De cómo Trump actualiza el golpe verbal de Rufián: “Qué suerte tiene Estados Unidos, siempre que busca democracia, encuentra petróleo”
Por Rafael Méndez.
El acuerdo mediante el cual Estados Unidos obtendrá el control mayoritario de más de 65,000 millones de barriles de reservas petroleras venezolanas devuelve actualidad a la expresión pronunciada por Gabriel Rufián en el Congreso de los Diputados de España y la eleva a la categoría de sentencia anticipatoria. Demasiada suerte para que todavía parezca suerte.
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Hay expresiones que nacen destinadas a sobrevivir al momento y al escenario en que fueron pronunciadas, porque logran condensar en pocas palabras una realidad histórica que los acontecimientos posteriores se encargan de confirmar. Gabriel Rufián aportó una de ellas cuando exclamó: «Qué suerte tiene Estados Unidos, que siempre que busca democracia encuentra petróleo».
El anuncio realizado ahora por Donald Trump sobre el acuerdo mediante el cual Estados Unidos obtendrá el control mayoritario de más de 65,000 millones de barriles de reservas petroleras venezolanas no solamente devuelve actualidad al golpe verbal de Rufián, sino que lo eleva a la categoría de sentencia anticipatoria. Washington salió nuevamente a buscar democracia y terminó encontrando una parte colosal del petróleo de Venezuela.
Rufián, nacido en Santa Coloma de Gramanet, Barcelona, en 1982, es hijo y nieto de inmigrantes andaluces, procede de una familia obrera y se ha convertido en una de las voces más reconocibles del parlamentarismo español. Vinculado inicialmente a la Asamblea Nacional Catalana, es diputado desde 2016 y portavoz parlamentario de Esquerra Republicana de Catalunya, formación independentista y de izquierda.
De la tribuna a la memoria colectiva
Rufián no dejó espacio para la ambigüedad: «Y esto ahora, ¿de qué va? Pues de lo que va es de que el genocida Netanyahu lo que busca es invadir y apropiarse de todo lo que pueda en Oriente Medio y el pedófilo de Trump lo que quiere es controlar todo el petróleo, yacimientos y riquezas mundiales que haya para competir y frenar a China, ya está».
Entonces reforzó la idea central de su intervención con una conclusión destinada a sobrevivir al debate parlamentario: «¡Ya está! Ni libertad, ni democracia, ni valores occidentales; petróleo, dinero y poder», para luego colocar sobre la mesa los datos que permitían descubrir cuánto crudo se ocultaba detrás de las proclamaciones democráticas empleadas para justificar guerras, sanciones, bloqueos, amenazas y operaciones militares.
«Miren, Irak tiene 145,000 millones de barriles de reserva de petróleo, bombardeado por Estados Unidos. Nigeria tiene 37,000 millones de barriles de reserva de petróleo, bombardeada por Estados Unidos. Venezuela tiene 303,000 millones de barriles de reserva de petróleo, bombardeada por Estados Unidos. Irán tiene 209,000 millones de barriles de reserva de petróleo, bombardeado por Estados Unidos», enumeró ante el hemiciclo español.
Y llegó el golpe verbal: «Qué suerte tiene Estados Unidos, que siempre que busca democracia encuentra petróleo, ¿no? ¡Qué suerte!». Las cantidades mencionadas coinciden, en términos generales, con las estadísticas internacionales sobre reservas probadas, que colocan a Venezuela, Irán e Irak entre los mayores poseedores de crudo del planeta, una coincidencia demasiado persistente para continuar presentándola como simple casualidad histórica.
Rufián remató preguntando por qué se bombardea a Irán mientras Arabia Saudita recibe un Mundial, si verdaderamente se tratara de defender la democracia y combatir tiranías, y respondió señalando el control iraní sobre el estrecho de Ormuz, arteria por la cual circula alrededor de una quinta parte del petróleo mundial y cuya importancia convierte a Teherán en pieza decisiva del tablero energético internacional.
Venezuela acaba de aportar la confirmación más rotunda. Casi nueve meses después de la operación militar estadounidense del 3 de enero de 2026 y del secuestro del presidente Nicolás Maduro, Trump anunció lo que denominó «el mayor acuerdo petrolero de la historia mundial», mediante el cual Estados Unidos obtendrá el control mayoritario de más de 65,000 millones de barriles de reservas probadas venezolanas, una cantidad que, según afirmó, más que duplicará las reservas petroleras estadounidenses y contribuirá a reducir el precio de la gasolina en su país.
La secuencia resulta difícil de disimular: primero se presentó la intervención como una operación contra una supuesta amenaza criminal y en defensa de la democracia, luego se desplazó al Gobierno venezolano y finalmente apareció el petróleo como beneficiario confeso de la nueva correlación de fuerzas. Rufián había denunciado la lógica histórica, pero Trump terminó suministrando la prueba más reciente.
Lo que le faltó a Gabriel Rufián
Sin embargo, la cartografía contemporánea del poder permite ampliar la sentencia, porque Estados Unidos ya no encuentra solamente petróleo cuando sale a buscar democracia, sino también litio, cobalto, níquel, cobre, grafito y tierras raras, recursos indispensables para la transición energética, la industria electrónica y la fabricación de armamentos, cuyo control determinará buena parte de la supremacía económica, tecnológica y militar del siglo XXI.
Detrás de las agresiones contra Venezuela e Irán aparece también el propósito estadounidense de contener a China, principal competidor estratégico de Washington y soporte comercial de una arquitectura multipolar que desafía la hegemonía occidental. Golpear a los proveedores energéticos de Pekín, controlar sus rutas de abastecimiento y asegurar para las corporaciones occidentales el acceso a yacimientos estratégicos forman parte de esa política de cerco.
El litio sudamericano, el cobalto de la República Democrática del Congo, el níquel de Indonesia y las tierras raras se han convertido en objetivos prioritarios de la estrategia estadounidense para reducir la ventaja industrial china. Mientras Pekín ha consolidado su presencia principalmente mediante inversiones, comercio, financiamiento e infraestructura, Washington arrastra una larga historia de intervenciones militares, golpes de Estado, sanciones y presiones políticas dirigidas a controlar recursos y gobiernos.
Un poco de historia
Cuando los conquistadores españoles llegaron a estas tierras no trajeron solamente cruces y arcabuces, sino también un hambre insaciable de riquezas. Pablo Neruda lo recordó en Versainograma a Santo Domingo, escrito contra la intervención estadounidense de 1965: «Buscaban oro y lo buscaron tanto, como si les sirviese de alimento», mientras «los indios vivos se convirtieron en cristianos muertos». La evangelización encubría el saqueo.
Esa lógica extractiva atraviesa los siglos y enlaza el oro de Potosí y el Caribe con el azúcar, el café, el banano, el petróleo y, actualmente, el litio y las tierras raras. Cada potencia dominante modifica la promesa legitimadora, desde la evangelización y la civilización hasta el progreso y la democracia, pero detrás de esas palabras reaparece el propósito de controlar territorios, rutas comerciales y recursos estratégicos.
Rufián, sin citar al poeta chileno, actualizó aquella denuncia y la convirtió en una sentencia de nuestro tiempo, pero ahora Trump ha vuelto a actualizarla desde el poder y con cifras difíciles de ocultar. Washington cambia los nombres de sus enemigos y adapta las justificaciones de cada intervención, pero detrás de la democracia proclamada reaparecen el petróleo, los minerales, las rutas, los mercados, el dinero y el poder. Esta vez no fue necesario que los críticos descubrieran el recurso escondido detrás del discurso: el propio presidente estadounidense anunció que encontró 65,000 millones de barriles. Demasiada suerte para que todavía parezca suerte.
