La duda y la evidencia frente a la guerra cognitiva

Por Tony Gutiérrez

Asistimos a un fenómeno completamente al estilo de Black Mirror: serie británica de ficción distópica cuyo título alude a las pantallas apagadas de teléfonos, computadoras y televisores —esos “espacios negros” que reflejan nuestra propia realidad deformada— y que muestra cómo la tecnología, usada sin control, puede alterar la verdad, manipular conductas y someter la percepción humana. Hoy vivimos su advertencia: proliferan contenidos generados por inteligencia artificial, imágenes manipuladas y vídeos capaces de recrear voces y rostros con una precisión inquietante. A veces basta con que una afirmación encaje con nuestros prejuicios para que nos resulte más convincente que cualquier evidencia real.

“Estamos ante un cambio de civilización. La transformación que traen internet y las redes sociales es comparable en profundidad a la que provocó la invención de la imprenta por Johannes Gutenberg hacia el año 1440.”
— Juan Luis Cebrián, fundador y primer director del diario El País, miembro de la Real Academia Española

Muy interesante es también el aporte de Umberto Eco a este debate, sobre la posverdad y los límites de Internet. En sus últimos años, Eco fue un agudo crítico de las redes sociales. Señaló que estas plataformas democratizan la palabra, pero al mismo tiempo elevaron al “tonto del pueblo” a la categoría de portador de la verdad. En este entorno, la proliferación de información falsa y teorías de conspiración —tema central de su famosa novela El péndulo de Foucault— dificulta cada vez más distinguir los hechos reales de la ficción.

“Las redes sociales dan derecho de palabra a legiones de tontos que antes solo hablaban en el café, sin causar daño, e inmediatamente eran callados; ahora tienen el mismo derecho a hablar que un Premio Nobel.”
— Umberto Eco, semiólogo, filósofo y escritor

Un análisis más profundo de esta realidad lo ofrece Arvelo, quien advierte que, en este contexto, quienes difunden mensajes engañosos buscan simplemente hacerse de una legitimidad circunstancial: el conocimiento especializado y el debate razonado pierden todo valor, mientras lo superficial y banal se imponen. El resultado es una democracia reducida a caricatura, al igual que sus instituciones; la creatividad se pone al servicio de la mentira y del linchamiento moral de quienes piensan distinto, generando un odio visceral en quienes reciben esos mensajes que termina por sepultar el raciocinio y socavar la convivencia pacífica.

Un ejemplo claro ocurrió durante la época de la pandemia: cientos de bulos y noticias falsas inundaron las redes sociales, se difundieron sin control y terminaron por calar hondo en la opinión pública. A partir de entonces, muchísimas personas dejaron de creer en la efectividad de las vacunas, a pesar de que la evidencia científica, repetida y contrastada por organismos de salud de todo el mundo, demostraba su valor para salvar vidas. Aquí se vio con claridad cómo la repetición de una mentira puede ganar fuerza si no se somete a revisión.

“En la era de la posverdad, lo que importa ya no es si algo es verdadero, sino si resulta convincente para quienes ya creen en ello.”
— Zygmunt Bauman, sociólogo, teórico de la modernidad líquida

Hoy vivimos además en medio de una verdadera guerra cognitiva: conflicto moderno donde el objetivo no es solo mentir, sino invadir el pensamiento del ciudadano. Se trata de sembrar ideas falsas o sesgadas justo en el centro de nuestra percepción, con fines ideológicos y geopolíticos. Su meta es distorsionar la realidad, erosionar la confianza en los hechos y moldear decisiones a favor de intereses ajenos.

“La guerra cognitiva busca cambiar la forma en que piensa una población y, con ello, modificar su comportamiento. No ataca solo la información, sino la capacidad misma de comprender la realidad.”
— Oliver Backes y Andrew Swab, Centro Belfer de Estudios Internacionales, Universidad de Harvard

Se observa con señales claras que un nuevo orden mundial está tomando forma, y esto molesta profundamente a quienes, desde la visión tradicional de Occidente, siguen creyendo que el mundo les pertenece y que tienen derecho a definir su destino.

Por todo ello, la enseñanza de Descartes sigue siendo hoy tan valiosa. Nos recuerda que la verdad no es una competición: no depende de cuántas personas la crean, de cuántas veces se comparta una publicación, de la cantidad de “me gusta” que acumule una teoría, ni de que una idea se haya repetido tantas veces que termine pareciendo un hecho.

Y en esa misma línea, Mao Tse Tung, en su Libro Rojo, fue contundente al establecer un principio que sigue vigente:

“Solo quien investiga tiene derecho a la palabra.”
— Mao Tse Tung, Oposición al culto a los libros (1930), incluido en El Libro Rojo

“La verdad no es algo que se gana por mayoría de votos, ni por velocidad de difusión. Es algo que se construye con método, paciencia y verificación.”
— Edgar Morin, filósofo y sociólogo de la complejidad

La evidencia es algo mucho menos llamativo y emocionante que cualquier historia o teoría sensacionalista. Exige detenerse, comprobar, contrastar y aceptar que, en ocasiones, estábamos equivocados. Requiere paciencia en una cultura que premia la reacción instantánea y la respuesta rápida. Sin embargo, sigue siendo la herramienta más fiable que tenemos para orientarnos en medio de tanto ruido informativo.

Existe además otra lección menos evidente en el pensamiento de Descartes: la duda, tan demonizada en muchos discursos actuales, no siempre es un problema. A veces es una forma de inteligencia. Dudar no significa caer en el relativismo donde todo vale y nada es cierto. Significa reconocer que nuestras creencias pueden necesitar revisión, verificación y ajuste. Es el paso previo para comprender mejor el mundo, y uno que no podemos saltarnos si queremos pensar por nosotros mismos.

“Dudar no es negar la verdad, sino protegerse de la mentira. Es el acto de resistencia más inteligente frente a quienes quieren pensar por nosotros.”
— Hannah Arendt, filósofa y teórica política

En un tiempo en el que cualquiera puede opinar sobre cualquier asunto y ver su mensaje amplificado de forma masiva, y en el que los hechos compiten constantemente con las emociones, la búsqueda de la verdad se parece menos a elegir un bando y más a cultivar una actitud: la de quien está dispuesto siempre a preguntarse ¿qué pruebas hay de esto?

📚 Fuentes consultadas

1. Cebrián, Juan Luis. La red y el mundo. Editorial Taurus, 2012.

2. Eco, Umberto. De las redes sociales a la posverdad. Artículos y entrevistas, 2013–2015.

3. Arvelo, [Nombre completo y obra si se dispone]. Análisis sobre la desinformación y la legitimidad mediática.

4. Bauman, Zygmunt. Sobre la educación en un mundo líquido. Editorial Paidós, 2013.

5. Backes, Oliver y Swab, Andrew. Guerra cognitiva y seguridad democrática. Centro Belfer, Universidad de Harvard, 2021.

6. Mao Tse Tung. El Libro Rojo. Ediciones en español, 1964.

7. Morin, Edgar. Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. UNESCO, 1999.

8. Arendt, Hannah. La condición humana. Editorial Paidós, 1993.

9. Descartes, René. Discurso del método. Ediciones clásicas, 1637.

📝 Nota final

Vivimos una época en la que la información viaja más rápido que la reflexión, y la emoción suele imponerse a la razón. La verdadera resistencia hoy no consiste en gritar más fuerte, sino en saber mirar, dudar con inteligencia y verificar con rigor. Quien defiende el pensamiento crítico no ataca las ideas, sino la manipulación. Solo así podremos navegar con seguridad en medio de esta nueva civilización digital y defender nuestra capacidad de decidir libremente.

— Tony Gutiérrez
Santo Domingo, República Dominicana
19 de junio de 2026Caribe Cósmico Informa y Educa

La duda y la evidencia frente a la guerra cognitiva

Asistimos a un fenómeno completamente al estilo de Black Mirror: serie británica de ficción distópica cuyo título alude a las pantallas apagadas de teléfonos, computadoras y televisores —esos “espacios negros” que reflejan nuestra propia realidad deformada— y que muestra cómo la tecnología, usada sin control, puede alterar la verdad, manipular conductas y someter la percepción humana. Hoy vivimos su advertencia: proliferan contenidos generados por inteligencia artificial, imágenes manipuladas y vídeos capaces de recrear voces y rostros con una precisión inquietante. A veces basta con que una afirmación encaje con nuestros prejuicios para que nos resulte más convincente que cualquier evidencia real.

“Estamos ante un cambio de civilización. La transformación que traen internet y las redes sociales es comparable en profundidad a la que provocó la invención de la imprenta por Johannes Gutenberg hacia el año 1440.”
— Juan Luis Cebrián, fundador y primer director del diario El País, miembro de la Real Academia Española

Muy interesante es también el aporte de Umberto Eco a este debate, sobre la posverdad y los límites de Internet. En sus últimos años, Eco fue un agudo crítico de las redes sociales. Señaló que estas plataformas democratizan la palabra, pero al mismo tiempo elevaron al “tonto del pueblo” a la categoría de portador de la verdad. En este entorno, la proliferación de información falsa y teorías de conspiración —tema central de su famosa novela El péndulo de Foucault— dificulta cada vez más distinguir los hechos reales de la ficción.

“Las redes sociales dan derecho de palabra a legiones de tontos que antes solo hablaban en el café, sin causar daño, e inmediatamente eran callados; ahora tienen el mismo derecho a hablar que un Premio Nobel.”
— Umberto Eco, semiólogo, filósofo y escritor

Un análisis más profundo de esta realidad lo ofrece Arvelo, quien advierte que, en este contexto, quienes difunden mensajes engañosos buscan simplemente hacerse de una legitimidad circunstancial: el conocimiento especializado y el debate razonado pierden todo valor, mientras lo superficial y banal se imponen. El resultado es una democracia reducida a caricatura, al igual que sus instituciones; la creatividad se pone al servicio de la mentira y del linchamiento moral de quienes piensan distinto, generando un odio visceral en quienes reciben esos mensajes que termina por sepultar el raciocinio y socavar la convivencia pacífica.

Un ejemplo claro ocurrió durante la época de la pandemia: cientos de bulos y noticias falsas inundaron las redes sociales, se difundieron sin control y terminaron por calar hondo en la opinión pública. A partir de entonces, muchísimas personas dejaron de creer en la efectividad de las vacunas, a pesar de que la evidencia científica, repetida y contrastada por organismos de salud de todo el mundo, demostraba su valor para salvar vidas. Aquí se vio con claridad cómo la repetición de una mentira puede ganar fuerza si no se somete a revisión.

“En la era de la posverdad, lo que importa ya no es si algo es verdadero, sino si resulta convincente para quienes ya creen en ello.”
— Zygmunt Bauman, sociólogo, teórico de la modernidad líquida

Hoy vivimos además en medio de una verdadera guerra cognitiva: conflicto moderno donde el objetivo no es solo mentir, sino invadir el pensamiento del ciudadano. Se trata de sembrar ideas falsas o sesgadas justo en el centro de nuestra percepción, con fines ideológicos y geopolíticos. Su meta es distorsionar la realidad, erosionar la confianza en los hechos y moldear decisiones a favor de intereses ajenos.

“La guerra cognitiva busca cambiar la forma en que piensa una población y, con ello, modificar su comportamiento. No ataca solo la información, sino la capacidad misma de comprender la realidad.”
— Oliver Backes y Andrew Swab, Centro Belfer de Estudios Internacionales, Universidad de Harvard

Se observa con señales claras que un nuevo orden mundial está tomando forma, y esto molesta profundamente a quienes, desde la visión tradicional de Occidente, siguen creyendo que el mundo les pertenece y que tienen derecho a definir su destino.

Por todo ello, la enseñanza de Descartes sigue siendo hoy tan valiosa. Nos recuerda que la verdad no es una competición: no depende de cuántas personas la crean, de cuántas veces se comparta una publicación, de la cantidad de “me gusta” que acumule una teoría, ni de que una idea se haya repetido tantas veces que termine pareciendo un hecho.

Y en esa misma línea, Mao Tse Tung, en su Libro Rojo, fue contundente al establecer un principio que sigue vigente:

“Solo quien investiga tiene derecho a la palabra.”
— Mao Tse Tung, Oposición al culto a los libros (1930), incluido en El Libro Rojo

“La verdad no es algo que se gana por mayoría de votos, ni por velocidad de difusión. Es algo que se construye con método, paciencia y verificación.”
— Edgar Morin, filósofo y sociólogo de la complejidad

La evidencia es algo mucho menos llamativo y emocionante que cualquier historia o teoría sensacionalista. Exige detenerse, comprobar, contrastar y aceptar que, en ocasiones, estábamos equivocados. Requiere paciencia en una cultura que premia la reacción instantánea y la respuesta rápida. Sin embargo, sigue siendo la herramienta más fiable que tenemos para orientarnos en medio de tanto ruido informativo.

Existe además otra lección menos evidente en el pensamiento de Descartes: la duda, tan demonizada en muchos discursos actuales, no siempre es un problema. A veces es una forma de inteligencia. Dudar no significa caer en el relativismo donde todo vale y nada es cierto. Significa reconocer que nuestras creencias pueden necesitar revisión, verificación y ajuste. Es el paso previo para comprender mejor el mundo, y uno que no podemos saltarnos si queremos pensar por nosotros mismos.

“Dudar no es negar la verdad, sino protegerse de la mentira. Es el acto de resistencia más inteligente frente a quienes quieren pensar por nosotros.”
— Hannah Arendt, filósofa y teórica política

En un tiempo en el que cualquiera puede opinar sobre cualquier asunto y ver su mensaje amplificado de forma masiva, y en el que los hechos compiten constantemente con las emociones, la búsqueda de la verdad se parece menos a elegir un bando y más a cultivar una actitud: la de quien está dispuesto siempre a preguntarse ¿qué pruebas hay de esto?

📚 Fuentes consultadas

1. Cebrián, Juan Luis. La red y el mundo. Editorial Taurus, 2012.

2. Eco, Umberto. De las redes sociales a la posverdad. Artículos y entrevistas, 2013–2015.

3. Arvelo, [Nombre completo y obra si se dispone]. Análisis sobre la desinformación y la legitimidad mediática.

4. Bauman, Zygmunt. Sobre la educación en un mundo líquido. Editorial Paidós, 2013.

5. Backes, Oliver y Swab, Andrew. Guerra cognitiva y seguridad democrática. Centro Belfer, Universidad de Harvard, 2021.

6. Mao Tse Tung. El Libro Rojo. Ediciones en español, 1964.

7. Morin, Edgar. Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. UNESCO, 1999.

8. Arendt, Hannah. La condición humana. Editorial Paidós, 1993.

9. Descartes, René. Discurso del método. Ediciones clásicas, 1637.

📝 Nota final

Vivimos una época en la que la información viaja más rápido que la reflexión, y la emoción suele imponerse a la razón. La verdadera resistencia hoy no consiste en gritar más fuerte, sino en saber mirar, dudar con inteligencia y verificar con rigor. Quien defiende el pensamiento crítico no ataca las ideas, sino la manipulación. Solo así podremos navegar con seguridad en medio de esta nueva civilización digital y defender nuestra capacidad de decidir libremente.

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