En los barrios el dinero sale, pero no entra
Por Manuel Martínez.
Mire usted un poste de luz en cualquier barrio de este país. Mírelo despacio, como quien contempla una obra de arte. Cables que cuelgan como bejucos, empalmes con cinta aislante, ramales que nadie sabe de dónde vienen ni adónde van. Un nudo eléctrico que se mece sobre la cabeza de los niños que juegan debajo. Como comunicador visual, le aseguro que pocas imágenes describen con tanta honestidad el abandono dominicano. Ese poste es el retrato del barrio. No necesita leyenda.
Y no es solo feo. Es una amenaza. Cada tormenta, cada sobrecarga, cada cable suelto convierte la vida cotidiana en una apuesta. Cuando ocurre una desgracia, el barrio confirma lo que ya sabía: su seguridad nunca estuvo entre las prioridades.
Ahora mire el colmado de la esquina. Entre el ron, el picapollo y el dembow a todo volumen, brilla una terminal de pago conectada a la red de un banco. Funciona. Cobra. Transfiere. Registra. Ahí, en esa pequeña pantalla, cabe buena parte de la desigualdad urbana que vivimos.
Porque la tecnología sí llegó al barrio. Llegaron los puntos de pago, las transferencias, los préstamos, las cuotas y los descuentos automáticos. Los bancos construyeron una logística eficiente para hacer circular el dinero. Pagar un servicio desde un barrio puede ser hoy más sencillo que reclamar un derecho.
Y ahí aparece la contradicción.
No llegó con la misma eficiencia el servicio eléctrico seguro. Ni el agua constante. Ni la calle decente. Tampoco una biblioteca, un teatro, una plaza, un taller de arte o un espacio donde un muchacho pueda descubrir algo distinto a la pantalla de su celular. No llegó un punto de acceso público a internet, una sala digital o una unidad con computadoras para que un estudiante pueda hacer una tarea.
Hay red para que el banco cobre, pero no para que un muchacho aprenda.
Seamos justos: no se trata de demonizar a los bancos. Un banco es un negocio y hace lo que hacen los negocios: busca dónde está el dinero y construye la infraestructura necesaria para captarlo. Lo escandaloso no es que lo haga. Lo escandaloso es la diferencia de velocidad.
Porque dinero sí hay en los barrios. Hay salarios, remesas, pequeños negocios y gente que trabaja el doble para sostener una casa. Ese dinero circula. Pero buena parte toma una dirección conocida: sale por la terminal, por la aplicación, por la cuota, por el préstamo. Lo que debería regresar en forma de inversión, servicios, cultura y educación tarda demasiado o simplemente no llega.
Aquí aparece la responsabilidad institucional del Estado. Le corresponde equilibrar esa balanza y garantizar que el lugar donde circula el dinero también sea un lugar donde se pueda vivir con dignidad.
No hace falta ser ingeniero para entender que un poste convertido en una maraña de cables no es un accidente aislado. Es el resultado de años de soluciones provisionales, mantenimiento insuficiente y prioridades que no siempre coinciden con las necesidades de quienes viven allí.
El Estado sabe perfectamente dónde está cada barrio cuando necesita votos. Debería saberlo también cuando necesita arreglar un poste, garantizar agua, construir una biblioteca, crear un espacio cultural o conectar a un estudiante con el mundo digital.
Y esto va más allá de los cables. Es también un problema de identidad.
De los barrios salen buena parte de la música, el lenguaje, el humor, el deporte y el talento que reconocemos como dominicanos. Pero cuando faltan bibliotecas, escuelas de arte, centros culturales y espacios públicos, esa identidad termina encontrando casi un único escenario disponible: el colmado.
Y el colmado, con todo el cariño que le tenemos, vende lo que deja dinero. Cuando lo comercial es prácticamente lo único que permanece abierto, lo comercial termina convirtiéndose en cultura por defecto. Así también se erosiona una identidad: no de golpe, sino poco a poco, desde la base.
Mientras el mundo discute inteligencia artificial, automatización y economía digital, muchos barrios dominicanos todavía esperan que la luz no se vaya y que un cable no mate a nadie.
Eso no es solamente una brecha digital. Es una brecha de oportunidades. Y, en última instancia, una brecha de dignidad.
Por eso conviene volver al poste. Mírelo otra vez. Ahora sabe lo que cuenta. Cada cable colgante parece una factura pendiente del Estado con su gente. Cada empalme improvisado recuerda que alguien decidió resolver provisionalmente lo que necesitaba una solución definitiva. Y cada terminal bancaria que funciona a pocos metros demuestra una diferencia incómoda: cuando existe una actividad económica que proteger, la infraestructura puede llegar.
De los barrios el dinero sale, pero no entra.
Sale por terminal, por aplicación y por cuota, con todas las comodidades. Y lo que entra, cuando entra, suele llegar tarde: una promesa electoral, una reparación después de la tragedia o una intervención que no transforma la estructura.
Un país que cobra por sus barrios, pero no invierte en sus barrios, corre el riesgo de dejar de ver ciudadanos donde solo ve clientes.
Manuel Martínez
Profesor Universitario
Magíster en Comunicación Visual
