justicia e igualdad social. A ese fin se dedicaron la CIA y el Pentágono con un presupuesto que les permitió sembrar el terror cuando el chantaje o el soborno no resultaban suficiente. Truman necesitaba establecer los mecanismos de control hegemónico en nuestro continente antes de lanzarse sobre Europa y Asia, surgió la propuesta de constituir la Organización de Estados Americanos (OEA) y el instante propició resultó ser la XI Conferencia Interamericana a celebrarse del 30 de marzo al 2 de mayo de 1948 en Bogotá.
Enfrentado al bloque conformado por la Unión Soviética y Europa del Este en la ONU —como escenario multilateral de solución de conflictos—, Estados Unidos requería obediencia en su “patio trasero” y el magnetismo personal de Gaitán, que ya no tenía contendiente capaz de derrotarlo en las elecciones de 1950, se irradiaba al subcontinente, sobre todo, a los estudiantes universitarios, las clases medias bajas y el movimiento obrero que lo tomaron como referente político. Truman encargó a la CIA neutralizarlo. John Mepples Spirito, oficial encubierto detenido en 1959 en Cuba, dio detalles durante los interrogatorios: la agencia intentó sobornarlo para que abandonara la campaña a cambio de la cátedra de Derecho Penal en la Sorbona de París o en la Universidad de Roma, y en cualquiera de las dos que eligiera recibiría un apartamento lujoso; le prometieron dos fincas: una en la Sabana de Bogotá y otra en los Llanos Orientales, y dinero para financiar los estudios de sus hijos en Europa. Gaitán lo rechazó tajante y Spirito fue enviado a Bogotá para urdir un plan de atentado en complot con oficiales de la estación local y el jefe de la policía colombiana, que denominaron “Operación Pantomima”.
Con la conferencia interamericana sesionando —y a solo dos meses de la Marcha del Silencio— el 9 de abril de 1948 lo asesinaron. La erupción espontánea de un pueblo adolorido por su muerte propagó las llamas en media Bogotá. Desolada y en ruinas, la capital colombiana cobró apariencia de una ciudad europea bombardeada en la recién concluida guerra mundial. Entre la muchedumbre sin educación política ni líderes capaces, gran parte de los sectores humildes combatió; otra, sumida en el hambre y la marginalidad, se dedicó a saquear comercios. El 11 de abril los sublevados depusieron las armas con garantía de sus vidas, y una vez anunciada la tregua el ejército salió a cazar uno por uno a los francotiradores que se quedaron aislados. Se calculan en más de tres mil las muertes durante el Bogotazo.
La noticia del asesinato de Gaitán llegó a los campos colombianos a través de las estaciones radiales. Muchos pueblos de mayoría liberal se alzaron después de tomar las pequeñas estaciones de policía y apresar a los conservadores. Esperaban indicaciones de la cúpula de su partido, cuando llegaron destacamentos del ejército para establecer el “orden”. Fue ese el contexto en que se organizaron al Sur de Tolima las primeras guerrillas liberales y de los comunistas, que nacieron como destacamentos de autodefensa campesina frente a la amenaza de los terratenientes que acostumbraban a apropiarse de nuevas tierras a “a balas”, y como mecanismo de supervivencia contra el paramilitarismo.
Las filas de los destacamentos liberales se nutrieron de las familias campesinas con tierras a su disposición —entonces con muchos hijos—; y en la inmensa mayoría, su jefatura la asumieron jerarcas locales del partido, campesinos ricos o caciques políticos. Siguiendo la tradición, —para no ser exterminados— sus primeras acciones estuvieron dirigidas a “ajusticiar” a los militantes conservadores corrompidos en su sed de violencia (hacendados, dueños de fincas, propietarios de ganado). Se hizo corriente el caudillismo, el comercio de armas y la ejecución de incursiones armadas para apropiarse de bienes. Los destacamentos comunistas, en cambio, abogaban por transformaciones sociales y prestaban atención a su formación política. No fue hasta la presidencia en 1950 de Laureano Gómez, un conservador de orientación fascista, que establecieron cooperación con un Estado Mayor Unificado;aunque los liberales continuaron actuando como si los comunistas fuesen una simple minoría que debía subordinarse a su organización, disciplina y disposiciones. El 13 de junio de 1953 Gómez fue derrocado mediante un golpe que encabezó el general Gustavo Rojas Pinilla, comandante de las fuerzas militares de Colombia y Subjefe del Consejo Interamericano de Defensa entre 1951 y 1952.
Meses atrás turbas conservadoras sembraron el terror en Bogotá contra los liberales —incendiaron las sedes de la Dirección Nacional; de los periódicos El Tiempo y El Espectador; las casas de los expresidentes Alfonso López Pumarejo y Carlos Lleras Restrepo— y para legitimar su poder Rojas Pinillas pactó con la cúpula del partido. En ese contexto ofreció amnistía a quien depusiera las armas y ayuda para la reconstrucción de sus propiedades perdidas. Los guerrilleros comenzaron a incursionar en los poblados en busca de alcohol y mujeres sin que se les privara de sus armas por las fuerzas de los cuarteles; pronto lo tomaron como la oportunidad para recuperar la normalidad de sus vidas y se entregaron en masa. El ejército arreció entonces la presión militar sobre los destacamentos comunistas y sus combatientes no tuvieron cómo continuar por su cuenta y riesgo ante el cambio de coyuntura. Al finalizar el año 1953 la lucha armada popular había sido derrotada no en el teatro de operaciones militares, sino en el terreno político.
Un grupo de 48 guerrilleros buscó refugio en Marquetalia, un altiplano en la Cordillera Central ubicado entre las sierras de Atá e Iquira. Su jefe era el comandante Manuel Marulanda Vélez, un campesino que tras el asesinato a Gaitán se alzó junto a 14 primos en un destacamento liberal. Tenía 18 años y con el transcurso del tiempo evolucionó hasta ingresar al Partido Comunista. Como jefe del Bloque Sur ganó ascendencia entre el campesinado de la Cordillera Central y la oligarquía comenzó a llamarlo: “bandolero Tiro-Fijo”, para rebajar la estatura política y militar de quien tantas pesadillas les causaba. En 1964 el presidente Guillermo León Valencia decidió exterminar al pequeño destacamento “a sangre y fuego”. La Lyndon Johnson le entregó 500 millones de dólares y mandó un equipo asesor de boinas verdes con experiencia combativa en Corea y Vietnam. La Operación Marquetalia empezó el 18 de mayo con el desembarco de un contingente aerotransportado de 800 hombres; mientras la Fuerza Aérea arrojaba bombas de napalm sobre las casas del poblado que incineraron a quince niños.
Dos semanas más tarde, el 4 de julio de 1964, nació el Ejército de Liberación Nacional (ELN): un grupo de 17 estudiantes, obreros, campesinos y combatientes de las guerrillas liberales que nunca abandonaron la lucha se establecieron en 1965 en el Alto Simacota, en el departamento de Santander. Su mando superior: Fabio Vázquez Castaño, Víctor Medina Morón y Ricardo Lara Parada se entrenó Cuba.
Entretanto, emergía un nuevo líder de ascendencia popular: Camilo Torres Restrepo, sacerdote católico de ideas marxistas que tenía a Fidel y el Che como paradigmas. Lejos de lo que definían los manuales soviéticos, no creía en la existencia de una burguesía nacionalista en Colombia, donde las grandes empresas tenían nombres colombianos y estaban en manos yanquis. No negaba la propiedad privada; pero pensaba que debía organizarse sin sacrificar la sociedad a los intereses particulares. Concebía al socialismo sobre principios generales y aplicación en correspondencia con los recursos y características de cada pueblo. Cuando se estudia la experiencia de Chávez, no es difícil percatarse de que se adelantó 40 años a lo que se ha dado en llamar el socialismo del siglo XXI.
Medio millón de personas acudía a escuchar cada alocución de Camilo en las plazas —algo que no ocurría desde Gaitán— y las tiradas de su semanario: Frente Unido, se agotaban no más salir a la calle. Apuntaba contra las cincuenta familias que gobernaban Colombia a la sombra de Estados Unidos, en contra de los intereses de la “clase popular” —término que desde el punto de vista estrictamente sociológico pudiera parecer vago; pero en un país con campesinos y obreros sin conciencia de clase, empleó para identificar a los pobres y movilizarlos hacia la toma del poder. A finales de 1965 decidió incorporarse al ELN, pues consideraba que la insurrección era en ese minuto el único camino que dejaron las élites políticas en un país sin garantías constitucionales efectivas —sin contar que en la ciudad estaba amenazado de muerte. Cayó en su primer combate el 15 de febrero de 1966 en la vereda Patio Cemento, en San Vicente de Chucurí. Herido, fue acribillado cuando intentaba recuperar el fusil. Sus restos nunca aparecieron. La madre los reclamó con insistencia; pero el general Álvaro Valencia Tovar lo enterró en un lugar desconocido para impedir que se convirtiera en sitio de peregrinación.
Ya entonces Estados Unidos tenía desplegados rangers en Guatemala, Bolivia, Perú, Ecuador, Venezuela y Colombia; y había establecido una red de bases militares, aéreas y navales que actuaban en estrecha coordinación con sus misiones militares en las capitales latinoamericanas, las estaciones locales de la CIA y las escuelas antiguerrilleras enclavadas en Fort Braggs y Fort Lee, Estados Unidos; Fort Gullick y Fort Davis (escuela de tortura), en la zona del Canal de Panamá, y en la Escuela Superior de Guerra de Argentina.
En 1966 el destacamento de Marquetalia se constituyó en las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC); mas para 1973 habían perdido el 70 pr ciento de sus integrantes y de su armamento. A ello deben añadirse las deserciones. “Me retiré de las FARC porque consideraba que en ellas no estaba el espacio político, ni ideológico, ni doctrinario, ni humano que yo requería”, escribió Carlos Pizarro Leongómez, joven comunista que en septiembre de 1973 se marchó del campamento dejando el uniforme doblado y su arma de dotación (Pizarro, 1973).
Ese propio 1973 el ELN fue prácticamente desmantelado tras un cerco de 48 días en el que cayeron sesenta guerrilleros y se desató una deserción en masa.
Pizarro regresó a Bogotá y estableció contacto con otros disidentes de las FARC que se organizaron con universitarios y militantes liberales. Constituyeron el Movimiento 19 de abril (M-19), al mando de Jaime Bateman Cayón, un comunista que combatió con las FARC (1966-1970) —llegó a ser secretario de Marulanda—; pero terminó sintiéndose enclaustrado entre los dogmas de una ortodoxia distante del pueblo de las plazas, las canciones y los chistes. Al decir de García Márquez: “Bateman era el más carismático y audaz de los jefes guerrilleros que ha tenido Colombia.Un hombre que hablaba de política como quien cuenta una historia de amor, y de la guerra como si todavía creyera en la paz” (Liévano, 2025). Se dieron a conocer el 17 de enero de 1974 con la sustracción de la espada de Bolívar de la quinta homónima, en el centro de Bogotá, una operación dirigida a recuperar el símbolo con la convicción de no regresarla hasta alcanzar la paz. Entraron a la vida nacional por la puerta ancha. “Robaban espadas en lugar de bancos, escribían comunicados con sabor a calle y hablaban de democracia mientras empuñaban fusiles. No por contradicción, sino por convicción” (Liévano, 2025).
Se intenta decir que Cuba exportó revoluciones; pero en todo caso, las inspiró. Luego de una gira que realizó en 1966 por la región, Robert F. Kennedy hizo públicas sus impresiones en una audiencia ante el Senado los días 9 y 10 de mayo:
…el pasado vive y prepondera aún más en la estructura social; en los sistemas educativos destinados a una élite social; en la concentración de la propiedad de la tierra; en constituciones que en algunas regiones eliminan al 80 por ciento del electorado; en un desdén feudal por la inversión productiva y por el duro trabajo, que es el destino de la mayoría. La herencia final de este sistema de desarrollo es la pobreza, la degradación y la necesidad, cuyas estadísticas son ya una letanía. […]. La ignorancia es cosa corriente […] en Colombia, por ejemplo, solo el 60 por ciento de los niños entra al primer curso de estudios, y el 90 por ciento de estos los han abandonado a la altura del cuarto. El 50 por ciento de todos los latinoamericanos son analfabetos. Las enfermedades y la desnutrición se ven por todas partes; la mitad de la gente que se sepulta en Latinoamérica no llegaron a su cuarto año de vida. Viajando por la América Latina se ve la atroz realidad de la miseria humana […] (Kennedy, 1968: 40).
Bob Kennedy pudo entender por qué Fidel constituía un símbolo. De acuerdo con Adam Walinsky, su asistente en el Senado, —luego de esta gira— en su mente dejaron de ser un problema las armas cubanas en manos de los revolucionarios, “…lo que sí constituía un problema eran las condiciones medievales en las que vivían las sociedades latinoamericanas” (Talbot, 2013: 491).
Es cierto que Cuba ofreció asistencia a las FARC, al ELN y al M-19 con armas, atención de salud a sus heridos y entrenamiento a sus principales cuadros. Pero la Revolución tenía la fuerza moral para hacerlo. No habían transcurrido veinte meses de su triunfo cuando en una reunión de cancilleres de la OEA en 1960 en San José, Costa Rica, fue condenada para respaldar los planes yanquis que derivaron en la invasión de 1961, orquestada por la CIA con apoyo de gobiernos latinoamericanos. Y cuando en 1962 estaba envuelta en la vorágine de la Reforma Agraria, la Reforma Urbana, la campaña de alfabetización, la extensión de los servicios médicos y los planes socioeconómicos para a sacar al país de la pobreza, —en medio del terrorismo de Estado promovido por la Administración Kennedy—, en Punta del Este, Uruguay, se aprobó su expulsión de la OEA para justificar su aislamiento político. Todos los países de la región, excepto México, rompieron relaciones con Cuba y se sumaron al bloqueo genocida contra nuestro país.
A Punta del Este, empero, la Administración Kennedy no solo fue a legitimar la agresión directa que preparaba contra Cuba —y derivó en la Crisis de Octubre, con la que Estados Unidos puso al mundo al borde del holocausto nuclear dado su empecinamiento en doblegar a la isla rebelde. Allí preparó las bases para actuar contra los movimientos de liberación de cualquier país latinoamericano y con ese fin la delegación estadounidense propuso constituir un comité de vigilancia contra la subversión en la Junta Interamericana de Defensa, con facultades ejecutivas. “Frente a la acusación de que Cuba quiere exportar su revolución, respondemos: las revoluciones no se exportan, las hacen los pueblos. Lo que Cuba puede dar a los pueblos, y ha dado ya, es su ejemplo”, proclamó Fidel en la Plaza de la Revolución durante la Segunda Declaración de La Habana (Castro, 2008: 49).
Bibliografía
Alape, Arturo: El Bogotazo. Memorias del olvido. La Habana, Ediciones Casa de las Américas, 1983.
Castro Ruz, Fidel: La paz en Colombia. La Habana, Editora Política, 2008.
Gaitán, Gloria: “El Imperio en el asesinato de Gaitán”, Cubadebate (online), 11 de noviembre de 2009. Disponible: http://www.cubadebate.cu/opinion/2009/11/11/imperio-asesinato-gaitan/
Gaitán, Jorge Eliécer: “Oración por la Paz”. Bogotá, 7 de febrero de 1948. Disponible: https://prensabolivariana.org/wp-content/uploads/2013/03/oracic3b3n-por-la-paz.pdf
Kennedy, Robert F.: “La Alianza Para el Progreso: símbolo y sustancia”, en Robert Kennedy ante el Congreso. La Habana, Instituto del Libro, 1968.
Korol, Claudia, Kelly Peña y Nicolás Herrera (comp.): Camilo Torres. El amor eficaz. Buenos Aires, América Libre, 2010.
Liévano, Keshava: “Bateman: El comandante que bailaba y creía en el amor”, Proclama del Pacífico (online), 16 de julio de 2025. Disponible: https://proclamadelpacifico.com/el-comandante-que-bailaba-y-creia-en-el-amor/
Obando Acosta, Pablo Emilio: “La Operación Pantomima: el hombre que fue un pueblo”. Testimonio de Nariño (online), 9 de abril de 2023. Disponible: https://xn--testimoniodenario-uxb.com/la-operacion-pantomima/
Pizarro Leongómez, Carlos: “Ya vuelvo”, 11 de septiembre de 1973. Disponible: https://americat.barcelona/es/ya-vuelvo-carlos-pizarro-una-vida-por-la-paz
Talbot, David: La conspiración. La historia secreta de John y Robert Kennedy. Barcelona, Editorial Planeta, S. A., 2013.
AL MAYADEEN.
