El chavismo ante el asedio del pentagonismo

Por Fidel Soto Castro.

Pese a toda las agresiones pentagonista contra Venezuela y pese al argumento de las actas electorales que, según la oposición venezolana y Anthony Blinken, demostraban que Nicolás Maduro no había obtenido la victoria, las actas constituyeron solamente un capítulo más de una confrontación política mucho más amplia. La presión contra el chavismo no comenzó con las elecciones de 2024. Desde hace más de dos décadas, Venezuela ha estado sometida a diferentes formas de presión política, económica y diplomática, y los argumentos utilizados para justificarla han ido cambiando con el tiempo: primero fueron constantes intentos de desestabilización; tras estos el golpe de Estado, la violencia callejera de guarimba, conjuntamente con las acusaciones relacionadas con corrupción y narcotráfico; posteriormente, las sanciones y las amenazas.

De todo esto se pasó a la total agresión: bloqueo naval, incautacion de barcos petroleros, bombarderos de lanchas pesqueras y guerra sicologica con preparación de invasión.

Después se produjo la acción directa a través de un brutal y poderoso ataque de sorpresa y a traición, mientras se negociaban algunos acuerdos con el gobierno estadounidense. Se bombardeo determinados lugares de caracas matando a más de 100 personas entre ellos a 32 internacionalistas cubanos que servían en la seguridad del presidente a quién secuestran junto a su esposa.

Pero hay un elemento de la historia reciente que resulta fundamental para comprender la situación actual y que algunos críticos parecen olvidar: el presidente Nicolás Maduro negoció con Washington y aceptó mecanismos de participación de empresas petroleras estadounidenses en Venezuela.

En marzo de 2022, funcionarios de la administración de Joe Biden viajaron a Caracas y se reunieron directamente con Nicolás Maduro. Entre los temas tratados estuvieron las sanciones estadounidenses, la situación energética y la liberación de ciudadanos estadounidenses detenidos en Venezuela. Poco después, en mayo de ese mismo año, Washington autorizó a Chevron a iniciar conversaciones con el gobierno venezolano sobre una eventual reanudación de sus operaciones petroleras. Delcy Rodríguez confirmó entonces que Venezuela podía negociar con empresas petroleras estadounidenses y europeas.

El proceso continuó. En noviembre de 2022, después de la reanudación del diálogo entre el gobierno venezolano y la oposición en México, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos emitió la Licencia General 41, que autorizó a Chevron a reanudar determinadas operaciones de extracción de recursos naturales en Venezuela.

Es decir, la negociación con empresas estadounidenses y la búsqueda de acuerdos con Washington no fueron una invención de Delcy Rodríguez ni una política surgida de repente después de la actual crisis. Formaron parte de una política que ya había sido desarrollada por Nicolás Maduro.

Este antecedente es esencial para analizar las acusaciones de «traición» que actualmente se formulan contra Delcy Rodríguez. Si Maduro pudo negociar con Washington, aceptar conversaciones sobre las sanciones y permitir la continuidad y posterior reanudación de operaciones de una empresa estadounidense como Chevron, resulta necesario explicar por qué una política de negociación similar debe ser considerada automáticamente una traición cuando la ejecuta otro dirigente chavista.

Pero que nadie interprete este análisis como un olvido de la agresión contra Venezuela. La condena a la agresión militar de una poderosa potencia extranjera, al secuestro del presidente Nicolás Maduro y a su esposa y cualquier violación de la soberanía venezolana. Una cosa es analizar una política de negociación y otra muy distinta aceptar la intervención militar como mecanismo legítimo para resolver las diferencias políticas de un país latinoamericano.

Tampoco debe olvidarse que las acusaciones formuladas contra Maduro han cambiado con el tiempo. En marzo de 2020, el Departamento de Justicia de Estados Unidos presentó cargos de narcoterrorismo, narcotráfico y corrupción contra Maduro y otros funcionarios venezolanos. Posteriormente, las formulaciones estadounidenses sobre el denominado Cártel de los Soles y sobre la responsabilidad personal de Maduro han experimentado modificaciones. Ahora en el discurso del presidente de los Estados Unidos, le incluyó la acusación de criminal de guerra.

Lo que sí resulta políticamente significativo es observar cómo se transforma el lenguaje utilizado por Washington para justificar sus acciones contra el gobierno venezolano. Las acusaciones de narcotráfico y narcoterrorismo fueron durante años uno de los principales argumentos empleados contra Maduro. Si posteriormente aparecen nuevas caracterizaciones y nuevas acusaciones, corresponde preguntar qué pruebas las sustentan y por qué se modificó el discurso anterior. Se nota que el relato falso viene cediendo ante el peso de la verdad y ocurre de manera rápida. Lo que el mundo supo después de la invasión a Irak, en Venezuela se descubre al instante: la mentira como bandera tras los recursos de un país soberano. La rapiña imperialista del Pentágono.

La nueva formulación de las acusaciones no puede analizarse aislada de la historia anterior de las imputaciones estadounidenses contra el presidente venezolano.

Y aquí aparece una cuestión fundamental: ninguna acusación política o judicial, por grave que sea, puede convertirse automáticamente en una autorización para violar la soberanía de un país. Las acusaciones deben ser examinadas mediante procedimientos judiciales con garantías y las responsabilidades individuales deben determinarse con pruebas. La intervención militar de una potencia extranjera no puede sustituir esos procedimientos.

Por eso, la condena a la agresión contra Venezuela y el análisis de la política de Delcy Rodríguez no son asuntos contradictorios. Se puede rechazar la intervención militar estadounidense y, al mismo tiempo, examinar las decisiones del gobierno venezolano, sus negociaciones y sus dificultades.

 

La realidad es más compleja.

Si Maduro negoció con Washington, si su gobierno dialogó con funcionarios estadounidenses, si Venezuela permitió la continuidad y posteriormente la reanudación de operaciones de Chevron y si la propia administración Biden encontró razones para flexibilizar determinadas sanciones, entonces no puede sostenerse que toda negociación con Estados Unidos constituya, por definición, una traición al chavismo.

Lo que debe analizarse es la correlación de fuerzas.

Venezuela se encuentra frente a una potencia que dispone de instrumentos militares, económicos, financieros y diplomáticos de enorme alcance. Pretender que Caracas puede responder a cada presión mediante una confrontación frontal permanente puede ser una posición política, pero no constituye necesariamente una estrategia viable. Una política revolucionaria también tiene que saber cuándo resistir, cuándo avanzar y cuándo negociar.

Delcy Rodríguez está actuando dentro de unas condiciones políticas extraordinariamente difíciles. Su margen de maniobra no puede analizarse como si Venezuela estuviera viviendo una situación normal. La presión externa, las sanciones, la confrontación política interna y la disputa por el control de los recursos energéticos forman parte del mismo escenario.

Por eso, antes de gritar «traición», habría que responder una pregunta mucho más sencilla: ¿qué diferencia fundamental existe entre negociar con Washington y con las empresas estadounidenses cuando lo hacía Nicolás Maduro y hacerlo ahora bajo la conducción de Delcy Rodríguez?

Si la respuesta es que las circunstancias cambiaron, entonces precisamente hay que estudiar esas nuevas circunstancias.

La política tiene momentos de confrontación y momentos de negociación. Una fuerza política que se encuentra sometida a una enorme presión internacional puede recurrir a determinadas tácticas sin que eso signifique necesariamente abandonar sus objetivos estratégicos. La cuestión fundamental es determinar qué se negocia, bajo qué condiciones, qué se concede y qué se preserva.

En este punto es donde algunos revolucionarios, críticos del chavismo están cometiendo, a mi juicio, un error de análisis. Están tomando determinadas decisiones tácticas y presentándolas como si fueran, por sí mismas, una ruptura ideológica con el proceso iniciado por Hugo Chávez y continuado por Nicolás Maduro.

Lo que el enemigo no pudo conseguir durante tantos años puede terminar siendo facilitado desde dentro si los que críticos del chavismo comienzan a repetir los mismos argumentos que utilizan sus adversarios externos. La presión externa busca erosionar y dividir las estructuras del poder chavista. Si desde dentro se adopta el mismo lenguaje de quienes mantienen el asedio contra Venezuela, se termina contribuyendo, aunque sea involuntariamente, a esa división.

Todo esto demuestra la necesidad de analizar la situación con mucha mayor profundidad. No basta con repetir consignas. Los revolucionarios, los analistas y quienes siguen la evolución del proceso venezolano deberían estudiar detenidamente los acontecimientos para evitar errores de interpretación.

Delcy Rodríguez está actuando dentro de las condiciones políticas que le han correspondido. Su actuación debe analizarse como una política táctica frente a una correlación de fuerzas extraordinariamente desfavorable. Venezuela no dispone de la fuerza necesaria para desafiar frontalmente al poder imperial estadounidense en todos los terrenos. Eso obliga a desarrollar una política de resistencia, negociación y preservación de las estructuras fundamentales del poder chavista.

El chavismo, frente a la avalancha militar y política del pentagonismo, ha atravesado momentos de enorme gravedad y ha pagado un precio muy alto. Sin embargo, quienes esperaban que la presión externa provocara automáticamente el derrumbe de todo el sistema se han encontrado con una realidad más compleja. Las estructuras políticas y militares vinculadas al chavismo han demostrado capacidad de resistencia y continuidad.

No debe olvidarse el costo humano de esta confrontación. Venezuela ha sufrido las consecuencias de una prolongada crisis política, económica y social, y cualquier análisis serio debe tener presente el sufrimiento del pueblo. La condena a la agresión contra Venezuela no desaparece porque exista una discusión sobre la táctica política del gobierno.

Tampoco debe confundirse una negociación con una capitulación ni un retroceso táctico con una derrota estratégica. Son categorías diferentes.

Los revolucionarios y los analistas que observan la situación venezolana deberían estudiar los documentos, revisar los antecedentes y comparar las decisiones actuales con las adoptadas anteriormente por el propio Nicolás Maduro. Solo así podrán determinar si existe realmente una ruptura con la política chavista o si, por el contrario, se trata de una adaptación táctica a una correlación de fuerzas diferente.

La discusión, por tanto, no debería reducirse al grito de «traición». Hay que analizar qué está ocurriendo, qué se está negociando, qué se conserva y cuáles son los objetivos de cada una de las partes.

La historia reciente demuestra algo que no puede ignorarse: el diálogo con Estados Unidos y la presencia de empresas petroleras estadounidenses en Venezuela no comenzaron con Delcy Rodríguez. Ya habían formado parte de la política desarrollada por el propio Nicolás Maduro.

Por eso, antes de juzgar una decisión táctica como una traición, hay que mirar toda la historia y no solamente el episodio presente. La defensa de la soberanía venezolana no exige cerrar los ojos ante las negociaciones; exige comprenderlas dentro de la correlación de fuerzas en que se producen.

Y frente a la agresión externa, tampoco puede perderse de vista lo esencial: Venezuela tiene derecho a resolver sus asuntos sin que una potencia extranjera imponga por la fuerza el destino de su pueblo y ese principio no es negociable.

Pero también hay una realidad patente y expresiva de que por mas poses y mentiras que lance el pentagonismo para hacer creer que tiene al chavismo en sus manos todo se reduce a su política de siempre: desprestigiar, dividir y provocar la derrota desde dentro ante la imposibilidad de derrocar al gobierno de Venezuela.

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