La modernización que todavía no llega a la cama del paciente

Por Roberto Lafontaine.

El hospital moderno es el que utiliza la tecnología para garantizar atención segura, reducir desigualdades y devolver tiempo humano al cuidado. No es, necesariamente, el que exhibe más equipos, inaugura nuevas áreas o presenta mejores balances financieros. Estos avances son importantes, pero solo adquieren valor sanitario cuando transforman las condiciones bajo las cuales el paciente recibe atención.

El Servicio Nacional de Salud ha construido una línea de divulgación centrada en la modernización de la red pública. Informa sobre hospitales remozados, incorporación de tecnologías, ampliación de servicios y saneamiento de las deudas de 185 centros hospitalarios. La imagen proyectada es la de una red que aumenta su capacidad, mejora su infraestructura y recupera estabilidad administrativa.

No se trata de negar esos avances. Un hospital sin deudas dispone, en principio, de mejores condiciones para comprar medicamentos, mantener sus equipos, contratar personal y garantizar la continuidad de los servicios. Sin embargo, la solvencia financiera es una condición habilitante, no un resultado de seguridad. Un establecimiento puede haber saldado sus compromisos económicos y conservar deudas de protección con sus pacientes.

Antes de 2020, evaluaciones realizadas en hospitales de la red pública identificaron brechas que afectaban el funcionamiento interno de los establecimientos. Se encontraron insuficiencias de personal durante noches, fines de semana y días feriados; debilidades en la verificación de competencias; fallas de infraestructura; mantenimiento irregular; discontinuidad de medicamentos e insumos; servicios diagnósticos sin cobertura permanente; referencias de pacientes sin trazabilidad; registros clínicos incompletos y una gestión deficiente de los eventos adversos.

También se observaron comités formalmente constituidos que no producían informes, análisis de causas ni planes sostenidos de mejora. En algunos establecimientos, la vigilancia epidemiológica era débil; las medidas para prevenir infecciones no se aplicaban sistemáticamente; y la articulación entre emergencia, laboratorio, imágenes, farmacia, cirugía, cuidados intensivos, banco de sangre y transporte sanitario resultaba insuficiente.

Estas condiciones corresponden a la realidad encontrada antes de 2020. No constituyen una fotografía automática de los hospitales actuales ni permiten afirmar que todo permanece igual. Pero conservan un valor decisivo: ofrecen una línea de referencia desde la cual puede preguntarse qué aspectos internos fueron intervenidos, cuáles brechas se corrigieron y qué resultados se alcanzaron.

Ahí nace una duda razonable. El SNS divulga lo que ha cambiado en las finanzas, la infraestructura y la dotación tecnológica, pero no comunica con igual precisión si transformó los procesos internos que determinan la seguridad de la atención. No presenta una relación verificable entre la brecha encontrada, la intervención realizada, la capa de protección fortalecida y el daño evitable que logró disminuir.

La duda se amplía cuando se observan hechos recientes. La mortalidad materna y neonatal continúa obligando a revisar la capacidad de respuesta de los hospitales. El Ministerio de Salud Pública ha tenido que desplegar equipos técnicos en centros priorizados para evaluar vigilancia epidemiológica, infecciones asociadas a la atención, agua, saneamiento, medicamentos, insumos, protocolos clínicos, seguridad del paciente y habilitación.

La intervención ministerial representa una respuesta necesaria, pero también posee valor revelador. Las áreas examinadas coinciden con varias de las brechas identificadas antes de 2020. Esto no prueba que se trate de los mismos hospitales ni que las condiciones permanezcan intactas; sugiere, sin embargo, que la modernización todavía necesita demostrar su capacidad para transformar dimensiones esenciales de la atención materna y neonatal.

Algo semejante ocurre con la certificación y juramentación de 43 comités para prevenir y controlar las infecciones asociadas a la atención. Crear, acreditar o reactivar estas estructuras constituye un paso necesario. Pero un comité no desinfecta por sí solo un hospital. Su existencia formal debe traducirse en vigilancia activa, higiene de manos, agua segura, disponibilidad de insumos, investigación de brotes, análisis de causas, planes correctivos y disminución comprobable de infecciones.

La pregunta no es cuántos comités fueron certificados, sino cuántos funcionan regularmente, producen información confiable, intervienen los riesgos y logran reducir los daños.

Desde la epidemiología crítica, estas brechas no pueden interpretarse como una suma de fallas aisladas. Son procesos institucionales que producen protección o desprotección. La falta de sangre, el retraso diagnóstico, el desabastecimiento, la referencia insegura y la infección hospitalaria aparecen separados en los informes administrativos; en el cuerpo del paciente se integran como complicación, discapacidad o muerte evitable.

Ese cuerpo continúa siendo la cartografía donde puede leerse la modernización real del hospital. Allí se verifica si la estabilidad financiera permitió disponer oportunamente de medicamentos; si los equipos instalados funcionan cuando se necesitan; si la información circula entre los servicios; si una parturienta encuentra sangre, anestesia y cuidados críticos; y si un recién nacido recibe soporte especializado sin demoras.

Modernizar también supone reducir desigualdades. No basta fortalecer algunos hospitales especializados mientras persisten diferencias territoriales en acceso, capacidad resolutiva y continuidad del cuidado. La tecnología debe conectar los niveles de atención, acompañar al paciente en su territorio, evitar traslados innecesarios y garantizar que la calidad no dependa del lugar donde se vive ni de la capacidad de pago.

También debe devolver tiempo humano al cuidado. Automatizar trámites solo tendrá sentido si permite que médicos y enfermeras escuchen, examinen, expliquen y acompañen mejor. Si la tecnología se utiliza para aumentar cargas, reducir personal o acelerar consultas, mejorará la productividad, pero no necesariamente la atención.

El SNS puede demostrar que ha pagado deudas, remozado hospitales e incorporado tecnología. Ahora debe demostrar que esas inversiones cerraron las brechas internas que exponían al paciente al daño. Para ello necesita publicar una trazabilidad sencilla: brecha identificada, intervención ejecutada, recursos utilizados, capa de protección fortalecida, indicador evaluado y resultado alcanzado.

La modernización anunciada muestra lo que cambió por fuera. La seguridad del paciente exige conocer qué se transformó por dentro.

La pregunta incómoda es inevitable: si los hospitales tienen menos deudas, más equipos y comités certificados, pero todavía requieren intervenciones extraordinarias para proteger a madres, recién nacidos y pacientes expuestos a infecciones, ¿qué parte de la modernización ha llegado realmente hasta la cama del enfermo?

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