La Iglesia Católica le habla al algoritmo: La encíclica que desafía a la IA como poder sin control

Por Felipe Carvajal

Con Magnifica humanitas, el papa León XIV convierte la doctrina social de la Iglesia en el más ambicioso manifiesto ético contra el uso de la inteligencia artificial como mecanismo de dominio, vigilancia y exclusión, derrumbando así, mis prejuicios sobre el rol de la iglesia. Con este documento histórico que llega 135 años después de la Rerum novarum y ante una revolución igualmente disruptiva. Es decir, una nueva Rerum Novarum para la era digital. Hay fechas que la historia no elige por azar. El 15 de mayo de 2026, en el 135.º aniversario de la encíclica Rerum novarum —el texto con que León XIII fijó la postura de la Iglesia ante los excesos de la primera Revolución Industrial— el papa León XIV firmó Magnifica humanitas: sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial.

Aquí anoto una Diosidencia, el nombre del pontífice no es caprichoso: Robert Francis Prevost eligió el numeral XIV precisamente para tender un puente con aquel León que, en 1891, se atrevió a decirle al capitalismo industrial que los trabajadores tenían derechos inalienables. Ahora, ante una revolución igualmente disruptiva —pero incomparablemente más veloz—, la Iglesia Católica vuelve a tomar posición. El documento, presentado públicamente el 25 de mayo en el Aula del Sínodo del Vaticano con la asistencia inédita de un cofundador de la empresa tecnológica Anthropic, no es un tratado técnico ni una condena de la tecnología. Es, en esencia, una actualización filosófica y moral de la doctrina social de la Iglesia ante el hecho más transformador de nuestro siglo.

La encíclica abre con una postura bíblica que condensa su tesis: la humanidad se encuentra ante una elección decisiva entre «levantar una nueva torre de Babel» —símbolo de la soberbia tecnológica que confunde el poder con el progreso— o «edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos». En ese dilema se juega, según León XIV, no solo el futuro del trabajo o de la privacidad, sino la posibilidad misma de lo humano. «La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos.»

Estamos en presencia de un nuevo paradigma tecnocrático: cuando la máquina manda. El concepto central que articula la crítica del papa a la inteligencia artificial es el de «paradigma tecnocrático»: una lógica de pensamiento y organización social en la que la eficiencia técnica se convierte en el valor supremo, desplazando consideraciones éticas, políticas y humanas. No es una idea nueva en el magisterio —Francisco ya la había introducido en Laudato si— pero León XIV la lleva aquí a su aplicación más concreta y urgente.

En la encíclica, el paradigma tecnocrático se manifiesta de múltiples formas. La más inmediata es la delegación de decisiones a los algoritmos. Cuando una empresa o un Estado utiliza un sistema de inteligencia artificial para evaluar solicitudes de crédito, determinar libertad condicional, asignar plazas educativas o priorizar acceso a servicios de salud, no está eliminando la responsabilidad moral de esa decisión: la está ocultando detrás de una apariencia de objetividad que el texto papal desmonta con precisión. «La impresión de objetividad que las respuestas y las propuestas de estos sistemas pueden suscitar corre el riesgo de hacernos olvidar que estas reflejan los parámetros culturales de quienes las han proyectado y adiestrado, con todas sus virtudes y defectos.»

La tecnología puede descalificar a los trabajadores, relegarlos a funciones marginales y someterlos a una vigilancia automatizada que el papa describe como incompatible con la dignidad humana. El texto dedica una atención particular al problema de la concentración de poder. Algoritmos, plataformas, datos e infraestructuras tecnológicas están, según León XIV, «concentrados en las manos de unos pocos». Son esas empresas —y no los ciudadanos ni los Estados democráticos— quienes definen las condiciones de acceso, las reglas de visibilidad y las formas de relación en el espacio digital. «Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público», advierte el pontífice, que ve en ello el riesgo de «nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades».

Lo que queda de esta encíclica es que, el nuevo desafío será desarmar la IA, aunque esto a su vez, plantea el dilema entre la metáfora y la exigencia política, si se parte de que, la expresión más llamativa de la encíclica —y la que más titulares ha generado— es la petición papal de «desarmar la IA». En su discurso de presentación en el Vaticano, León XIV usó la metáfora con deliberada provocación: la inteligencia artificial, dijo, «requiere hoy ser desarmada, liberada de lógicas que la transforman en instrumento de dominio, de exclusión o de muerte». La referencia a la muerte no es retórica. Uno de los capítulos más contundentes de Magnifica humanitas aborda el uso de la inteligencia artificial en contextos militares: los sistemas de armas autónomas, los drones con capacidad de decidir objetivos sin intervención humana, la automatización de la guerra.

El papa rechaza la teoría de la «guerra justa» cuando se aplica a conflictos en los que los mecanismos de decisión letal quedan delegados a algoritmos, y llama a relanzar el multilateralismo y la diplomacia como únicas respuestas legítimas a los conflictos internacionales. Pero «desarmar la IA» tiene también una dimensión económica y política que el texto desarrolla con notable precisión técnica para ser un documento pontificio. León XIV propone incluir entre los bienes de destinación universal —concepto clásico de la doctrina social de la Iglesia que afirma que los bienes de la tierra están destinados a toda la humanidad— los algoritmos, las plataformas digitales, los datos y las infraestructuras tecnológicas. Es decir: aplicar a la propiedad digital el mismo principio que históricamente se aplicó a la tierra o al capital productivo.

Aquí el papa es categórico, «No podés decir ‘el algoritmo lo decidió’ y lavarte las manos. La responsabilidad recae en quienes diseñan, despliegan y regulan, no en el modelo en sí.» Las implicaciones de esta postura son considerables. Si los datos masivos y las infraestructuras digitales tienen una función social, entonces su concentración monopólica no es solo un problema económico sino una injusticia moral que los Estados tienen la obligación de corregir. El documento no propone fórmulas concretas de regulación —esa no es la función de una encíclica— pero establece los principios éticos que deberían guiar esa regulación: transparencia, rendición de cuentas, supervisión democrática y cooperación internacional.

En este marco, la encíclica exige que las decisiones sobre el desarrollo y uso de la IA no queden «exclusivamente en manos de actores privados», sino que incorporen criterios éticos y sociales ampliamente compartidos. Es una crítica directa al modelo actual de gobernanza tecnológica, en el que las grandes corporaciones definen estándares técnicos que luego se convierten, de facto, en normas globales sin ningún proceso democrático de deliberación. Basado en los pilares de la dignidad, trabajo y ecología de la comunicación y más allá de los aspectos políticos y económicos, Magnifica humanitas tiene un núcleo filosófico que conviene no perder de vista: la defensa de la dignidad humana como principio rector irreductible.

El papa rechaza explícitamente las corrientes del transhumanismo y el poshumanismo que proponen superar las limitaciones biológicas del ser humano mediante la fusión con la tecnología, y reivindica un humanismo cristiano que sitúa a la persona —no a la eficiencia ni al dato— en el centro.Esta postura papal tiene consecuencias directas sobre la cuestión del trabajo. La encíclica aborda con seriedad el impacto de la automatización en el empleo: el riesgo de desempleo estructural en sectores enteros, la descalificación progresiva de trabajadores desplazados por sistemas que realizan sus tareas a menor costo, y la tendencia a reducir a las personas a «función, dato o prestación». Frente a ello, León XIV no propone frenar la automatización sino exigir que su productividad sea redistribuida de forma justa y que el trabajo humano sea revalorizado en sus dimensiones creativas, relacionales y espirituales.

En el plano cultural y comunicativo, la encíclica introduce el concepto de «ecología de la comunicación»: un llamado a proteger los ecosistemas informativos de la manipulación algorítmica, la desinformación masiva y la mercantilización de la atención. La aceleración con que los sistemas de IA pueden producir y difundir contenidos falsos o sesgados —deepfakes, noticias fabricadas, perfiles sintéticos— representa una amenaza no solo para la democracia sino para la capacidad misma de las personas de construir una visión compartida de la realidad.

León XIV conecta esta dimensión con la tradición profética de la Iglesia: custodiar la verdad no es solo una obligación religiosa sino una responsabilidad política. Una sociedad que ha perdido la capacidad de distinguir lo verdadero de lo fabricado es una sociedad incapaz de gobernarse a sí misma. Y cuando esa pérdida de discernimiento es el resultado de una arquitectura algorítmica diseñada deliberadamente para maximizar el engagement a cualquier costo, estamos ante una forma de violencia estructural que el papa se niega a llamar de otra manera.

Magnifica humanitas no llega al vacío. Se inscribe en una secuencia de posicionamientos del Vaticano en torno a la IA que incluye el Rome Call for AI Ethics de 2020, la nota doctrinal Antiqua et nova de enero de 2025 —elaborada por la Congregación para la Doctrina de la Fe— y la creación reciente de una Comisión Interdicasterial específica sobre inteligencia artificial. El conjunto forma un corpus coherente: la Iglesia no improvisa su respuesta tecnológica, sino que la construye con metodología.

La dimensión política de la encíclica es imposible de ignorar. León XIV es el primer papa estadounidense de la historia, y la presencia de Christopher Olah, cofundador de Anthropic, en el acto de presentación en el Vaticano tuvo lugar precisamente cuando la administración Trump había prohibido el uso de tecnología de esa empresa en agencias federales y le había impuesto penalidades por negarse a habilitar su uso militar sin restricciones. Que el papa de origen norteamericano reciba a un referente de la IA responsable para presentar un documento que impone límites éticos al poder tecnológico es, como mínimo, una declaración política de peso. Los principales líderes del sector tecnológico han guardado, en su mayoría, un llamativo silencio. Elon Musk, Sundar Pichai, Mark Zuckerberg y Jeff Bezos no se han pronunciado hasta ahora, sobre la encíclica.

Sam Altman, CEO de OpenAI, fue el único en reaccionar públicamente, señalando —en línea curiosamente convergente con el texto papal— que la dimensión humana del trabajo no puede ser reemplazada por la IA. Lo que viene dependerá, en gran medida, de si Magnifica humanitas logra lo que Rerum novarum consiguió en su momento: convertirse en un marco de referencia que trascienda los límites de la comunidad eclesial y dialogue con legisladores, filósofos, ingenieros y ciudadanos de distintas tradiciones.

Como colofón, el hecho es que, la Iglesia Católica tiene presencia en más de 100 países, gestiona hospitales, escuelas y medios de comunicación que atienden a millones de personas. Si los principios de la encíclica se traducen en políticas institucionales concretas, su impacto puede ser muy superior al de cualquier declaración de buenas intenciones. Por ahora, lo que la encíclica pone sobre la mesa es una pregunta que los partidos, la sociedad civil, los reguladores y la industria tecnológica no pueden seguir eludiendo: ¿quién manda sobre los sistemas que cada vez mandan más sobre nosotros? El papa León XIV ha respondido que esa pregunta no puede tener una respuesta privada. El debate acaba de comenzar.

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