La baja pequeña burguesía urbana y el lumpen ideológico.

Por Fidel Soto Castro

«En un país como la República Dominicana, el lumpen proviene de la baja pequeña burguesía, en sus estratos pobre y muy pobre».

Juan Bosch

El concepto de lumpen proletariado ocupa un lugar particular en el pensamiento social y político de Juan Bosch. No se refiere simplemente a una persona pobre, marginada o sin recursos. El concepto alude a un sector social que, desprendido de sus condiciones originales de clase, puede desarrollar una conducta marcada por el individualismo, la inestabilidad, el resentimiento social y la búsqueda de ascenso personal por cualquier medio, incluso al margen de principios éticos o políticos.

El lumpen, como individuo, puede experimentar movilidad económica y social debido al azar o a determinadas circunstancias. Puede ocurrir mediante un premio de lotería, el sicariato, el contrabando, el tráfico de drogas, cualquier negocio ilícito o, en tiempos más recientes, mediante determinadas formas de explotación comercial de la exposición pública y de la cultura de los influencers. También puede suceder que un individuo procedente de los sectores más bajos ascienda dentro de determinados aparatos militares o policiales mediante el soborno, la corrupción y otras prácticas delincuenciales.

Pero esa movilidad económica no significa necesariamente una transformación de su conciencia social. El ascenso material de un individuo no implica automáticamente la superación de las características sociales y culturales que Bosch atribuye al lumpen. Puede cambiar su nivel de ingresos, su vestimenta, su círculo de relaciones, su residencia o su acceso al poder, pero conservar una conducta esencialmente individualista y oportunista.

Una de las características que Bosch señala en el lumpen es el resentimiento social. Sin embargo, ese resentimiento no constituye por sí mismo conciencia de clase. Por el contrario, puede convertirse en una fuerza utilizada contra los propios sectores de donde procede el individuo. El lumpen puede terminar poniéndose al servicio de quienes poseen poder económico, político o militar, e incluso de intereses extranjeros, precisamente porque su aspiración fundamental no es transformar colectivamente la sociedad, sino alcanzar individualmente una posición más elevada dentro de ella.

Al carecer de una conciencia ideológica propia y estable, puede asumir la ideología dominante y defenderla cuando entiende que esa defensa favorece sus intereses personales. De ahí su carácter particularmente útil para determinados sectores de poder: puede ser utilizado como instrumento de provocación, intimidación, corrupción, violencia, delación o represión.

Bosch explica esta característica con extraordinaria claridad:

*«…en la tarea revolucionaria actuarán como individuos, no como miembros de una clase. Y sucede que en la medida que actúen como individuos estarán actuando para salir individualmente de su situación de miseria e incertidumbre, lo que en fin de cuentas es un impulso típicamente pequeño burgués, y gente con esos impulsos no puede convertirse en vanguardia de una revolución; gente así puede obedecer ciegamente a un jefe, como lo hace cuando se enrola policía, soldado, espión o calié, pero nunca obedecerá a una conciencia de clase; en última instancia luchará por su ascenso personal, no por el de una clase, y no puede luchar por una clase porque no es miembro de ninguna clase, aunque a veces su resentimiento social presente la apariencia de una conciencia de clase».*

Juan Bosch, «Los Panteras Negras: Un caso de sociología política», Artículos y Conferencias, Editora Alfa y Omega, primera edición, 1980, p. 192.

Bosch precisa además el origen social de este fenómeno en la República Dominicana:

*«En la República Dominicana el lumpen proletariado, al que el pueblo llama tigueraje o tígueres, procede de las dos capas inferiores de la baja pequeña burguesía, de la capa pobre y muy pobre, pero se desprende de sus capas de origen debido a que los medios de producción de que disponen esas dos capas de la pequeña burguesía son tan limitados en cada caso que no proporcionan medios de vida para todas las familias de esas dos capas, y en términos generales, no los proporcionan en cantidad suficiente para todos los miembros de cada familia».*

Juan Bosch, obra citada, p. 191.

Esta concepción permite comprender que lumpen y pobreza no son sinónimos. La pobreza es una condición económica y social; el lumpen es una categoría sociopolítica relacionada con una determinada forma de comportamiento y de conciencia. No todo pobre es lumpen, ni todo individuo que asciende económicamente deja necesariamente de serlo. Tampoco puede confundirse el lumpen con el trabajador informal, el desempleado, el marginado o cualquier persona que viva en condiciones de precariedad. Millones de personas pobres conservan una profunda conciencia de solidaridad, dignidad y pertenencia colectiva.

Lo característico del lumpen, en la concepción de Bosch, es precisamente la desvinculación de una conciencia colectiva y la sustitución de esta por el interés individual. Por eso puede convertirse en un instrumento extraordinariamente eficaz en manos del poder. Un individuo que no responde a una conciencia de clase, sino a la obediencia personal, al dinero, al privilegio o a la posibilidad de ascenso, puede ser reclutado para cumplir funciones que una persona con conciencia social difícilmente aceptaría.

El fenómeno adquiere una dimensión todavía más compleja cuando el lumpen deja de ser solamente una categoría social y se convierte en lumpen ideológico. En ese momento no se trata únicamente de alguien que vive al margen de las estructuras económicas formales, sino de alguien que adopta conscientemente valores, discursos y comportamientos destinados a reproducir la degradación de la vida social. Puede defender al poderoso mientras agrede al débil; puede convertir la vulgaridad en espectáculo, la violencia verbal en entretenimiento y el desprecio por los demás en una forma de liderazgo.

En la sociedad contemporánea, las redes sociales y determinados espacios de comunicación pueden proporcionar al lumpen ideológico una plataforma que antes no existía. La vulgaridad, la provocación, el insulto y el escándalo pueden convertirse en mercancías. El éxito se mide entonces por la capacidad de generar controversia, independientemente de la calidad del contenido o de sus consecuencias sociales. El lenguaje deja de ser instrumento de comunicación y se convierte en mecanismo de dominación simbólica.

Por eso, el lumpen no debe ser analizado solamente por su nivel económico. Hay también una lumpenización de la conducta, del discurso y de la política. Una persona puede vestir bien, tener dinero, ocupar una posición importante e incluso alcanzar espacios de poder y, sin embargo, conservar una mentalidad profundamente lumpenizada si sus valores fundamentales continúan siendo el oportunismo, el individualismo extremo, la corrupción, la violencia, la adulación del poderoso y el desprecio hacia los demás.

El problema adquiere una dimensión política cuando ese comportamiento es utilizado deliberadamente por quienes controlan el poder. El lumpen puede convertirse entonces en una especie de tropa social de choque, disponible para la provocación y la confrontación; una fuerza capaz de atacar a quienes cuestionan al poder y, al mismo tiempo, presentarse como representante de los sectores populares.

De ahí la importancia de distinguir entre el pueblo humilde y el lumpen. El pueblo pobre no es lumpen. Confundirlos sería cometer una injusticia contra millones de hombres y mujeres que, pese a vivir en condiciones difíciles, trabajan, crean, estudian, sostienen sus familias y mantienen valores de solidaridad y dignidad.

El lumpen, en cambio, representa una forma de descomposición social que puede ser aprovechada por intereses económicos y políticos. Su mayor peligro no está solamente en sus acciones individuales, sino en la posibilidad de que la sociedad termine aceptando como normales conductas que antes consideraba degradantes.

En última instancia, el lumpen ideológico se convierte en un instrumento de degradación de la sociedad cuando el resentimiento sustituye a la conciencia, el individualismo sustituye a la solidaridad, el dinero sustituye a los principios y la obediencia personal sustituye al pensamiento crítico. Y cuando esas conductas llegan a convertirse en espectáculo, modelo de éxito o mecanismo de poder, la lumpenización deja de ser un fenómeno marginal para convertirse en un problema que afecta a toda la sociedad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.