Discurso y no discurso
Por Luis Britto García
Tras todo Poder hay un Discurso; tras cada vacío de poder un No Discurso.
Todo discurso político que no expresa soberanía o la lucha por ella es ficticio. El discurso de quien involuntariamente ha perdido libertad o soberanía no puede ser otro que el de recuperarlas.
Entre soberanía y aniquilación no hay término medio. El poder no acepta socios sino sirvientes, y sólo mientras le sean útiles.
Cuando el sujeto declina la voluntad de poder, se vuelve portavoz del mensaje de quien lo ha dominado, y el discurso se torna fantasma, espectro, negación de sí mismo: No Discurso.
El Poder no muere cuando es derrotado por una potencia irresistible, sino cuando le sirve pretendiendo estar todavía investido de autonomía.
La pugna política es también confrontación entre narrativas, una de los cuales puede ser la que no se atreve a decir su verdadero nombre: el, impronunciable, secreto o inadmisible: la Voz del Amo asumida como propia por el Sirviente: el No Discurso.
Un discurso político promete fines tangibles o sustantivos: alimentación, educación, salud, vivienda, sanidad, vialidad, transporte, salarios, bienes o servicios, cultura, recursos naturales, defensa.
En la medida en que el proyecto político cede su poder soberano a otro y pierde la capacidad de proporcionar dichos Objetos del Deseo, deja asimismo de enunciarlos y deviene No Discurso.
El No Discurso ofrece sólo valores indeterminados y transitivos: Estabilización, Recuperación, Transición. No especifica puntos de partida ni objetos del Deseo. Nunca define de cuál inestabilidad se arribará a cuál equilibrio; de qué se recuperará, de qué situación se Transitará a cuál otra, ni por qué.
El No Discurso no tiene origen. Como la soga en casa del ahorcado, nadie lo nombra porque todos lo tienen presente: una catástrofe o una derrota que por culpabilidad o por vergüenza es imprescindible no mencionar.
El Agresor cumple su voluntad mediante violencias que atribuye al portavoz del No Discurso. Éste se disculpa alegando que obra bajo la amenaza de que podría ocurrir algo peor.
El No Discurso es la pretensión de la amenaza de convertirse en Razón de Estado.
Anhela el No Discurso revestirse de todas las apariencias de legitimidad sin lograr más que despojarse de ellas. Como al verdugo, su eventual legalismo no lo exime del unánime desprecio, empezando por el de sí mismo.
El mensaje del No Discurso es la Omisión.
Al presentar como propios medios y fines que otro le dicta, el lenguaje del No Discurso es la Opacidad.
Nadie sabe qué está prohibido (quizá todo) qué está permitido (quizá nada) ni quién lo decide (a lo mejor nadie).
Cuando una narrativa deviene instrumento del No Discurso, es devorada por éste. Sus elementos van siendo desenfatizados y finalmente desincorporados: Soberanía, Nación, Independencia, Constitución, Derecho, Patria.
Al despojarse el No Discurso de sus objetivos finales, no le queda más propósito que su propia preservación: es auto referente, se ha convertido en su mismo Objeto del Deseo. A esto se le llama pragmatismo.
Fuera del Amo, el No Discurso no acepta a nadie más que así mismo.
Todo debe y puede ser sacrificado en aras de una finalidad impronunciable: el Yo a cambio de la universal anulación de todos los derechos del Otro.
El Pragmatismo no es un objetivo sino un instrumento: se define por el sujeto al cual beneficia. Hay un Pragmatismo a favor de la colectividad, y otro a favor de quien la sacrifica. Ambos son antagónicos.
Entre Amo y Esclavo no hay asociación ni coordinación ni cooperación: apenas incondicionalidad.
Decía Voltaire del Lord Protector Oliverio Cromwell que todo el mundo sabía hasta dónde llegaban los poderes de un Rey, pero nadie conocía los límites de los de un Lord Protector. Así como no tiene origen, el No Discurso no reconoce límites.
Por lo mismo que se origina fuera de la Constitución, el No Discurso se pretende por encima o más bien por fuera de ella. Centenares de ciudadanos son inmolados en bombardeos. Connacionales son ilegalmente secuestrados o deportados para ser juzgados por leyes y jueces extranjeros. Compatriotas son ejecutados extrajudicialmente, El ingreso público es transferido inconstitucionalmente al Tesoro de una potencia extranjera, o a cuentas secretas bajo manejo personal de funcionarios foráneos. Recursos naturales e industrias relativas a ellos son privatizados o explotados en condiciones palmariamente desfavorables para la República. Servicios públicos indispensables son incondicionalmente subastados. Las opiniones disidentes no son publicadas, sus autores son agredidos o se exilian por temor a las consecuencias. Fuerzas Armadas y policías políticas de potencias foráneas operan irrestrictamente en el territorio de la Patria. La ejecución extrajudicial por cuerpos armados foráneos se convierte en norma, pública y notoria.
El No Discurso instaura un orden cuya única norma es el Hecho Cumplido.
Así como el Agresor no reconoce límites, tampoco admite responsabilidad por sus decisiones. Las formula indirectamente a través de autoridades del No Discurso coaccionadas por la amenaza de algo peor.
El contenido del No Discurso es la amenaza de algo peor, pero peor que el No Discurso no hay nada.
El No Discurso se expande porque la realidad que encubre es impresentable.
Desdichado del que espera sobrevivir haciéndose instrumento de quien lo destruye.
El No Discurso no aclara, no precisa, no define: se resume en un teléfono que promete preservarte a cambio de que lo destruyas todo.
Todo elogio del Agresor hacia el No Discurso es insulto.
El No Discurso es la máscara del robo.
Hay un sabor amargo en la boca que ningún enjuague lava.
A No Discurso, No obediencia.
El No Discurso no tiene más poder que el que tú le concedas.
Autor: Dr. Luis Brito García Tomado del Libro: VENEZUELA: BLOQUEO, INVASIÓN, RESISTENCIA (Editorial Trinchera Septiembre 2026) página 251 252 253 y 254
