La espuelita colorá y la página en blanco
Por Fidel Soto
Cuando las versiones absurdas intentan sepultar la verdad sobre Narcisazo
Hay quienes, para negar un secuestro y un crimen que todavía reclama justicia, recurren a imaginaciones tan tontas como ridículas.
En una entrevista, una comunista arrepentida afirmó que Narciso González no fue asesinado. Aunque no explica con claridad su teoría, parecería dejar entrever que simplemente se esfumó. La ocurrencia coincide con aquella vieja bola según la cual Narcisazo desapareció por voluntad propia.
Lo que la espuela desconsolada y dependiente tampoco logra explicar es su salto del PCD al PR. Hay brincos políticos que requieren algo más que explicaciones improvisadas: necesitan memoria.
Sin Consuelo alguno, y tratando de Des-perfilar las palabras, tampoco encuentra la página en blanco que dejó Balaguer.
Como siempre ocurre cuando se pretende fabricar una explicación para una desaparición política, comenzaron a circular versiones destinadas a confundir:
Que murió de un infarto.
Que tenía problemas mentales.
Que se suicidó.
Que él mismo ocultó su cadáver.
La vieja fórmula de la impunidad: sembrar dudas para que la verdad termine sepultada bajo una montaña de versiones.
Pero el contexto del crimen no es un misterio. El 25 de mayo de 1994, Narciso González pronunció en la Universidad Autónoma de Santo Domingo un discurso de fuerte denuncia contra el fraude electoral y contra quienes, desde el poder, utilizaban las instituciones y a los organismos militares para preservar el régimen.
Después vino su desaparición.
Y desde entonces permanece una pregunta que ninguna versión fantasiosa ha podido sepultar: ¿qué ocurrió realmente con Narciso González?
En aquel ambiente político, denunciar al poder podía convertirse en una sentencia. Quien se transformaba en una amenaza para los intereses dominantes podía ser perseguido, silenciado o desaparecido.
Hoy algunos intentan reescribir aquella historia. Se fabrican absoluciones tardías, se levantan defensas convenientes y se pretende lavar la memoria de un régimen cuya trayectoria estuvo marcada por la represión, la corrupción y la violencia política.
Pero la historia no se borra con una entrevista ni se corrige con una ocurrencia.
Juan Bosch lo explicó con una claridad que todavía resulta demoledora:
««Detrás de los robos llega el crimen, porque se hace necesario ocultar el robo; y para ocultarlo hay que suprimir las libertades públicas; y para suprimirlas es forzoso establecer el terror; y el terror se establece matando».»
No es simplemente una consigna. Es una reflexión sobre la lógica mediante la cual la corrupción, cuando necesita protegerse, termina recurriendo a la represión.
Por eso, la famosa «página en blanco» no limpia nada. Podrá exhibirse como reliquia, podrá presentarse como símbolo de inocencia y hasta convertirse en pieza de museo, pero una página arrancada de la historia no deja de ser una página arrancada.
Y si alguien pretende rescatarla para convertirla en prueba de inocencia, terminará exhibiendo, sin quererlo, otra cosa: una hoja arrancada de la historia y colocada en el museo de la mentira.
