De Sócrates a la inteligencia artificial: ¿hemos aprendido realmente a pensar?

Por Mery Valerio.

Hace más de dos mil años, Sócrates hizo de la pregunta una herramienta para pensar. No se conformaba con las respuestas: interrogaba las ideas, cuestionaba las certezas y llevaba a sus interlocutores a examinar aquello que creían saber. Platón convirtió el diálogo en una vía para buscar el conocimiento y Aristóteles desarrolló formas de razonamiento que marcaron la historia del pensamiento. Desde entonces, la humanidad ha recorrido un largo camino: construyó sistemas educativos, desarrolló la ciencia, transformó la tecnología y acumuló una cantidad de conocimiento que ninguna generación anterior pudo imaginar. Sin embargo, una pregunta permanece vigente: ¿hemos aprendido realmente a pensar?

La paradoja es que nunca habíamos tenido tanto conocimiento disponible. La información está al alcance de millones de personas y la inteligencia artificial puede procesar en segundos lo que antes requería horas, días o incluso años. Pero tener información no equivale a comprenderla, y comprender no significa necesariamente saber utilizarla. Una persona puede conocer una teoría y no saber aplicarla; memorizar un concepto y no reconocerlo cuando aparece en una situación real; repetir una opinión y no ser capaz de construir un argumento propio. El problema, entonces, no parece estar únicamente en cuánto sabemos, sino en qué somos capaces de hacer con aquello que sabemos.

Los resultados de PISA ofrecen una evidencia concreta de esta brecha. En República Dominicana, los resultados de PISA 2025 muestran que solo una proporción reducida de estudiantes alcanzó el nivel básico de desempeño establecido por la evaluación en matemáticas, lectura y ciencias, mientras que los porcentajes correspondientes al promedio de los países de la OCDE fueron considerablemente mayores. Estos resultados no explican por sí solos las causas de las dificultades educativas ni constituyen una medida absoluta de la calidad de un sistema educativo. Pero sí plantean una pregunta que no podemos ignorar: ¿qué ocurre cuando, después de años de escolaridad, una parte importante de los estudiantes todavía tiene dificultades para utilizar conocimientos básicos en situaciones que requieren comprensión, aplicación y razonamiento?

La inteligencia artificial vuelve esta discusión todavía más urgente. Si una máquina puede proporcionar respuestas en segundos, el valor humano no estará únicamente en acumular respuestas, sino en saber formular preguntas, interpretar la información, evaluar su calidad, establecer relaciones, tomar decisiones y asumir las consecuencias de lo que hacemos con ella. La tecnología puede ampliar nuestras capacidades, pero no sustituye la responsabilidad de pensar sobre lo que recibimos ni de decidir qué hacer con ello. El desafío no consiste en competir con la máquina en velocidad para producir respuestas, sino en desarrollar aquello que permite comprender las preguntas, valorar las respuestas y decidir cuándo y cómo utilizarlas.

Por eso, los resultados educativos adquieren una dimensión todavía mayor en la era de la inteligencia artificial. Si una persona no comprende adecuadamente lo que lee, difícilmente podrá evaluar críticamente la información que recibe de una máquina. Si no puede aplicar conocimientos matemáticos a situaciones reales, tendrá dificultades para interpretar datos. Si no desarrolla razonamiento científico, le resultará más difícil distinguir entre una explicación sustentada y una afirmación sin fundamento. La inteligencia artificial puede facilitar el acceso al conocimiento, pero no garantiza comprensión, criterio ni pensamiento crítico.

Porque el futuro no necesitará solamente personas que sepan muchas cosas. Necesitará personas capaces de pensar qué hacer con aquello que saben.

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