¿Hacia dónde va el país?
Por Manolo Pichardo.
La República Dominicana se encuentra en un punto de inflexión. Tras casi dos siglos de evolución desde una estructura precapitalista y atomizada en 1844 hasta consolidarse como una de las economías de ingresos medios-altos más dinámicas de la región, el país enfrenta transformaciones globales sin precedentes. La irrupción de la Cuarta Revolución Industrial – inteligencia artificial, robótica, computación cuántica y biotecnología – plantea una pregunta central: ¿está agotado el modelo actual basado en zonas francas, turismo y servicios, o puede evolucionar hacia una economía del conocimiento?
Para comprender las potencias y limitaciones del Estado dominicano contemporáneo resulta necesario acudir a la tesis de Juan Bosch expuesta en Composición social dominicana. Bosch sostiene que la formación social de la isla estuvo marcada por la temprana decadencia de la oligarquía azucarera colonial, que dio paso a una sociedad hatera de carácter precapitalista. Hacia 1844, la pirámide social se dividía en tres bloques principales: los hateros y la oligarquía terrateniente de mentalidad feudal, la pequeña burguesía emergente de donde surgieron los Trinitarios, y la masa campesina mayoritaria, dispersa y empobrecida. Esta estructura preindustrial generó inestabilidad crónica tras la independencia.
Durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, el país transitó por la Guerra de Restauración, el caudillismo y la intervención estadounidense de 1916-1924. Sobre esa base institucional se erigió la dictadura de Trujillo, que realizó una acumulación capitalista originaria de carácter monopolístico. Tras su muerte, los gobiernos posteriores impulsaron la diversificación económica que configuró la estructura actual.
Un contraste revelador es la divergencia con Haití. En 1960, ambas naciones tenían indicadores económicos similares. En 2024, el PIB nominal de República Dominicana alcanzó los 124,613 millones de dólares y el per cápita 11,542 dólares, mientras Haití registró 25,285 millones y 2,041 dólares per cápita. Las proyecciones sitúan el PIB dominicano cerca de los 136,100 millones de dólares en 2026, con un ingreso por habitante de 12,406 dólares. Las causas del despegue dominicano son la estabilidad política relativa post-Trujillo, la diversificación hacia el turismo, las zonas francas y las remesas, y las políticas de atracción de inversión extranjera. Haití, en cambio, sufrió inestabilidad crónica e institucional.
El modelo económico actual resulta de dos transiciones. Primero, la Industrialización por Sustitución de Importaciones durante los gobiernos de Balaguer, que protegió la industria ligera pero se agotó en los años ochenta por la reducida escala del mercado interno. La segunda transición reorientó la economía hacia los servicios: las zonas francas representan entre el 50% y el 67% de las exportaciones, generan más de 200,000 empleos y superan los 8,000 millones de dólares anuales; el turismo aportó cerca de 11,000 millones de dólares en 2024; y las remesas superan los 10,000 millones anuales. Este modelo ha impulsado el crecimiento, pero presenta vulnerabilidades como la alta sensibilidad a choques externos, el predominio de mano de obra de baja calificación y una informalidad laboral del 50-55%.
El modelo actual enfrenta los desafíos de la Cuarta Revolución Industrial. La automatización de tareas cognitivas y manuales erosiona las ventajas comparativas basadas en salarios bajos. Los riesgos incluyen rezago tecnológico, polarización laboral y mayor dependencia de la infraestructura digital. Al mismo tiempo, se abren oportunidades en nearshoring tecnológico, manufactura de mayor valor agregado y exportación de servicios digitales.
La transición hacia la economía del conocimiento exige una reforma educativa profunda. A pesar de la asignación del 4% del PIB desde 2013, los resultados en pruebas internacionales siguen siendo deficientes. Es necesario abandonar la pedagogía memorística y orientar el currículo hacia las competencias del siglo XXI: pensamiento crítico, formación STEM desde edades tempranas, educación técnica alineada con inteligencia artificial, robótica y ciberseguridad, y formación continua de docentes vinculada a resultados.
Se vislumbran dos escenarios. El de continuidad inercial mantiene un crecimiento moderado pero expone al país al estancamiento en la trampa del ingreso medio. El escenario de transformación hacia la economía del conocimiento permite aspirar al estatus de economía avanzada hacia 2050, según estimaciones del FMI y el Banco Mundial. Para alcanzarlo se proponen cinco medidas: una Política Industrial 4.0 con incentivos a la inversión en investigación y desarrollo; la modernización de la infraestructura digital y energética; la reforma del gasto educativo enfocada en calidad y resultados; el fortalecimiento institucional mediante el combate a la corrupción y la redistribución; y un manejo estratégico de la geopolítica regional con una política migratoria firme respecto a Haití.
Para ejecutar estas reformas se requiere de un liderazgo instruido, consciente de los cambios disruptivos que configuran la sociedad del conocimiento. Un liderazgo como el de Leonel Fernández, quien durante sus períodos de gobierno anticipó el rumbo hacia el desarrollo científico y técnico, creando el Instituto Tecnológico de Las Américas (ITLA), el Instituto Técnico Superior Comunitario y promoviendo la transformación del sistema educativo para adaptarlo a las necesidades de la sociedad del futuro. Hoy es quien vanguardiza el debate sobre los cambios tecnológicos y la necesidad de que el Estado impulse las transformaciones requeridas para poner al país a tono con los nuevos desafíos.
Los retos del futuro no pueden depender de la farandulización de la política, de consignas prehechas, de algoritmos ni de soluciones ocultas en discursos cosméticos. No es cuestión de poses ni biología. Es asunto de conocimiento e instrucción, de visión y compromiso colectivo.
La historia demuestra que el pueblo dominicano posee resiliencia ante la adversidad. El porvenir no está predeterminado y dependerá de la voluntad política para asumir los desafíos tecnológicos como una oportunidad de desarrollo productivo y humano.
