La farsa electoral y la crisis estructural en Haití.
Por Fidel Escalante.
El aplazamiento indefinido de los comicios en Haití no constituye una anomalía aislada ni un simple fallo técnico-administrativo. Este hecho confirma el agotamiento absoluto del Estado burgués neocolonial y expone la trampa del parlamentarismo liberal en la periferia capitalista, utilizado históricamente para canalizar el descontento popular hacia vías muertas mientras las relaciones de dominación imperialista quedan intactas.
Persiste el mito de la democracia burguesa en condiciones neocoloniales.
En El Estado y la revolución Lenin describió que la democracia capitalista funciona como una envoltura política diseñada para salvaguardar la dominación de clase. Se decide cada determinado número de años qué miembro de la clase dominante ha de oprimir al pueblo. En el Caribe y América Latina, este mecanismo se agrava por la condición dependiente y periférica de las economías.
Hay una ilusión del sufragio sin soberanía. Pretender que el voto libre es viable en un país intervenido y desarticulado equivale a ocultar la base material de la opresión. Sin control sobre los medios de producción, la tierra, las aduanas y la seguridad nacional, las elecciones funcionan únicamente como un ritual de legitimación para una oligarquía compradora subordinada a los centros de poder metropolitano.
Hay que reconocer el antecedente caribeño. La historia moderna de la cuenca del Caribe, desde la manipulación de comicios y golpes blandos hasta el tutelaje financiero permanente, demuestra que el sistema imperialista sólo tolera procesos electorales en la medida en que garanticen la continuidad del flujo de capitales y el control geopolítico. Cuando el resultado amenaza con desbordar ese marco, el orden burgués no duda en recurrir a la represión o a la intervención abierta.
En Haití se refleja el aparato de dominación del imperialismo, la ONU y la industria de las ONG’s. El colapso institucional haitiano no puede desvincularse de más de dos siglos de represalias y ocupaciones dirigidas por las potencias occidentales.
Siempre recordamos el asunto de la deuda histórica y castigo a la revolución. Desde la imposición de la indemnización francesa tras la heroica revolución de 1804 hasta la ocupación militar estadounidense (1915–1934), Haití ha sido sistemáticamente despojado de sus excedentes económicos mediante mecanismos de usura y subordinación financiera.
Queda ya expuesta la fachada del “humanitarismo” y la ONU. Misiones militares sucesivas bajo bandera de la ONU (como la MINUSTAH) y contingentes policiales extranjeros no han tenido como fin la emancipación haitiana, sino la contención armada de las masas y la preservación del status quo. Estas intervenciones dejaron a su paso abusos sistemáticos contra los derechos humanos, introducción de epidemias (como el cólera) y una mayor degradación institucional.
Esto es vivo ejemplo del uso del complejo no gubernamental. El aparato de las ONG opera como el brazo ideológico y paliativo del capital financiero. Al privatizar la asistencia social y fragmentar las demandas populares en proyectos asistenciales dispersos, estas organizaciones desarman la organización comunitaria autónoma y despolitizan las luchas de clases, actuando como administradoras de la miseria más que como agentes de transformación real.
Impera en Haití el lumpenaje armado y la descomposición del aparato estatal. La proliferación de pandillas y grupos armados en Puerto Príncipe no es un fenómeno espontáneo. Constituye la manifestación extrema del lumpenproletariado instrumentalizado por distintas fracciones de la burguesía intermediaria y sectores del poder político local para aterrorizar a las masas trabajadoras, disolver las protestas populares y mantener fracturada la cohesión social.
Mientras la clase trabajadora haitiana y los sectores campesinos sobreviven bajo el fuego cruzado y el encarecimiento de la vida, las élites políticas y sus patrocinadores externos utilizan este caos planificado como justificación permanente para reclamar nuevas incursiones militares extranjeras.
Se debe reconocer la autodeterminación como única salida revolucionaria. Ningún calendario electoral dictado desde Washington, París o las oficinas de la ONU resolverá la crisis de supervivencia del pueblo haitiano. La experiencia histórica demuestra que la vía electoral bajo tutela imperialista solo reproduce la subordinación y posterga el estallido inevitable de las contradicciones sociales.
La emancipación de Haití solo provendrá del protagonismo de su propia clase obrera, de su campesinado desposeído y de sus masas populares organizadas, bajo un programa que combine la liberación nacional antiimperialista con la ruptura revolucionaria del orden capitalista dependiente.
La autodeterminación real exige el cese total de la injerencia externa. También el retiro inmediato de cualquier fuerza militar, policial o aparato tutelar foráneo. Es necesario que la tutela de las ONG y del capital financiero devuelvan la soberanía material y económica a los órganos de base del pueblo haitiano.
Se vuelve a poner de manifiesto la importancia del poder popular desde las raíces. Esa construcción de instrumentos políticos propios que deriven del tejido comunitario, sindical y agrario haitiano, sin subordinación a las clases dominantes ni a los mandatos de organismos internacionales.
La tragedia haitiana no es una excepción aislada, sino el espejo en el que se refleja la realidad fragmentada del Caribe. A lo largo del archipiélago, diversas naciones padecen la misma mutilación histórica de su soberanía. Territorios bajo estatutos de colonia abierta o asociada (como Puerto Rico, Martinica o Guadalupe), economías secuestradas por la monoproducción turística transnacional y gobiernos atados de manos por la deuda externa y los dictados de los organismos financieros internacionales.
Desde una rigurosa concepción materialista, la soberanía política es una ficción jurídica si no está sustentada en la independencia económica.
Ningún pueblo es dueño de su destino si sus recursos naturales, su comercio exterior, sus infraestructuras críticas y su moneda están subordinados al capital foráneo. En el Caribe contemporáneo, la bandera y el himno formal no bastan para ocultar la extracción continua de plusvalía y la vulnerabilidad estructural ante las metrópolis.
Frente a la balcanización impuesta por los imperios para mantener divididos y dominados a los pueblos de la cuenca caribeña, la respuesta histórica y revolucionaria no puede ser el aislamiento local. Hoy cobra más vigencia que nunca el ideario de una unión o confederación antillana. Un frente común de las clases trabajadoras y populares del Caribe que rompa las cadenas de la dependencia, oponga resistencia colectiva a la agresión imperialista y construya una integración económica soberana y solidaria. Solo un Caribe articulado, dueño colectivo de sus medios de producción y riqueza material, podrá garantizar que la autodeterminación de Haití y de cada una de sus islas sea una realidad definitiva y no una promesa postergada.
